Naoya Zenin, heredero del clan Zenin en Jujutsu Kaisen, es fácil de despreciar y por eso mismo fácil de malinterpretar. Es arrogante, cruel y visceralmente misógino: trata a las mujeres como inferiores por definición, humilla a su prima Maki por atreverse a ser fuerte sin ser hombre, y ejerce la violencia con la ligereza de quien nunca ha tenido que rendir cuentas. La tentación es leerlo como un villano de una pieza, un mal bicho suelto. Pero la teoría del patriarcado y el delito propone algo más incómodo: que la crueldad de Naoya no es un rasgo excéntrico de su carácter, sino la expresión fiel de una estructura que le precede —un orden de clan levantado sobre el dominio masculino, que premia a los hombres por nacer hombres y castiga a las mujeres por existir sin pedir permiso—. Naoya no inventó ese orden. Lo heredó, lo creyó y lo defendió con los puños.
// La teoríaLa masculinidad como estructura, no como excusa
La escritora Kate Millett, en Política sexual, dio a la criminología feminista una de sus intuiciones fundacionales: que la relación entre los sexos es, ante todo, una relación de poder —que lo íntimo es político y que la dominación del hombre sobre la mujer es un sistema, no una suma de casos privados—. Décadas después, Sylvia Walby teorizó el patriarcado como un entramado de estructuras que se refuerzan entre sí, y R. W. Connell aportó el concepto decisivo para leer a Naoya: la masculinidad hegemónica, un modelo cultural que enseña a los hombres a valorarse por el dominio, el estatus y el control sobre las mujeres. La clave es que este modelo no es biología ni destino: es un guion. Y Naoya lo recita entero. Su desprecio no es idiosincrasia; es doctrina de clan. En una casa donde el linaje y la técnica heredada lo son todo, y donde a las mujeres se las trata como piezas de intercambio, Naoya aprendió que ser hombre y primogénito equivalía a ser superior. La violencia patriarcal, dice la teoría, es instrumental: no es una pérdida de control, es una forma de ejercerlo. Cada humillación que Naoya inflige a Maki no es un exabrupto: es una lección sobre quién manda, un recordatorio de una jerarquía que él necesita ver confirmada.
El privilegio que se toma por mérito
Lo más revelador de Naoya no es su odio, sino su naturalidad. No cree estar siendo cruel; cree estar diciendo la verdad. Ahí opera el mecanismo que la teoría del patriarcado llama entitlement: el privilegio vivido como derecho natural, la posición heredada confundida con virtud personal. Naoya no ganó su estatus —nació en él—, pero lo defiende como si fuera un logro, y trata cualquier desafío a esa jerarquía como una afrenta intolerable. Por eso Maki lo saca de quicio: una mujer sin poder maldito que aun así se vuelve más fuerte que él desmiente, con su sola existencia, todo el relato sobre el que Naoya ha construido su identidad. Si ella puede, entonces su superioridad nunca fue mérito, sino andamiaje. La violencia con que reacciona no es fuerza, es fragilidad: la de un orden que solo se sostiene mientras nadie lo contradice. La teoría del patriarcado insiste en este punto —la masculinidad hegemónica no genera hombres seguros, sino hombres que necesitan dominar para no derrumbarse—. Naoya humilla porque teme; desprecia porque, en el fondo, ha intuido que su trono es prestado.
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// El sujetoEl producto perfecto de un clan podrido
Naoya es, en el sentido más literal, un producto. El clan Zenin es una máquina de fabricar hombres como él: relega a las mujeres, mide a las personas por su técnica heredada, y cultiva entre sus herederos la certeza de que el poder se merece por sangre. Naoya no es una anomalía dentro de ese sistema; es su ejemplar más pulido, el que interiorizó el guion sin fisuras. Y aquí la teoría añade un matiz que impide caricaturizarla: el patriarcado no dice que «los hombres» sean así. La prueba está en el propio relato —otros hombres del universo de la serie rompen con ese modelo, y el clan Zenin no es toda la masculinidad, sino una masculinidad, la más rígida y tóxica—. Naoya es lo que ese modelo concreto produce cuando se lleva al extremo y nadie lo corrige: un hombre que confunde la crueldad con la autoridad y el desprecio con la lucidez. Su violencia contra Maki es el corazón del caso, porque en ella se ve la lógica desnuda: no la ataca por lo que hace, sino por lo que es —una mujer que se niega a ocupar el lugar que la jerarquía le asignó—. El feminicidio simbólico, el intento de borrar a la mujer que desafía el orden, es la conclusión coherente de todo lo que Naoya cree.
Naoya Zenin
// La grietaExplicar la estructura no exculpa al heredero
La grieta con Naoya tiene dos filos, y conviene sostener los dos. El primero es el riesgo de disolverlo en la estructura: decir «fue el clan, fue el patriarcado» hasta convertir el análisis en coartada, como si Naoya fuera un engranaje sin voluntad. La teoría no dice eso. Millett, Walby y Connell analizan estructuras precisamente para señalar la responsabilidad con más precisión, no menos. Que Naoya haya sido moldeado por un orden misógino explica por qué hay tantos como él, no perdona a este. Otros nacieron en el mismo clan y no eligieron su camino; él sí. Cada humillación a Maki, cada desprecio, cada golpe fue una decisión suya, y la estructura que se la puso fácil no le sostuvo la mano. Explicar no es exculpar. El segundo filo es el contrario: quedarse en «Naoya es un cerdo excepcional» y no ver que su desprecio solo fue posible porque todo un clan —sus reglas, su historia, su tolerancia— lo autorizó y lo aplaudió. Reducirlo a un individuo repugnante nos tranquiliza, pero nos ciega ante lo importante: que los Naoya no brotan solos, sino en sistemas que normalizan su dominio mucho antes de que levanten la mano.
La lectura honesta sostiene ambas cosas a la vez. Naoya es responsable —de cada humillación, de cada intento de aplastar a Maki por el delito de ser fuerte siendo mujer—. Y su crueldad es también la de una estructura que enseñó a un clan entero que las mujeres valían menos y que la dominación era el orden natural de las cosas. La memoria que importa aquí no es la del heredero arrogante, sino la de aquellas a quienes su privilegio pretendió borrar: las mujeres del clan Zenin tratadas como moneda, y la prima que se negó a desaparecer y le devolvió, medida por medida, la verdad que él no quería oír.
Reconocer el guion antes de que golpee
Naoya importa porque enseña a leer la misoginia como sistema y no como carácter. Es cómodo señalar al villano evidente —el que insulta y golpea a plena luz— y sentirse a salvo. Pero la criminología feminista insiste en que ese hombre es la punta de un iceberg: debajo está el guion cultural que le dijo que valía por dominar, la institución que premió su arrogancia, la costumbre que llamó «tradición» a la desigualdad. El desprecio de Naoya no empezó con un golpe; empezó mucho antes, en cada regla del clan que colocó a los hombres por encima y en cada silencio que lo consintió. Por eso la lección no es esperar al heredero cruel para condenarlo, sino reconocer el guion cuando todavía se disfraza de normalidad: en el que confunde el privilegio con el mérito, en el que vive el «no» de una mujer como una afrenta, en el que necesita rebajar a otros para sentirse alguien. Cambiar ese guion —enseñar una masculinidad que no equipare la valía con el dominio— es prevención, y también una forma de liberar a los propios hombres de un modelo que los convierte en carceleros de quienes tienen al lado.
Tres ideas clave
- Naoya Zenin encarna la teoría del patriarcado (Millett, Walby, Connell): su misoginia no es un defecto personal, sino la masculinidad hegemónica hecha persona —un guion cultural que enseña a valorarse por el dominio y el control sobre las mujeres—.
- Su crueldad es privilegio confundido con mérito: hereda un estatus y lo defiende como logro. Por eso Maki lo desquicia —una mujer fuerte desmiente su superioridad—, y su violencia no es fuerza, sino la fragilidad de un orden que solo se sostiene sin ser contradicho.
- Explicar no es exculpar. Que el clan lo moldeara explica por qué hay tantos como él, no perdona a este: cada humillación fue su decisión. La memoria es para las mujeres que su privilegio quiso borrar, no para el heredero.
Fuentes · para seguir leyendo
- Millett, K. (1970). Sexual Politics. Doubleday.
- Walby, S. (1990). Theorizing Patriarchy. Blackwell.
- Connell, R. W. (2005). Masculinities (2ª ed.). University of California Press.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Por qué Naoya Zenin se convierte en villano?
Naoya Zenin y la teoría del patriarcado: la crueldad como afirmación de dominio. Cómo el desprecio a las mujeres no es un defecto personal del príncipe del clan, sino el guion de una estructura entera.
¿Qué teoría criminológica explica a Naoya Zenin?
El caso de Naoya Zenin se analiza desde la Teoría del patriarcado y el delito. La teoría del patriarcado y el delito (criminología feminista; Kate Millett, Sylvia Walby, R. W. Connell) entiende la violencia contra las mujeres no como una anomalía de agresores excepcionales, sino como la consecuencia lógica de una estructura de dominio masculino. Naoya Zenin, heredero del clan Zenin en Jujutsu Kaisen, encarna esa estructura hecha persona: un hombre convencido de que su género y su nacimiento le conceden el derecho de mandar, humillar y disponer de los demás —en especial de las mujeres del clan, como Maki—. Su crueldad no brota de un trauma privado, sino de un privilegio que nadie le enseñó a cuestionar. La masculinidad hegemónica como guion, y la violencia como la forma en que ese guion se impone.







