Yzma, la consejera imperial de El emperador y sus locuras, tiene un aspecto de bruja de cuento —el laboratorio secreto, las pócimas, la palanca que casi nunca abre la trampilla correcta— que invita a despacharla como un villano meramente cómico. Sería un error. Bajo la caricatura late una lógica criminológica de una limpieza casi de pizarra. Yzma no delinque porque sea un monstruo caprichoso: delinque porque su meta permanece intacta cuando le arrebatan la única vía legítima de alcanzarla. Ha servido al trono durante décadas —«prácticamente he gobernado este imperio mientras el niño-emperador se dedicaba a lo suyo», viene a decir— y su horizonte, el poder, es el mismo que la sociedad de palacio le enseñó a desear. El problema no es el deseo. El problema aparece cuando el emperador Kuzco la despide de un plumazo y, con el despido, cierra la puerta legítima. La teoría de la anomia y la tensión tiene un nombre para lo que pasa después.
// La teoríaLa meta intacta, los medios cerrados
El término anomia es de Émile Durkheim, pero fue Robert K. Merton quien, en 1938, lo convirtió en una teoría del delito con su ensayo Estructura social y anomia. Su idea es de una sencillez desarmante: toda cultura promete a sus miembros ciertas metas —éxito, estatus, poder— y les ofrece medios legítimos para alcanzarlas. Cuando esos dos elementos no encajan —cuando la meta sigue siendo obligatoria pero el acceso a los medios se bloquea—, se genera una tensión que empuja a algunos a adaptarse por caminos torcidos. Merton describió cinco de esas adaptaciones, y una le viene a Yzma como un guante: la innovación. El innovador no renuncia a la meta (sigue queriendo el poder tanto como el que más), pero al cerrársele la vía legítima recurre a medios ilegítimos para llegar a ella. No es un rebelde que quiera cambiar el sistema ni un derrotado que se retira: es alguien que acepta las reglas del premio y solo rompe las del juego. Yzma no cuestiona que el trono valga la pena —lo desea con toda su alma—; simplemente, cuando le arrebatan el cargo, sustituye el nombramiento por el veneno.
Innovación: el atajo del que aún cree en la meta
La innovación mertoniana es, quizá, la adaptación más peligrosa precisamente porque conserva intacta la fe en el objetivo. El innovador no es un nihilista: es un creyente del éxito al que se le ha cerrado la puerta principal y decide entrar por la ventana. Yzma encarna esa figura con una nitidez casi de laboratorio. Durante años ejerce influencia real por la vía institucional —el consejo, el despacho contiguo al trono, la maquinaria del Estado—; su ambición estuvo perfectamente canalizada mientras el cauce legítimo permaneció abierto. El delito no estaba en su carácter esperando a salir: estaba latente en la estructura, a la espera de que se rompiera el encaje entre lo que quería y cómo podía conseguirlo. El despido es ese instante. En términos de Merton, Kuzco no crea la ambición de Yzma —eso lo hizo la cultura de palacio que equipara valer con mandar—; solo retira el medio legítimo y deja la meta flotando sin cauce. Lo que queda es tensión pura buscando una salida, y la salida que Yzma elige —envenenar, usurpar— es la innovación en su forma más literal: el mismo fin de siempre por un método nuevo e ilícito.
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// El sujetoLa química de una ambición sin cauce
Lo que hace de Yzma un caso tan didáctico es que su delito tiene fecha de inicio. Antes del despido hay una funcionaria ambiciosa, sí, pero conforme en el sentido de Merton: acepta las metas y las persigue por medios legítimos. Después del despido hay una criminal. Entre ambas no media una transformación psicológica —Yzma es la misma mujer brillante y vanidosa el lunes que el martes—, sino un cambio en su posición estructural: ha perdido el acceso legítimo al poder que la cultura de la corte le enseñó a considerar suyo. Su famoso laboratorio, con sus pócimas y su ejército de guardias, es la imagen perfecta de la innovación: la aplicación de un talento real —es indudablemente inteligente, la mente más capaz de palacio— a fines que ahora solo puede alcanzar por fuera de la ley. Merton lo diría así: la sociedad que sobrevalora la meta (el poder) y estrecha el acceso a los medios legítimos fabrica innovadores. Kuzco, con su despido caprichoso e imperial, hace exactamente eso. No exime a Yzma de nada —envenenar a alguien es una decisión, no un reflejo—, pero sí ilumina que su crimen tiene una gramática social, no solo un rostro de villana.
Yzma
// La grietaExplicar la tensión no es exculpar el veneno
Aquí la teoría enseña tanto por lo que ilumina como por donde se rompe, y con Yzma se rompe por dos sitios. El primero es el flanco clásico de la anomia mertoniana: predice mal el delito de quien no carece de medios. Yzma no es una marginada sin recursos empujada por la miseria; es una de las personas más poderosas del imperio, con laboratorio, sirvientes y la maquinaria del Estado a su alcance. Su «privación» es relativa y, sobre todo, subjetiva: no le falta pan, le falta un trono que considera suyo por derecho. La versión clásica de Merton, pensada para explicar el delito de la escasez, cruje al aplicarse a la ambición de los ya poderosos —y obliga a recordar que la tensión no es solo material, también es el agravio de quien siente que le han quitado lo que le correspondía—. El segundo flanco es el de siempre, y es el que importa: explicar no es exculpar. Entender que el despido cerró el cauce legítimo de Yzma no la convierte en una víctima de la estructura. La inmensa mayoría de las personas despedidas de un cargo no responde envenenando a su jefe; entre la tensión y el crimen media siempre una elección, y Yzma elige el veneno teniendo a mano el retiro, la denuncia o simplemente marcharse.
La lectura honesta sostiene las dos cosas a la vez. La anomia explica por qué la ambición de Yzma se tuerce justo cuando se le cierra la puerta legítima —ilumina la presión, el momento y la forma del delito—, pero no dicta su destino: eso lo firma ella, en cada dosis que mide y cada palanca que ordena tirar. La teoría mira a la estructura para entender mejor el crimen, no para regalarle a la criminal una coartada. Y la memoria, como siempre, no es para la consejera agraviada, sino para todos aquellos a quienes su ambición sin freno estuvo dispuesta a sacrificar —empezando por el emperador al que quiso convertir en un cadáver, y siguiendo por cualquiera que se interpusiera entre ella y el trono—.
Cuando el sistema fabrica sus propios innovadores
Yzma importa porque desmonta una idea tranquilizadora: que el delito es cosa de gente rota, ajena, distinta de nosotros. Merton enseña justo lo contrario —que ciertos crímenes brotan de personas que han interiorizado demasiado bien las metas de su cultura y a las que se les han cerrado los medios legítimos para alcanzarlas—. La lección práctica no es indultar al innovador, sino mirar la estructura que lo produce: qué metas ensalza una organización, cómo reparte el acceso a ellas y qué hace con quienes expulsa de la vía legítima. Un palacio —o una empresa, o un Estado— que sacraliza el poder como único valor y luego cierra de un portazo la puerta a quien lo desea está montando, sin saberlo, el laboratorio secreto donde se destila el próximo veneno. Reducir la presión anómica no significa dar el trono a cada ambicioso; significa que valga la pena algo más que el trono, y que perderlo no se sienta como perderlo todo. La cura de la tensión no es premiar la codicia, sino bajar el volumen de una meta única y obligatoria que convierte cada despido en una herida y cada herida en un móvil.
Tres ideas clave
- Yzma encarna la «innovación» de Merton: cuando la meta (el poder) sigue intacta pero se cierran los medios legítimos (el despido de Kuzco), no renuncia al objetivo, cambia de método —del consejo real al veneno y el golpe—.
- Su delito tiene fecha de inicio: no es una transformación psicológica, sino un cambio de posición estructural. La misma mujer ambiciosa es «conforme» con el cargo e «innovadora» sin él. La estructura activa la tensión.
- Explicar no es exculpar. La anomia ilumina por qué su ambición se tuerce, pero no dicta su destino: envenenar es una elección. La memoria es para sus víctimas, no para la consejera agraviada.
Fuentes · para seguir leyendo
- Merton, R. K. (1938). «Social Structure and Anomie». American Sociological Review, 3(5).
- Durkheim, É. (1897). El suicidio.
- Agnew, R. (1992). «Foundation for a General Strain Theory of Crime and Delinquency». Criminology, 30(1).
- Messner, S. F. & Rosenfeld, R. (1994). Crime and the American Dream. Wadsworth.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Quién es Yzma?
Yzma es un villano de El emperador y sus locuras, analizado en KRIMINIS con la lente de la criminología. Décadas asesorando al trono.
¿Por qué Yzma se convierte en villano?
Yzma y la teoría de la anomia de Merton: cuando la meta (el poder) sigue intacta pero se cierran de golpe los medios legítimos, algunos no renuncian al objetivo… cambian de método. Eso es «innovación» delictiva.
¿Qué teoría criminológica explica a Yzma?
El caso de Yzma se analiza desde la Anomia / Tensión. La teoría de la anomia y la tensión (Merton, sobre la anomia de Durkheim) sostiene que el delito nace de la brecha entre las metas que una cultura promete y los medios legítimos que reparte para alcanzarlas. Cuando la meta permanece pero los medios se cierran, aparece la «innovación»: aceptar el objetivo y perseguirlo por vías ilegítimas. Yzma, la consejera del emperador Kuzco en El emperador y sus locuras, es el retrato de manual de esa adaptación: brillante y ambiciosa, ejerció el poder durante años por el cauce legítimo del consejo real; despedida de un plumazo, no abandona la meta —el trono— sino que cambia de método —el veneno y el golpe—. La estructura de su crimen no es la locura, es una ecuación.







