// Teoría criminológica Sociológica: estructura

Teoría de los Valores Subterráneos

Todos llevamos dentro un buscador de emociones que ansía riesgo, adrenalina y romper la rutina. La teoría de los valores subterráneos dice que el delincuente no tiene valores distintos a los nuestros: tiene los mismos valores ocultos que la sociedad admira en secreto… solo que los saca a la luz en el momento equivocado.

8 min de lectura 5 villanos la ilustran

Solemos imaginar al delincuente como alguien con otros valores: gente que desprecia el trabajo, ansía el dinero fácil y disfruta el riesgo, frente a una mayoría honrada que valora el esfuerzo, la prudencia y la ley. La teoría de los valores subterráneos demuele esa frontera cómoda. Sostiene que esos valores "delincuentes" —la búsqueda de emoción, el desdén por la rutina, la exhibición de audacia— no son ajenos a la sociedad respetable: son valores que toda la cultura comparte en secreto, celebra en el deporte, el cine y las vacaciones, y solo condena cuando se expresan en el lugar y el momento equivocados.

Infografía

Los valores subterráneos de un vistazo

Autores
David Matza · Gresham Sykes
Año / época
1961
Familia
Procesos sociales · criminología cultural
Idea
El delincuente no tiene valores ajenos: comparte los que la sociedad esconde y admira
En una fórmulaValor subterráneo compartido (emoción, audacia) + momento y lugar equivocados → delito
Driftla deriva entre conformidad y delito según el contexto lo permita
Estado actualMuy influyente (base de la criminología cultural)

// OrigenMatza, Sykes y los valores que la sociedad esconde

La formularon David Matza y Gresham Sykes en 1961, en «Juvenile Delinquency and Subterranean Values», ampliando su famosa teoría de las técnicas de neutralización. Contra Albert Cohen —que veía en el delincuente juvenil a alguien con una subcultura de valores invertidos—, Matza y Sykes observaron algo más sutil: los jóvenes delincuentes comparten los valores dominantes, pero también otro conjunto que llamaron «subterráneo». Son valores igual de reales y presentes en toda la sociedad, aunque relegados al ocio, la fantasía y la transgresión controlada: la búsqueda de emoción (el kick, la aventura, el riesgo), el desdén por el trabajo rutinario (el sueño del golpe que te libera de la rutina) y la exhibición de dureza y audacia como prueba de valía.

La clave es que estos valores no pertenecen a una subcultura marginal: pertenecen al corazón de la cultura dominante, solo que en su versión «de fin de semana». La sociedad respetable admira al aventurero, al que se arriesga, al que desprecia la vida gris del oficinista; llena el cine de atracadores elegantes y héroes de acción; convierte el juego, la velocidad y el peligro en industrias. El delincuente, dicen Matza y Sykes, no ha rechazado nuestros valores: ha tomado demasiado en serio, y en el momento inoportuno, los que la sociedad misma le enseñó a desear.

"El delincuente no vive según otros valores. Vive según los nuestros, los que escondemos —la emoción, el riesgo, el desprecio a la rutina— pero fuera de su hora permitida."El principio de los valores subterráneos
Concepto clave

La delincuencia como cuestión de tiempo y lugar

La consecuencia más provocadora de la teoría es que reduce buena parte de la delincuencia a una cuestión de oportunidad y contexto, no de valores. El ejecutivo que arriesga millones en bolsa y el jugador que arriesga su casa comparten el mismo valor subterráneo (la emoción del riesgo); el primero es respetable y el segundo, un problema, según dónde y cómo lo ejerzan. Esto conecta con la idea de drift (deriva) de Matza: la mayoría de los jóvenes no están ni firmemente en la delincuencia ni firmemente fuera de ella, sino que derivan entre ambos mundos, dejando aflorar sus valores subterráneos cuando el contexto lo permite y guardándolos cuando no. La delincuencia no es, entonces, la marca de una personalidad desviada, sino un episodio en la vida de gente con los mismos deseos que todos —solo que expresados a destiempo—.

El esquema

Del deseo compartido al delito, paso a paso

  1. 1
    Valores subterráneosToda la cultura celebra en secreto la emoción, el riesgo, la audacia y el desdén por la rutina gris.
  2. 2
    Hora permitidaLa sociedad reserva esos valores al ocio: el deporte, el juego, el cine, las vacaciones, la fantasía.
  3. 3
    Drift (deriva)El joven no está firmemente dentro ni fuera del delito: deriva entre ambos mundos según el contexto.
  4. 4
    Expresión a destiempoCuando la oportunidad lo permite, saca esos valores fuera de su hora permitida y dañando a otros: eso es el delito.

La delincuencia no marca una personalidad desviada: es un deseo común expresado en el lugar y el momento equivocados.

// En la ficciónCinco vidas movidas por la emoción

La ficción no solo ilustra los valores subterráneos: los celebra, y ahí está la prueba de la teoría. Howie, en Diamantes en bruto, es la búsqueda de emoción hecha enfermedad: un joyero que lo tiene todo y lo arriesga una y otra vez en apuestas imposibles, porque solo el borde del abismo lo hace sentir vivo —el valor del kick llevado a la autodestrucción—. Danny, en Ocean’s Eleven, encarna el desdén elegante por el trabajo honrado: no roba por necesidad, sino por el placer del golpe perfecto, y el cine nos invita a admirarlo. Y Neil, en Heat, es la disciplina del profesional que ha hecho de la emoción un oficio: vive para el score, sin ataduras, con un código tan riguroso como el de cualquier ejecutivo —solo que al otro lado de la ley—.

Los otros dos muestran la audacia y el cool como valores. Seth, en Abierto hasta el amanecer, es el forajido hedonista que desprecia la vida gris y persigue la libertad absoluta a cualquier precio. Y Chili, en Cómo conquistar Hollywood, es el desprecio a la rutina hecho estilo: un prestamista que salta del hampa al cine con el mismo aplomo, porque para él ambas son formas de vivir sin doblegarse a un horario de oficina. En los cinco, el público no siente rechazo, sino envidia —y esa envidia es exactamente lo que la teoría predice: reconocemos en ellos nuestros propios valores ocultos—.

// El espejoPor qué admiramos al que hace lo que no nos atrevemos

La teoría explica un fenómeno cultural que otras ignoran: por qué el crimen nos fascina. Si el delincuente tuviera valores completamente ajenos, nos repugnaría sin más. Pero lo idealizamos —el atracador con estilo, el forajido libre, el jugador que lo apuesta todo— porque encarna deseos que reprimimos. El género del heist, el western, el cine negro, buena parte de la cultura pop viven de dejarnos experimentar, de forma vicaria y segura, los valores subterráneos que en nuestra vida diaria mantenemos a raya. Aplaudimos a Danny Ocean porque hace, sin consecuencias para nosotros, lo que una parte de nosotros desearía atreverse a hacer.

Esto tiene una implicación incómoda para el discurso público sobre el crimen: la misma sociedad que condena la delincuencia la alimenta simbólicamente, vendiendo sin parar la emoción del riesgo y el desprecio por la vida convencional. No hay tanta distancia entre el anuncio que promete adrenalina y libertad y el impulso que empuja a un chaval a robar un coche por el subidón. La cultura predica la prudencia y susurra la aventura —y luego se sorprende de que algunos escuchen el susurro—.

// La grietaNi "todos somos delincuentes", ni "solo fue por diversión"

La primera grieta es el relativismo fácil: «si todos compartimos esos valores, todos somos igual de culpables / nadie lo es». Falso en las dos direcciones. Compartir el deseo de emoción no equivale a actuarlo dañando a otros: la inmensa mayoría satisface sus valores subterráneos por vías que no dejan víctimas —el deporte, el juego legal, la ficción—. La teoría explica el impulso común; no borra la diferencia moral entre saciarlo saltando en paracaídas y saciarlo atracando a alguien. Howard Ratner puede compartir con un corredor de bolsa el amor al riesgo, pero es responsable de las vidas que arruina con sus deudas.

La segunda grieta es usar la teoría como coartada: «solo lo hizo por diversión, por la emoción, no es tan grave». La búsqueda de emoción explica la motivación; no rebaja el daño. Que el móvil sea el kick y no la maldad no le devuelve nada a la víctima, y a veces vuelve el crimen más obsceno, no menos. Entender que el delincuente comparte nuestros valores no es disculparlo: es quitarle la coartada de ser un monstruo ajeno y devolverlo a lo que es —alguien igual que nosotros que eligió expresar un deseo común a costa de los demás—.

Relevancia histórica

El puente hacia la criminología cultural

Los valores subterráneos son parte de un giro decisivo de los años 60. Frente al determinismo dominante —que veía al delincuente como un ser distinto, empujado por sus circunstancias—, Matza y Sykes devolvieron al delito la elección y el significado: primero con las técnicas de neutralización (1957), luego con los valores subterráneos (1961) y finalmente con la idea de drift en Delinquency and Drift (1964).

Esa línea abrió camino a la criminología cultural: Jack Katz (Seductions of Crime, 1988) tomó el relevo estudiando la seducción y la emoción del propio acto delictivo. Hoy la teoría sigue siendo el mejor marco para explicar algo que otras ignoran: por qué el crimen nos fascina y por qué la cultura pop lo idealiza sin descanso.

  1. 1957Sykes y Matza formulan las técnicas de neutralización.
  2. 1961Matza y Sykes publican «Juvenile Delinquency and Subterranean Values».
  3. 1964Matza (Delinquency and Drift) desarrolla la idea de deriva.
  4. 1988Katz (Seductions of Crime) funda la criminología cultural sobre esta base.

// Por qué importaDar salida legítima a lo que todos deseamos

La lectura práctica de la teoría es sorprendentemente constructiva y coincide con lo que la criminología ha aprendido por otras vías: si buena parte de la delincuencia —sobre todo la juvenil— nace de valores subterráneos universales expresados sin salida legítima, entonces la prevención no consiste en predicar contra esos valores (imposible: la propia cultura los celebra), sino en ofrecer cauces donde saciarlos sin dañar. Deporte de riesgo, aventura, retos, espacios donde la audacia y la emoción den estatus sin víctimas. La sociedad que solo ofrece rutina gris a sus jóvenes y les vende a la vez, sin descanso, la fantasía de la emoción y la libertad, está fabricando la tensión que la teoría describe.

Los valores subterráneos nos dejan, en el fondo, un espejo incómodo: que la línea entre el ciudadano respetable y el delincuente es mucho más fina —y mucho más cuestión de contexto y oportunidad— de lo que nos gusta creer. No para excusar al que la cruza, sino para dejar de mirarlo como a un extraño. El delincuente no quiere cosas distintas a las que queremos todos; simplemente ha dejado de esperar a la hora permitida para quererlas.

Luces y sombras

Fortalezas
  • Demuele la frontera cómoda entre «gente honrada» y «delincuentes»: humaniza al infractor sin excusarlo.
  • Explica un fenómeno que otras teorías ignoran: por qué el crimen nos fascina y la cultura pop lo idealiza.
  • La idea de drift encaja con los datos: la mayoría de la delincuencia juvenil es episódica, no una carrera fija.
  • Lectura preventiva constructiva: dar cauces legítimos (deporte, aventura, retos) a valores universales en vez de predicar contra ellos.
Límites y críticas
  • Relativismo fácil: «si todos compartimos esos valores, nadie es culpable»; compartir el deseo no es actuarlo dañando.
  • Coartada: usarla como «solo lo hizo por diversión» confunde la motivación con una rebaja del daño.
  • Difícil de contrastar: los «valores subterráneos» son un concepto sugerente pero escurridizo de medir empíricamente.
  • Explica mejor el delito expresivo o de emoción que el instrumental, planificado o por necesidad.
En resumen

Tres ideas clave

  • Los valores subterráneos (Matza y Sykes, 1961): el delincuente no tiene valores ajenos, sino los mismos que toda la sociedad esconde y admira —búsqueda de emoción, desdén por la rutina, exhibición de audacia—, expresados en el momento y lugar equivocados.
  • De ahí la idea de "drift" (deriva) y el que el crimen nos fascine: idealizamos al atracador elegante o al forajido libre porque encarnan deseos que reprimimos. La cultura predica prudencia y susurra aventura.
  • Sus grietas: el relativismo ("todos somos culpables/nadie lo es" —compartir el deseo no es actuarlo dañando) y la coartada ("solo fue por diversión" —el móvil no rebaja el daño). Prevenir es dar salida legítima a lo que todos deseamos.

Fuentes · para seguir leyendo

  • Matza, D. & Sykes, G. M. (1961). «Juvenile Delinquency and Subterranean Values». American Sociological Review, 26(5).
  • Matza, D. (1964). Delinquency and Drift. Wiley.
  • Katz, J. (1988). Seductions of Crime. Basic Books.
  • Sykes, G. M. & Matza, D. (1957). «Techniques of Neutralization». American Sociological Review, 22(6).