// Teoría criminológica Teoría crítica

Criminología Queer

Durante un siglo, el derecho penal persiguió a las personas LGBTQ y la ficción enseñó a leer la maldad en la pluma, el amaneramiento y la ambigüedad de género. La criminología queer desmonta ese tropo: el problema nunca fue la persona queer, sino el estigma que la asoció con lo monstruoso. Explicar el tropo no es acusar a nadie: es defender.

10 min de lectura 5 villanos la ilustran

Empecemos por lo esencial, porque en esta página el malentendido sería grave: la criminología queer no dice que las personas LGBTQ sean criminales. Dice exactamente lo contrario. Estudia dos cosas que la criminología tradicional ignoró durante un siglo: primero, cómo el derecho penal criminalizó a las personas queer —leyes de sodomía, redadas, detenciones, la violencia policial que estalló en Stonewall— y cómo el sistema penal las sigue revictimizando; y segundo, cómo la cultura popular construyó un tropo venenoso: el villano «codificado como queer», ese personaje cuya maldad se transmite al espectador a través de la pluma, el refinamiento afeminado, la teatralidad y el rechazo de la norma heterosexual. La tesis de esta página es una sola, y conviene fijarla desde el principio: el problema nunca fue la persona queer, sino el estigma que enseñó al público a leer lo queer como señal de lo maligno.

Infografía

Criminología queer de un vistazo

Autores
Jordan B. Woods · Carrie Buist y Emily Lenning · Matthew Ball
Año / época
Años 1990–2010 · libro fundacional en 2016
Familia
Crítica
Idea
El problema nunca fue la persona queer, sino el estigma que la asoció con lo maligno
En una fórmulaDiferencia de género/sexualidad → codificada como desviación → estigma → persecución
1973año en que la homosexualidad dejó de ser un "trastorno mental" en el DSM
Estado actualVigente y en expansión

// OrigenDe la sospecha criminológica a la criminología queer

Durante casi toda su historia, la criminología no estudió a las personas homosexuales o trans: las diagnosticó. Las trató como patología, como perversión, como categoría de desviación a corregir. La homosexualidad fue delito en gran parte de Occidente hasta bien entrado el siglo XX y «trastorno mental» en los manuales psiquiátricos hasta 1973. Contra esa herencia nace, en los años noventa y dos mil, la criminología queer: una corriente crítica que da la vuelta al foco. En lugar de preguntar «¿qué hay de desviado en las personas queer?», pregunta «¿por qué el sistema penal las persiguió, y qué dice eso del sistema?». Autores como Jordan Blair Woods han documentado el largo historial de criminalización de la identidad LGBTQ; Carrie Buist y Emily Lenning, en su libro Queer Criminology (2016), fundaron el campo como disciplina, mostrando cómo las personas queer aparecen en el sistema penal casi siempre como víctimas sobrerrepresentadas —de violencia, de acoso policial, de encarcelamiento— y casi nunca en los términos que el estigma les asignó.

El teórico australiano Matthew Ball añadió una dimensión clave: no basta con «incluir» a las personas LGBTQ en la criminología existente; hay que cuestionar las categorías mismas —normal y desviado, natural y antinatural— con las que la disciplina pensó el crimen durante un siglo. Porque esas categorías nunca fueron neutrales: fueron las que convirtieron una identidad en un delito. La criminología queer, en ese sentido, es prima hermana de la etiquetamiento y de la teoría del estigma de Goffman: todas comparten la misma intuición fundacional de que la desviación no es una propiedad de las personas, sino una etiqueta que el poder les pega.

"Lo queer nunca fue el crimen. El crimen fue enseñar a millones de personas a ver maldad donde solo había diferencia."El planteamiento de la criminología queer
Concepto clave

El villano codificado: cómo el estigma entra por los ojos

El aporte más incisivo de la criminología queer para leer la ficción es el concepto de codificación queer (queer coding): la práctica, sistemática durante décadas, de marcar a los villanos con rasgos culturalmente asociados a la homosexualidad o a la ambigüedad de género —el amaneramiento, la voz melindrosa, el gusto exquisito, la vanidad, la teatralidad, el desdén por la masculinidad viril— para que el público los leyera, sin necesidad de que nada se dijera en voz alta, como desviados y por tanto peligrosos. El mecanismo es perverso por lo silencioso: nadie afirma que el personaje sea gay, pero todo en él lo insinúa, y esa insinuación se cose emocionalmente a su maldad. Así, generación tras generación, el público aprendió una ecuación falsa —pluma igual a peligro, diferencia de género igual a amenaza— sin darse cuenta de que la estaba aprendiendo. La criminología queer nombra este mecanismo para poder desactivarlo: si el estigma se enseñó a través de los relatos, a través de los relatos también puede desmontarse.

El esquema

Cómo la codificación queer entra por los ojos

  1. 1
    Selección del rasgoLa industria toma rasgos asociados a lo LGBTQ: pluma, amaneramiento, teatralidad, ambigüedad de género
  2. 2
    Marcado del villanoSe los cuelga al antagonista, nunca al héroe, y sin decir nada explícito
  3. 3
    Asociación emocionalEl público cose, sin darse cuenta, esos rasgos a la maldad del personaje
  4. 4
    Ecuación aprendidaGeneración tras generación se interioriza la falsa ecuación "diferencia = peligro"

El mecanismo es dañino por silencioso: nadie afirma que el personaje sea queer, pero todo en él lo insinúa.

// En la ficciónCinco villanos que el tropo marcó

Los cinco personajes de este archivo no se presentan aquí como «villanos queer», sino como ejemplos y víctimas de un tropo dañino: rostros en los que la industria del entretenimiento depositó la codificación queer para que los leyéramos como amenazantes. , de El Rey León, es el villano «afeminado y refinado» —voz lánguida, sarcasmo elegante, físico esbelto— frente a la masculinidad solar y viril de Mufasa y Simba: su diferencia respecto al ideal de macho es, cinematográficamente, la marca de su maldad. , de Aladdín, repite el molde: esbelto, amanerado, teatral, vanidoso, el refinamiento cortesano opuesto al héroe atlético y franco. En ambos, Disney no dijo nada; lo insinuó todo, y el público captó el mensaje.

, de La Sirenita, es el caso más explícito y mejor documentado: los animadores la basaron abiertamente en la drag queen Divine, la musa de John Waters. Ursula es la performance de género hecha villana: maquillaje excesivo, ademanes de cabaret, una teatralidad que celebra la transformación del cuerpo y el disfraz. , de La Bella Durmiente, encarna otra variante: la mujer poderosa, andrógina y célibe que rechaza el rol femenino de esposa y madre, y cuyo poder no domesticado se codifica como maldad. Y , el Frank-N-Furter de The Rocky Horror Picture Show, lleva el tropo a su límite consciente: un «travesti transexual», dice él mismo, que convierte la transgresión de género en amenaza sexual explícita —aunque aquí, ojo, con una ambigüedad deliberada y subversiva que la película usa contra el propio prejuicio del espectador—.

// Criticar el tropo es defenderPor qué analizar esto NO es acusar a nadie

Aquí conviene ser tajante para que no quede sombra de duda: señalar que Scar, Jafar o Ursula fueron codificados como queer no es decir que las personas queer se parezcan a villanos. Es decir justo lo contrario: es denunciar que la industria robó los rasgos de una comunidad —su forma de hablar, de moverse, de vestir, de amar— y los usó como taquigrafía visual del mal, enseñando a odiar por asociación. La persona a la que este análisis defiende es la persona LGBTQ real, el niño amanerado que creció viendo que en las películas los únicos que hablaban o se movían como él eran los malvados, y que aprendió a avergonzarse de sí mismo antes de saber por qué. La criminología queer devuelve la mirada: el villano no es quien tiene pluma; el villano es el estigma que enseñó a temer la pluma. Desmontar el tropo es, literalmente, un acto de defensa de las personas LGBTQ, no un ataque. En ningún momento —y esto es innegociable— esta página patologiza la identidad queer ni la asocia con el delito: la identidad queer no es una desviación, no es un factor de riesgo, no es nada que explicar; lo único que hay que explicar es el prejuicio que la persiguió.

// Del cine al sistema penalEl estigma no se queda en la pantalla

El tropo del villano codificado importa porque no es solo cine: es la versión narrativa de una violencia muy real. La misma cultura que enseñó a leer maldad en la ambigüedad de género es la que sostuvo las leyes de sodomía, las redadas policiales en bares como el Stonewall Inn en 1969, las detenciones por «escándalo público», las «terapias de conversión» y la sobrerrepresentación actual de personas LGBTQ —sobre todo jóvenes trans y racializadas— entre las víctimas de violencia y entre la población encarcelada. La criminología queer, siguiendo a Woods, Buist y Lenning, traza esa línea continua: del relato que codifica al queer como peligroso, a la ley que lo castiga, a la policía que lo acosa, a la prisión que lo revictimiza. Por eso analizar a Ursula no es un juego de crítica cultural sin consecuencias: es entender el mecanismo cultural que legitimó, y todavía legitima, la persecución de personas reales. Cambiar el relato —dejar de codificar la diferencia como maldad— es parte de cambiar el sistema.

// La grietaNi negar el tropo, ni ver homofobia en todo

La criminología queer tiene sus propios equilibrios que cuidar. Una grieta sería negar el tropo —insistir en que Scar o Jafar «son villanos y ya está», que no hay codificación, que todo es coincidencia—; la documentación histórica, los propios testimonios de animadores y guionistas, y la sistematicidad del patrón bajo el código Hays desmienten esa negación. Pero la grieta opuesta es igual de real: convertir el análisis en una caza donde todo rasgo elegante o toda ambigüedad se declara automáticamente homófoba, aplanando la lectura y viendo intención donde a veces solo hay arquetipo. La lectura honesta distingue: hay codificación queer documentada y dañina (Ursula y Divine, Frank-N-Furter), y hay casos más discutibles donde el rasgo «refinado del villano» tiene también raíces de clase o de época. La criminología queer madura no busca villanos entre los guionistas; busca comprender un patrón cultural para dejar de reproducirlo, sin caer en el mismo pensamiento binario —bueno/malo, puro/impuro— que denunció en la vieja criminología.

Relevancia histórica

De delito a disciplina crítica

La criminología queer nace de un giro histórico: durante casi todo el siglo XX la homosexualidad fue delito y "patología", y la disciplina la diagnosticaba en lugar de estudiarla. La despenalización, la retirada de la homosexualidad de los manuales psiquiátricos y el auge de la teoría queer invirtieron el foco: el objeto de estudio dejó de ser la persona queer y pasó a ser el sistema que la persiguió.

  1. 1969Las redadas en el Stonewall Inn de Nueva York desatan las protestas que fundan el movimiento LGBTQ moderno.
  2. 1973La Asociación Americana de Psiquiatría retira la homosexualidad del DSM: deja de ser oficialmente un trastorno.
  3. 2014Jordan Blair Woods sistematiza el debate sobre una criminología crítica "queer".
  4. 2016Buist y Lenning publican Queer Criminology y Ball Criminology and Queer Theory: el campo se consolida.

// Por qué importaCambiar quién es el monstruo

La criminología queer importa porque hace con la sexualidad y el género lo que la la criminología feminista hizo con el patriarcado: revela que las categorías con las que la criminología pensó el crimen —lo normal frente a lo desviado, lo natural frente a lo antinatural— nunca fueron descripciones neutrales de la realidad, sino instrumentos de poder que decidían a quién perseguir. Al desmontar el tropo del villano codificado, esta corriente nos entrena para una alfabetización crítica: reconocer cuándo un relato nos está enseñando a temer o a despreciar a un grupo humano por lo que es, y negarnos a aprender la lección. Y hace algo más, algo reparador: le devuelve la humanidad y la dignidad a las personas que el estigma convirtió en monstruos de ficción.

La lección final es la que da título a todo este archivo, ahora aplicada al lugar más incómodo: explicar no es exculpar, pero tampoco es acusar. Explicar por qué Scar habla como habla, por qué Ursula se mueve como se mueve, por qué Frank-N-Furter escandaliza, es entender un siglo de estigma proyectado sobre personas que no habían hecho nada más que existir de otra manera. El verdadero villano de esta historia nunca fue el personaje afeminado de la pantalla. Fue la ecuación que nos enseñaron a dar por buena —diferencia igual a peligro—, y el trabajo de la criminología queer es, sencillamente, romperla.

Luces y sombras

Fortalezas
  • Corrige un siglo de sesgo: rescata a las personas LGBTQ del papel de "desviadas" y las estudia como víctimas sobrerrepresentadas del sistema penal.
  • Ofrece una herramienta de alfabetización crítica: nombra la codificación queer (queer coding) para poder reconocerla y desmontarla.
  • Conecta el relato con la realidad: traza la línea entre el estigma cultural y la violencia legal, policial y carcelaria.
  • Es reparadora: devuelve dignidad a quienes el estigma convirtió en monstruos de ficción, sin patologizar ninguna identidad.
Límites y críticas
  • Riesgo de sobrelectura: ver homofobia en todo rasgo elegante o ambiguo aplana el análisis e ignora raíces de clase o de época.
  • Al ser una corriente crítica y joven, le cuesta traducirse en hipótesis cuantificables y contrastables.
  • Depende de la interpretación cultural, lo que abre debates sobre la intención (arquetipo) frente a la codificación deliberada.
  • Su carga política puede leerse como militancia, lo que dificulta su recepción en la criminología más positivista.
En resumen

Tres ideas clave

  • La criminología queer (Woods; Buist y Lenning, "Queer Criminology"; Ball) NO patologiza a las personas LGBTQ: hace lo contrario. Estudia cómo el derecho penal las criminalizó (sodomía, redadas, Stonewall, prisión) y las revictimiza, y cómo la ficción las estigmatizó con el tropo del "villano codificado queer".
  • La codificación queer (queer coding) marcó a villanos con rasgos asociados a lo LGBTQ —pluma, amaneramiento, ambigüedad de género, teatralidad— para que el público los leyera como desviados y peligrosos, sin decir nada explícito. Scar, Jafar, Ursula (inspirada en la drag queen Divine), Maléfica y Frank-N-Furter son ejemplos y víctimas de ese tropo.
  • Criticar el tropo es DEFENDER, no atacar, a las personas queer: el problema nunca fue la persona, sino el estigma que asoció lo queer con lo maligno. Conecta con etiquetamiento y con el estigma de Goffman. El verdadero villano es la ecuación "diferencia = peligro", y desmontarla es el objetivo.

Fuentes · para seguir leyendo

  • Buist, C. L. y Lenning, E. (2016). Queer Criminology. Routledge.
  • Woods, J. B. (2014). «Queer Contestations and the Future of a Critical “Queer” Criminology». Critical Criminology, 22(1).
  • Ball, M. (2016). Criminology and Queer Theory: Dangerous Bedfellows?. Palgrave Macmillan.
  • Goffman, E. (1963). Estigma: la identidad deteriorada. Prentice Hall.