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Shuji Hanma: El que solo quería ver algo interesante

Shuji Hanma y la teoría de los valores subterráneos (Matza y Sykes, 1961): el vicecapitán que cambia de bando por diversión no tiene otros valores que los nuestros. Tiene los mismos, sin el horario.

Póster de Shuji Hanma, villano de Tokyo Revengers
Tokyo Revengers · Anime
Shuji Hanma

Shuji Hanma no encaja en ninguna de las casillas que Tokyo Revengers ofrece a sus villanos. No es Kisaki, que calcula; no es Izana, que arrastra un abandono; no es Taiju, que gobierna por el miedo. Hanma es el vicecapitán de Valhalla, un ejecutivo de Tenjiku, la mano derecha de media docena de planes ajenos —y no cree en ninguno—. Se alía con quien promete el mejor espectáculo y se marcha en cuanto el espectáculo se apaga. No quiere el poder, no quiere dinero, no quiere venganza. Lo dice él mismo, sonriendo, con esa altura imposible y las manos en los bolsillos: solo quiere ver algo interesante. Es fácil despacharlo como «el loco», el comodín que el guion necesita para que las bandas choquen. Pero la criminología tiene un nombre mucho más incómodo para lo que Hanma representa, y no lo saca de la psiquiatría: lo saca de nosotros. Para la teoría de los valores subterráneos, Hanma no vive bajo un código invertido. Vive bajo el nuestro, sin el horario que lo hace respetable.

// La teoríaLos valores que admiramos a deshora

En 1961, David Matza y Gresham Sykes publicaron en la American Sociological Review un artículo que desmontaba la idea dominante sobre el delincuente juvenil. La criminología de la época —la de las subculturas de Albert Cohen— lo describía como alguien que había aprendido un sistema de valores opuesto al de la clase media: si la sociedad premia el esfuerzo, la banda premia lo contrario. Matza y Sykes respondieron que eso no cuadraba con los chicos que observaban. Esos chicos no despreciaban los valores de la sociedad: los compartían, y se sentían culpables al saltárselos. Lo que ocurría era otra cosa. Junto a los valores oficiales —el trabajo constante, la prudencia, la posposición de la recompensa— toda sociedad mantiene otro conjunto que llamaron valores subterráneos: la búsqueda de emoción por la emoción misma (the search for kicks), el desprecio por el trabajo rutinario, la fascinación por el golpe grande que lo resuelve todo de una vez, la agresividad como prueba de hombría. No son valores clandestinos ni marginales. Son los valores de la clase ociosa: los que celebramos en el deporte de riesgo, en la aventura, en el empresario que lo apuesta todo, en el héroe que desobedece. Existen a plena luz —y se admiran—, siempre que aparezcan en el momento y el lugar correctos.

La delincuencia, en esta lectura, no es la expresión de una moral ajena sino de la nuestra a deshora. El chico que busca emoción un martes por la mañana, en la calle, con el coche de otro, está haciendo exactamente lo que celebramos el sábado en un circuito. Lo que lo condena no es el valor: es el escenario. Matza llevaría la idea más lejos en Delinquency and Drift (1964), donde describe al delincuente como alguien que no está ni obligado ni comprometido, sino a la deriva —flotando entre la convención y la infracción, liberado intermitentemente del control moral, libre de volver en cualquier momento—. Es una teoría que quita dramatismo al delincuente y se lo devuelve a la sociedad: si el impulso que lo mueve es uno que nosotros alimentamos, ya no hay una frontera limpia entre los que delinquen y los que no. Hay un continuo, y un reparto de horarios.

"Contigo el mundo se llena de color. ¡Es como un circo!"Shuji Hanma — Tokyo Revengers (cap. 205)
Concepto clave

La búsqueda de emoción: un apetito, no una patología

De los valores subterráneos que Matza y Sykes catalogaron, el que mejor resiste sesenta años de investigación es the search for kicks: la búsqueda de emoción como fin en sí mismo. No es una rareza clínica —la psicología la mide desde los años sesenta como búsqueda de sensaciones (Zuckerman) y la encuentra repartida por toda la población, alta en escaladores, pilotos, cirujanos y corredores de bolsa igual que en delincuentes—. Lo que cambia entre unos y otros no es la intensidad del apetito sino el menú disponible y el precio que otros pagan por la comida. Aquí está la utilidad del concepto y también su filo: permite entender a un sujeto como Hanma sin recurrir a la monstruosidad —no le pasa nada raro; le pasa algo muy común, subido de volumen y sin contrapesos—, y al mismo tiempo impide usar ese entendimiento como coartada. Un apetito explica por qué alguien busca el riesgo. No explica por qué elige buscarlo en un cuerpo ajeno. Entre el impulso y la víctima hay una decisión, y esa decisión no la toma el valor subterráneo: la toma la persona que lo lleva encima.

// El sujetoEl hombre sin bando

La trayectoria de Hanma es una línea quebrada a propósito. Aparece como vicecapitán de Valhalla, la banda construida para destruir a Toman; reaparece como uno de los ejecutivos de Tenjiku; se mueve al lado de Kisaki durante años sin compartir su objetivo ni una sola vez. A Kisaki le importa Hinata; a Izana le importa haber sido el que sobraba; a Mikey le importa la banda. A Hanma no le importa nada de eso, y esa ausencia es su rasgo definitorio. No traiciona por ambición —traicionar es, para él, otra manera de que la tarde no sea aburrida—. No pelea para ganar: pelea porque la pelea es el acontecimiento. Su lealtad dura exactamente lo que dura su interés, y su interés no se compra con dinero ni con poder, solo con intensidad. Lo que lo hace tan perturbador dentro de una serie sobre bandas es que todos los demás tienen una razón, por torcida que sea, y él la ha sustituido por una expectativa. Hanma es el espectador que se ha metido en el escenario porque desde la grada no se veía bien. Y cuando un espectador tiene su tamaño, su violencia y ninguna razón para parar, el espectáculo se lo cobran otros.

Shuji Hanma

· Tokyo Revengers
INT 80MAN 72VIO 90EMP 8
ImprevisibleHedonistaDesleal
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// La grietaCompartir un valor no reparte la culpa

La teoría de los valores subterráneos es de las pocas que incomodan al lector en lugar de al sujeto. Su tesis central —el delincuente no tiene otros valores, tiene los tuyos— retira la distancia cómoda desde la que solemos mirar un expediente. Pero justo ahí aparece la trampa, y es doble. La primera dirección del error es la obvia: si sus valores son los míos, ¿con qué derecho lo juzgo? La respuesta es que el juicio nunca recayó sobre el valor. Nadie condena a Hanma por querer emoción; se lo condena por dónde la cobra. La búsqueda de sensaciones es un apetito, y un apetito no designa víctima: entre querer que pase algo y romperle la cara a alguien para que pase hay un tramo que se recorre decidiendo. Matza lo vio con claridad cuando habló de deriva: el chico a la deriva no está empujado, está suelto —y estar suelto significa, exactamente, que podía haberse bajado—. La segunda dirección del error es la contraria y más frecuente: usar la teoría para absolver a la sociedad de su parte. Si celebramos el riesgo, la intensidad y el desprecio por lo rutinario en todos nuestros relatos, no podemos fingir sorpresa cuando alguien los toma en serio a la hora equivocada. Ambas cosas son verdad a la vez, y sostenerlas juntas es el trabajo. Hanma no es un monstruo llegado de fuera de nuestro sistema de valores. Es alguien que lo habita sin las horas, sin los sitios y sin las cuentas —y eso lo explica entero sin exculparlo un milímetro—.

Por qué importa

El villano que se parece demasiado al público

Hanma importa porque desarma el mecanismo con el que la ficción suele protegernos. Un villano con una ideología perversa nos deja intactos: no pensamos así. Un villano con un trauma nos deja intactos: no nos pasó eso. Un villano que solo quiere que la tarde sea interesante no nos deja intactos en absoluto, porque ese deseo es doméstico —lo tenemos todos, lo alimentamos con cada historia que cuenta que lo aburrido es el verdadero enemigo—. Ahí es donde separar el valor compartido de la decisión propia se vuelve un ejercicio difícil. Reconocer el valor compartido es honesto y es necesario: sin eso, la criminología se convierte en una galería de rarezas y no entiende nada. Pero reconocerlo no diluye la responsabilidad en un promedio social. Los valores subterráneos son la materia prima; la elección de dónde descargarlos es la obra. Hanma no es culpable de querer ver algo interesante. Es culpable de haber decidido, una y otra vez, que lo interesante valía lo que les costó a los demás. Entenderlo nos obliga a mirarnos un segundo de más en el espejo —y a no confundir ese reconocimiento con una absolución—.

En resumen

Tres ideas clave

  • Shuji Hanma encarna la teoría de los valores subterráneos (Matza y Sykes, 1961): no vive bajo un código invertido, sino bajo la búsqueda de emoción, el desprecio por lo rutinario y la agresividad como prueba de valía —valores que la sociedad respetable admira en su sitio y castiga fuera de él—.
  • No tiene objetivo, agravio ni bando: se alinea con quien prometa el mejor espectáculo y se va cuando se apaga. Su lealtad dura lo que dura su interés, y eso lo distingue de Kisaki (que calcula) y de Izana (que arrastra una herida).
  • La grieta corta en dos direcciones: compartir un valor no reparte la culpa —entre el apetito y la víctima hay una decisión—, y a la vez no podemos fingir sorpresa por un impulso que celebramos en todos nuestros relatos. Ambas cosas son verdad.

Fuentes · para seguir leyendo

  • Matza, D. & Sykes, G. M. (1961). «Juvenile Delinquency and Subterranean Values». American Sociological Review, 26(5), 712–719.
  • Matza, D. (1964). Delinquency and Drift. John Wiley & Sons.
  • Sykes, G. M. & Matza, D. (1957). «Techniques of Neutralization: A Theory of Delinquency». American Sociological Review, 22(6), 664–670.
  • Zuckerman, M. (1979). Sensation Seeking: Beyond the Optimal Level of Arousal. Lawrence Erlbaum.

Dudas del expedientePreguntas frecuentes

¿Quién es Shuji Hanma?

Shuji Hanma es un villano de Tokyo Revengers, analizado en KRIMINIS con la lente de la criminología. No tiene ideología, ni agravio, ni plan.

¿Por qué Shuji Hanma se convierte en villano?

Shuji Hanma y la teoría de los valores subterráneos (Matza y Sykes, 1961): el vicecapitán que cambia de bando por diversión no tiene otros valores que los nuestros. Tiene los mismos, sin el horario.

¿Qué teoría criminológica explica a Shuji Hanma?

El caso de Shuji Hanma se analiza desde la Teoría de los Valores Subterráneos. La teoría de los valores subterráneos (Matza y Sykes, 1961) sostiene que el delincuente no vive bajo un código invertido, sino bajo los valores que la sociedad respetable admira en su sitio y castiga fuera de él: la búsqueda de emoción, el desprecio por el trabajo rutinario, el golpe grande, la agresividad como prueba de valía. Shuji Hanma, el vicecapitán de Valhalla y mano derecha de Kisaki en Tokyo Revengers, es esa tesis en estado puro —un hombre sin objetivo, sin rencor y sin bando, que se alinea con quien prometa el mejor espectáculo y se va en cuanto deja de serlo—. Y la grieta es incómoda: si sus valores son los nuestros, no hay monstruo al que señalar; pero compartir un apetito no reparte la responsabilidad de a quién se lo comen.

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