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Lord Farquaad: El señor que decidió quién era un monstruo

Lord Farquaad y la criminología crítica: cómo el poder no persigue a los criminales, sino que criminaliza a los diferentes. DuLoc perfecta se construye deportando a las criaturas de cuento.

Póster de Lord Farquaad, villano de Shrek
Shrek · Animación
Lord Farquaad
alias

Lord Farquaad, el diminuto y meticuloso señor de DuLoc en Shrek, no encabeza una banda ni empuña un arma. Su crimen es más limpio y más frío: firma una orden. Al comienzo de la película, sus soldados arrean a las criaturas de cuento —los tres cerditos, el ratón parlante, el lobo, las hadas— y las expulsan de su reino como si fueran alimañas. Farquaad quiere una tierra perfecta, y en su definición de perfección esos seres sobran. Para la criminología crítica, este arranque es una lección disfrazada de comedia: Farquaad no persigue a nadie por lo que ha hecho, sino por lo que es. No combate el delito; lo fabrica. Convierte la diferencia en infracción y la pertenencia a un grupo en motivo de destierro. El poder, aquí, no aplica la ley: escribe la ley a la medida de su propio reino.

// La teoríaQuién decide qué es delito

La criminología crítica le da la vuelta al tablero de toda la disciplina. Donde las demás teorías preguntan por qué delinque el individuo, esta pregunta otra cosa: quién decide qué cuenta como delito, quién escribe la ley, quién la aplica y por qué el poderoso casi nunca acaba entre rejas. Su objeto de estudio no es tanto el crimen como la criminalización. La teoría del conflicto de George Vold (1958) sostuvo que la ley es el resultado de una pugna entre grupos: quien gana criminaliza a quien pierde. En 1973, Ian Taylor, Paul Walton y Jock Young reclamaron en The New Criminology una criminología radical, y Richard Quinney resumió la tesis: el delito lo define quien tiene poder para moldear la política. La ley no sería un espejo neutral del daño, sino un arma que refleja el poder.

Farquaad ilustra el mecanismo paso a paso. Hay un grupo con poder —él y su ejército— y un grupo sin voz —las criaturas—. El primero plasma sus intereses en un decreto; el decreto define «lo indeseable»; los soldados lo aplican selectivamente sobre los débiles; y el resultado es una purga con aire de trámite administrativo. En ningún momento se prueba que un ratón parlante haya dañado a nadie. No hace falta: en DuLoc, existir siendo distinto ya es la infracción. Ese es el corazón de la corriente crítica —del criminal a la criminalización—, y Farquaad lo ejecuta con la sonrisa impecable de quien cree estar limpiando su casa.

Concepto clave

Criminalizar no es lo mismo que perseguir el delito

La distinción es toda la teoría. Perseguir el delito supone que existe un daño previo y que la ley responde a él. Criminalizar es lo contrario: el poder decide primero a quién quiere fuera y luego dibuja la ley que lo justifica. Farquaad no descubre criminales entre las criaturas de cuento; los construye como categoría. Su decreto no nace de ningún crimen: nace de su proyecto de tierra perfecta, y el «delito» de las criaturas se inventa hacia atrás para encajar en ese proyecto. Por eso la criminología crítica insiste en sospechar de las categorías que damos por naturales, empezando por la de «indeseable». Cuando un grupo entero pasa a ser problema legal sin haber cometido acto alguno —solo por su condición—, no estamos ante justicia: estamos ante poder disfrazado de ley. El paralelo con purgas y deportaciones reales es evidente, y por eso conviene nombrarlo con sobriedad: la historia está llena de Estados que llamaron «limpieza» a lo que era persecución de los distintos.

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// El sujetoEl villano no es el monstruo: es quien lo nombra

La ironía sobre la que se sostiene toda la película es criminológicamente perfecta. El protagonista, Shrek, es un ogro: verde, enorme, con todos los rasgos que la cultura asocia al monstruo. Farquaad es pequeño, pulcro, elegante, encaramado a un castillo desmesurado. El relato tradicional pediría que temiéramos al ogro y confiáramos en el señor. Shrek invierte la ecuación: el ogro resulta ser la víctima de un desalojo —las criaturas expulsadas acaban en su ciénaga porque no tienen otro sitio— y el señor de aspecto respetable es quien firma la orden. Farquaad demuestra la tesis crítica en su forma más pura: el monstruo no es un hecho, es una etiqueta, y la etiqueta la reparte quien manda. Ser «monstruo» en DuLoc no depende de lo que hagas, sino de si Farquaad te ha incluido en la lista.

Y como todo poder que criminaliza para consolidarse, Farquaad tiene un móvil que no es la seguridad, sino la legitimidad. Expulsar a las criaturas limpia el paisaje de DuLoc y, de paso, le da a su reino esa apariencia de orden perfecto que necesita para coronarse. Incluso su búsqueda de una princesa —el motor de la trama— es un cálculo de poder: no ama, ambiciona el título de rey que un matrimonio le concede. La criminalización de los débiles y la sed de corona son la misma operación a distinta escala; limpiar el reino de indeseables y comprar un trono a través de otra persona son dos gestos del mismo hombre, que trata a los seres —criaturas o princesas— como piezas de su ascenso. Farquaad no es un tirano sanguinario de grandes discursos: es algo más cotidiano y más inquietante, un gestor del poder que firma exclusiones con la frialdad de quien ordena su despacho.

Lord Farquaad

· Shrek
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// La grietaExplicar la criminalización no borra el daño real

La criminología crítica es demoledora para desnudar a un Farquaad, pero tiene una grieta conocida, y conviene no esquivarla. Su riesgo es el relativismo: si todo delito es «una construcción del poder», ¿qué hacemos con el daño real a las víctimas? El robo que arruina a una familia pobre, la violencia que rompe una vida, el abuso: esos daños existen aunque ningún poderoso los haya inventado, y buena parte del delito castiga sobre todo a los débiles, no a los poderosos. Llevada al extremo, la corriente puede resbalar hacia romantizar al delincuente o negar a las víctimas reales. El propio Jock Young —uno de los autores de The New Criminology— corrigió el rumbo con el realismo de izquierda: tomarse en serio la victimización de los barrios obreros sin disculpar el daño. No todo lo que se llama delito es una etiqueta injusta; a veces es, simplemente, un daño que merece respuesta.

Por eso Farquaad es un caso tan cómodo para la teoría: no hay víctimas de las criaturas. Nadie ha sido dañado por un ratón parlante; la criminalización es aquí pura y sin coartada, y la crítica acierta de lleno. Pero el criminólogo honesto no puede quedarse solo con los casos cómodos. Reconocer que Farquaad fabrica delincuentes no obliga a creer que todo delincuente es un inocente etiquetado. La lectura madura sostiene las dos cosas: la ley puede ser un arma del poder y, a la vez, el daño a las víctimas puede ser real. Distinguir un caso del otro —cuándo la ley persigue un daño y cuándo persigue una diferencia— es precisamente el trabajo que la criminología crítica nos exige, no el que nos ahorra. Aquí, como siempre en KRIMINIS, explicar no es exculpar: entender que Farquaad fabricó a sus «monstruos» no le quita ni un gramo de responsabilidad por haberlo hecho.

Por qué importa

Reconocer al poder que se disfraza de ley

Farquaad importa porque enseña a leer la pregunta que casi nadie hace ante una persecución: ¿quién escribió esta regla, y a quién beneficia?. La criminología crítica nos obliga a mirar hacia arriba, no solo hacia abajo —al poder que define qué se castiga y qué se tolera—, y a desconfiar cuando un Estado empieza a hablar de «limpiar», «purificar» o «depurar» a un grupo entero por lo que es. Esa retórica de la tierra perfecta ha precedido a algunas de las peores páginas de la historia real, y por eso la fábula de Shrek tiene más filo del que aparenta: nos enseña, entre risas, a sospechar del que reparte etiquetas de monstruo. La lección no es que las leyes no importen, sino que hay que preguntarse siempre de quién son. Una justicia decente no se mide por lo eficaz que es expulsando a los distintos, sino por su capacidad de no confundir nunca la diferencia con el delito —y de recordar que, muchas veces, el monstruo de verdad es quien tiene el poder de nombrarlo—.

En resumen

Tres ideas clave

  • Lord Farquaad encarna la criminología crítica (Taylor, Walton y Young; Quinney): el poder no persigue criminales, criminaliza a los diferentes. Expulsa a las criaturas de cuento no por lo que han hecho, sino por lo que son, para levantar su DuLoc perfecta.
  • El villano no es el monstruo, es quien lo nombra. Shrek el ogro es la víctima del desalojo; Farquaad, el señor de aspecto respetable, es quien firma la orden. «Monstruo» no es un hecho: es una etiqueta que reparte el que manda.
  • La grieta: si todo delito fuera construcción del poder, se disolverían las víctimas reales, que suelen ser también débiles (de ahí el realismo de izquierda de Young). Con Farquaad no hay víctimas de las criaturas, y la crítica acierta de lleno; pero explicar la criminalización nunca es exculpar al que criminaliza.

Fuentes · para seguir leyendo

  • Taylor, I., Walton, P. & Young, J. (1973). The New Criminology. Routledge.
  • Vold, G. B. (1958). Theoretical Criminology. Oxford University Press.
  • Quinney, R. (1970). The Social Reality of Crime. Little, Brown.
  • Chambliss, W. J. & Seidman, R. (1971). Law, Order, and Power. Addison-Wesley.

Dudas del expedientePreguntas frecuentes

¿Por qué Lord Farquaad se convierte en villano?

Lord Farquaad y la criminología crítica: cómo el poder no persigue a los criminales, sino que criminaliza a los diferentes. DuLoc perfecta se construye deportando a las criaturas de cuento.

¿Qué teoría criminológica explica a Lord Farquaad?

El caso de Lord Farquaad se analiza desde la Criminología crítica. La criminología crítica (Taylor, Walton y Young; Quinney) cambia la pregunta: no por qué delinquen los individuos, sino quién define qué es delito y a quién persigue la ley. Lord Farquaad, de Shrek, encarna esa tesis con nitidez de cuento: no persigue a criminales, sino que criminaliza a un grupo marginado —las criaturas de cuento— para purificar DuLoc y consolidar su poder y su tierra. El villano no es el monstruo al que expulsa; es el Estado que decide quién es monstruo. Y la grieta obliga a recordar que explicar la criminalización no borra el daño real ni las víctimas.

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