La larga marcha empieza como un trámite. Cincuenta muchachos, sorteados de entre una nación de voluntarios, se reúnen al amanecer en una frontera del norte; un hombre con gafas de espejo lee las reglas con una voz plana y administrativa, les desea suerte y la marcha comienza. Solo hay una regla que importe. Mantén el paso mínimo. Si aflojas, recibes un aviso; acumula tres avisos en una hora y los soldados que marchan al costado abren fuego. La Marcha no se detiene por el clima, ni por la noche, ni por el agotamiento, ni por el duelo. Termina cuando queda un solo muchacho y los otros cuarenta y nueve yacen muertos a lo largo de unos cientos de kilómetros de carretera. Y no se oculta. Es el gran acontecimiento nacional, retransmitido y flanqueado por multitudes que vitorean, un espectáculo que el país entero consume. Presidiéndolo, sin apresurarse jamás, sin alzar nunca la voz, está el Mayor —el oficial que lee las reglas, cronometra las muertes y le entrega al superviviente su premio como quien premia una carrera—.
// La teoríaEl castigo nunca es neutral —es un instrumento de poder
En 1939, dos estudiosos emigrados en la tradición de la Escuela de Fráncfort, Georg Rusche y Otto Kirchheimer, publicaron Pena y estructura social y trastocaron una suposición cómoda. El castigo, sostenía la visión corriente, es la respuesta racional y proporcionada de la sociedad al delito —un instrumento neutral de justicia—. Rusche y Kirchheimer defendieron lo contrario: que el castigo es un instrumento de poder y de economía, cuyas formas están moldeadas menos por los delitos que responde que por el orden social y económico al que sirve. Su economía política del castigo sostenía que el sistema penal de cada época refleja su modo de producción y su mercado de trabajo —que la severidad penal se aprieta o se afloja con las condiciones sociales, no con las tasas de delito—. Y tras los mecanismos concretos latía una afirmación más amplia, prolongada por la criminología crítica posterior: que el Estado escenifica el castigo, sobre todo en sus formas más visibles y espectaculares, para disciplinar a los muchos y distraerlos —la vieja lógica del pan y circo, en la que el sufrimiento público se convierte en teatro público para que una población aprenda la obediencia y aparte la vista de sus propias condiciones—.
La Marcha es esa tesis vuelta literal. Nada en ella es una respuesta racional al delito: los muchachos no han cometido ninguna falta —no son culpables de otra cosa que de su edad y de una firma en un formulario de inscripción—. El ritual no responde a ningún crimen; produce una función. Leída a través de Rusche y Kirchheimer, su finalidad es transparente. La Marcha es un instrumento de control que disciplina a toda una población mediante la demostración anual de lo que el Estado puede hacerles a sus jóvenes, y distrae a esa misma población disfrazando la demostración de deporte —una competición, un campeón, un premio—. Fabrica consentimiento con las dos palancas más viejas del poder, el miedo y el entretenimiento, fundidas en un solo acontecimiento televisado. Y aquí la teoría nombra al Mayor con precisión. No es el autor de la lógica de la Marcha; es su administrador, el funcionario a través del cual una máquina económica y política de castigo hace su trabajo. Su calma no es frialdad personal, sino forma institucional: la Marcha tiene que parecer un procedimiento, una ley, una regla neutral aplicada con imparcialidad, y el Mayor es el rostro humano de esa neutralidad. Foucault, en Vigilar y castigar (1975), rastrearía cómo el espectáculo del cadalso cedió paso a disciplinas más silenciosas; la Marcha es el espectáculo arcaico y la disciplina moderna a la vez, castigo como teatro total que es también control total.
El burócrata es la coartada del espectáculo
Lo que hace al Mayor más inquietante que cualquier tirano vociferante es que no vocifera. Es procedimental, cortés, casi amable; cronometra las muertes, las anota en una tablilla y sigue adelante. Esto no es un fallo de la economía política del castigo a la hora de explicarlo —es su punto más afilado—. El espectáculo necesita la calma. Una Marcha dirigida por un sádico visible sería reconocible como asesinato; una Marcha administrada por un oficial impasible que lee reglas se convierte en ley, en ritual, en tradición, en la manera en que se hacen las cosas. La neutralidad del Mayor es el mecanismo por el que el castigo letal se blanquea en ceremonia nacional —el tono que permite que las multitudes vitoreen, que las cámaras rueden y que las familias miren, porque el hombre al mando se limita, tan evidentemente, a cumplir el calendario—. Donde un Sauron (véase su expediente) gobierna por una voluntad visible de dominio que nadie puede confundir con otra cosa, el Mayor gobierna por lo contrario: una blancura administrativa que vuelve invisible la dominación, que convierte una máquina de matar en un acto cívico. Rusche y Kirchheimer nos enseñan a leer la calma como contenido, no como ausencia. La impasibilidad no es el temperamento del hombre; es el instrumento del Estado, y el más eficiente que posee.
// El sujetoEl hombre que administra la máquina
No se nos cuenta casi nada del Mayor, y eso es justamente lo esencial. No tiene pasado, ni apetito visible, ni rencor personal contra ninguno de los muchachos de la carretera. Es un uniforme, un par de gafas de espejo, una voz que nunca se alza. En una historia poblada por cincuenta muchachos individuales —sus miedos, sus amistades, sus pequeñas rebeldías, sus muertes—, el Mayor permanece deliberadamente sin rasgos, porque no es un personaje al modo en que ellos lo son; es la institución con un rostro puesto. Eso es lo que lo convierte en un sujeto perfecto para la economía política del castigo. No necesita odiar a los muchachos para matarlos, y no los odia; su relación con sus muertes es administrativa, no pasional. Llega, lee las reglas, les desea suerte y deja correr la máquina, apareciendo a intervalos para premiar o para presidir, ajustando su ritual al apetito de la multitud. Los soldados del semioruga aprietan los gatillos; el Mayor marca el paso que los aprieta por ellos. Es el punto en el que todo un aparato —el sorteo, la ley, la retransmisión, la nación que vitorea— se estrecha hasta una única autoridad serena que podría, en cualquier momento, cancelarlo todo, y nunca lo hace. Su poder no es el de matar a un muchacho cualquiera. Es el de mantener el ritual en marcha, año tras año, como si fuera el clima.
El Mayor
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// La grietaEl Mayor es un engranaje —y el engranaje sigue apretando el gatillo
Aquí está la grieta, y es lo esencial. La economía política del castigo explica la Marcha con verdadera fuerza: muestra que el ritual no es una locura, sino una función; que el Mayor es menos un villano con un plan que un engranaje en una máquina de control social; que el verdadero autor del horror es un sistema que necesita el miedo y el espectáculo para gobernar. Todo esto es cierto, y nada de ello absuelve al hombre. La teoría es una herramienta para entender la estructura, no un perdón para quienes la manejan. «Yo solo administro las reglas» tiene la forma exacta de la coartada del funcionario —la pretensión de que a un engranaje no puede culpársele del giro de la rueda—, y falla por la misma razón por la que falla toda coartada semejante: la máquina está hecha de hombres, y solo funciona porque cada uno de ellos, en su puesto, elige mantenerla en marcha. El Mayor podría detenerse. Lee las reglas; podría negarse a leerlas. Cronometra las muertes; podría rehusar cronometrarlas. Que la Marcha quizá continuara sin él no toca su responsabilidad por lo que él mismo hace, que es prestarle a la matanza su calma, su autoridad, su firma. Nombrar la función sistémica no es el final del juicio, sino su comienzo: decir «la Marcha es una máquina de control» es acusar a la máquina, y el hombre que administra una máquina de control no queda por ello exculpado —es exactamente la persona a la que la acusación alcanza—. La economía política del castigo explica por qué el Estado escenifica el espectáculo. No borra al oficial que lo llama al orden y nunca lo cancela. Y hay una advertencia que la teoría nos exige: la resonancia de todo esto con Estados reales que han convertido el castigo en espectáculo público no es una metáfora que se pueda manejar a la ligera. La historia está llena de Mayores —administradores de una matanza legalizada que alegaron la máquina—, y el valor de la teoría se mide precisamente por su negativa a aceptar ese alegato.
Explicar la máquina es el primer paso para negarse a ella
El Mayor importa porque su defensa es la más respetable que puede ofrecer un asesino: no «se lo merecían», sino «fue el sistema». No niega las muertes; reparte la culpa por una estructura tan grande que nadie parece sostenerla —el sorteo eligió, la ley obligó, la nación lo exigió, los soldados dispararon—. La economía política del castigo es aquí indispensable precisamente porque se toma esa estructura en serio, rechazando la ficción cómoda de que la atrocidad es siempre obra de monstruos. Insiste en que la Marcha es un instrumento racional de un orden injusto, y en que verlo con claridad es el comienzo de desmontarlo. Pero la misma teoría que explica la máquina nos prohíbe esconder al hombre que hay dentro. Comprender que el castigo puede ser un motor de poder y de distracción es quedar armado contra él —reconocer el espectáculo cuando un Estado real lo escenifica, oír el «pan y circo» en el rugido de una multitud que vitorea, preguntar a quién se disciplina y a quién se enseña a apartar la vista—. Esa comprensión no vale nada si se cuaja en fatalismo, en el encogimiento de hombros que dice que el engranaje no puede evitar la rueda. Todo el sentido de nombrar la economía política del espectáculo está en que, una vez nombrada, puede negarse —y negarse a ella significa exigir cuentas al sistema y a sus administradores a la vez—. Así aprende una sociedad a ver la máquina y, habiéndola visto, a decir no —a la Marcha, y al Mayor que lee sus reglas—.
Tres ideas clave
- La larga marcha (Stephen King, 1979; película de 2025) le pone rostro a la economía política del castigo (Rusche y Kirchheimer, 1939): cincuenta muchachos son llevados a la muerte a pie ante una nación que mira, y el impasible Mayor administra el ritual —el castigo convertido en espectáculo nacional, un instrumento no de justicia, sino de poder, control y distracción—.
- La teoría replantea el castigo como algo nunca neutral: la severidad penal sigue las condiciones sociales y económicas, y el Estado escenifica sus castigos más espectaculares para disciplinar a los muchos y distraerlos —pan y circo—. La calma burocrática del Mayor no es un detalle; es el mecanismo que blanquea la matanza letal en ceremonia cívica.
- La grieta: explicar la máquina no es exculpar al hombre. El Mayor es un engranaje en un sistema de control, pero la máquina solo funciona porque cada funcionario elige mantenerla en marcha —podría dejar de leer las reglas y nunca lo hace—. Nombrar la economía política del espectáculo no es fatalismo; es exactamente cómo una sociedad aprende a negarse a él.
Fuentes · para seguir leyendo
- Rusche, G. & Kirchheimer, O. (1939). Punishment and Social Structure. Columbia University Press.
- Foucault, M. (1975). Surveiller et punir: Naissance de la prison. Gallimard.
- King, S. (1979). The Long Walk (as Richard Bachman). New American Library.
- Garland, D. (1990). Punishment and Modern Society: A Study in Social Theory. Oxford University Press.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Quién es El Mayor?
El Mayor («The Major») es un villano de La larga marcha, analizado en KRIMINIS con la lente de la criminología. Cincuenta muchachos echan a andar y tienen prohibido detenerse.
¿Por qué El Mayor (The Major) se convierte en villano?
La larga marcha (Stephen King, 2025) y la economía política del castigo (Rusche y Kirchheimer): cómo un Estado convierte la pena de muerte en espectáculo nacional para disciplinar y distraer. El Mayor no inventa la máquina —pero la administra, y administrarla es elegirla—.
¿Qué teoría criminológica explica a El Mayor?
El caso de El Mayor se analiza desde la Economía Política del Castigo. La economía política del castigo (Georg Rusche y Otto Kirchheimer, «Pena y estructura social», 1939) sostiene que el castigo no es una respuesta neutral y racional al delito, sino un instrumento de poder, economía y control social: las formas y la severidad penales siguen las condiciones sociales y económicas de cada época, y el Estado escenifica el castigo —sobre todo en sus formas más visibles y espectaculares— para disciplinar a los muchos y distraerlos (pan y circo). La larga marcha le pone rostro a la tesis. El Mayor administra un ritual letal anual en el que cincuenta muchachos son llevados a la muerte a pie ante una nación que mira, castigo convertido a la vez en entretenimiento total y disciplina total. Es sereno, procedimental, casi cortés; no vocifera, administra. Y la grieta es decisiva: explicar la función sistémica (el Mayor es un engranaje; la Marcha es una máquina de control) no exime al hombre que la maneja y ordena los disparos —nombrar la economía política del espectáculo es precisamente cómo una sociedad se niega a él—.








