Vera Claythorne es una joven profesora de educación física en un colegio de chicas que acepta lo que cree un trabajo de verano como secretaria en una isla frente a Devon. La primera noche, el disco de gramófono la acusa de la muerte de Cyril Hamilton. Años antes había sido la institutriz de Cyril, un niño delicado, cuyo tío, Hugo, era el hombre al que amaba; Hugo era pobre, y Cyril se interponía entre él y la fortuna familiar. Un día el niño pidió nadar hasta una roca, y Vera, que siempre se lo había prohibido, lo dejó ir. Nadó detrás de él demasiado tarde, según contó después en la investigación judicial, y la elogiaron por sus esfuerzos. Hugo lo comprendió, y la dejó. En la isla, a medida que los invitados mueren uno a uno, Vera pierde los nervios: un alga mojada colgada en su dormitorio a oscuras le roza el cuello y grita, convencida de que es la mano de Cyril. Cuando solo quedan ella y Philip Lombard, consigue quitarle el revólver y lo mata. Vuelve a su habitación en una especie de trance. Del gancho del techo cuelga una soga, con una silla debajo. Creyendo que Hugo quiere que lo haga, se sube y se ahorca.
// La teoríaEl tribunal de dentro
En un ensayo de 1916, Sigmund Freud describió un hallazgo clínico sorprendente: algunos de sus pacientes habían cometido actos prohibidos no a pesar de un sentimiento de culpa sino a causa de él. Una culpa previa e inconsciente, arraigada en conflictos tempranos, encontraba alivio en una falta real que le daba un objeto concreto. Los llamó «delincuentes por sentimiento de culpa». Psicoanalistas posteriores, como Franz Alexander y Hugo Staub en El delincuente y sus jueces desde el punto de vista psicoanalítico (1929), y Theodor Reik, desarrollaron la idea de una necesidad inconsciente de castigo: el superyó, la autoridad moral interior, puede exigir una pena que la justicia exterior no impuso, y algunas personas buscan, provocan o se infligen esa pena. La criminología psicoanalítica está hoy en buena medida en desuso, porque sus afirmaciones son difíciles de comprobar, pero sus intuiciones sobre la culpa, la represión y el autocastigo siguen presentes en la clínica y en la literatura.
El veredicto que la investigación no dio
El caso de Vera invierte la secuencia de Freud, pero funciona con la misma maquinaria. Primero llega el delito: un momento de permiso, un niño al que se deja nadar hacia la roca. El veredicto oficial la exculpa; incluso la admiran. Pero la culpa no se va. Queda reprimida, fuera del pensamiento consciente, y vuelve en imágenes: el mar, la roca, un roce frío en el cuello. En la isla, el gramófono rompe en público la represión, y cada muerte sube la presión. Wargrave, el verdadero autor de la isla, lo entendió mejor que cualquier psicoanalista. No planeó matar a Vera con sus manos. Preparó la habitación, la silla y la cuerda, y dejó que su culpa y su mente agotada hicieran el resto. En términos psicoanalíticos, dio a su superyó el instrumento que estaba pidiendo.
// El sujetoUna joven competente y asustada
Durante casi toda la novela, Vera es una de las personas más sensatas de la isla: práctica, valiente, rápida para ver el peligro. Trabaja, organiza y resiste el pánico más que la mayoría. Eso hace más inquietante su escena final. Bajo el agotamiento, el miedo y el regreso de lo que había mantenido enterrado, la mujer competente se disuelve en la chica que quería la aprobación de Hugo. Christie deja ver el crimen con suficiente claridad: Vera no ahogó a Cyril con sus manos, pero lo dejó ir, sabiendo lo que iba a pasar, por un hombre y una fortuna. El veredicto de la novela es duro, y cae sobre ella a través de su propia mente.
Vera Claythorne
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// La grietaUna interpretación que no se puede comprobar
La principal crítica a la criminología psicoanalítica es metodológica: sus conceptos —la culpa inconsciente, el superyó, la represión— son difíciles de observar y más difíciles aún de medir, y casi cualquier conducta puede encajarse en ellos a posteriori. El derrumbe de Vera se explica de forma más sencilla con el trauma, la falta de sueño, el terror y la manipulación deliberada del entorno por parte de Wargrave. La investigación moderna sobre la culpa y la vergüenza, con escalas medibles, ha comprobado que la propensión a sentir culpa tiende a reducir la delincuencia y la agresividad, lo que complica cualquier teoría general del delito impulsado por la culpa.
Hay además una trampa moral en la lectura psicoanalítica: la idea de que el culpable será castigado desde dentro puede servir de consuelo a sistemas que no consiguen castigarlo desde fuera. La isla de Christie no confía en la justicia interior; la pone en escena un hombre que la fuerza. Vera eligió dejar nadar a un niño hacia la muerte por su propio interés. Lo que añade el psicoanálisis es una manera de leer el final de su historia: la ley la absolvió, y la parte de ella que sabía, no.
La culpa, la vergüenza y lo que viene después del delito
La psicología clínica ha separado dos emociones que el psicoanálisis mezclaba a menudo: la culpa, centrada en el acto («hice algo malo»), y la vergüenza, centrada en uno mismo («soy malo»). Las investigaciones de June Tangney y sus colegas han encontrado que la culpa tiende a motivar la reparación y se asocia a menos reincidencia, mientras que la vergüenza tiende a producir ocultación, ira y autodestrucción. Vera, que nunca confiesa ni repara nada, vive su crimen como vergüenza: algo que esconder, hasta que la desborda. La distinción importa en la práctica. Los enfoques restaurativos que invitan al infractor a mirar lo que hizo y repararlo trabajan con la culpa; los castigos que solo humillan tienden a alimentar la vergüenza.
Tres ideas clave
- La criminología psicoanalítica (Freud, 1916; Alexander y Staub, 1929; Reik) explicó el delito y su castigo mediante la culpa inconsciente, el superyó y la necesidad de castigo, incluido el «delincuente por sentimiento de culpa».
- Vera Claythorne dejó que el pequeño Cyril Hamilton nadara hacia la muerte para que heredara su tío Hugo; la investigación la exculpó. En la isla, su culpa reprimida vuelve; tras matar a Lombard, se ahorca con la soga que Wargrave había preparado.
- La grieta: sus conceptos son difíciles de comprobar, y el trauma y la manipulación de Wargrave explican buena parte del derrumbe; la investigación asocia la culpa con menos delito, no con más. Aun así, Vera eligió dejar ir al niño.
Fuentes · para seguir leyendo
- Freud, S. (1916). «Some Character-Types Met with in Psycho-Analytic Work». En The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, vol. 14. Hogarth Press.
- Alexander, F. y Staub, H. (1931). The Criminal, the Judge and the Public: A Psychological Analysis. Macmillan.
- Tangney, J. P., Stuewig, J. y Mashek, D. J. (2007). «Moral Emotions and Moral Behavior». Annual Review of Psychology, 58, 345-372.
- Christie, A. (1939). And Then There Were None. Collins Crime Club.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Quién es Vera Claythorne?
Vera Claythorne es una villana de Y no quedó ninguno, analizada en KRIMINIS con la lente de la criminología. En la oscuridad, algo frío y húmedo le rozó el cuello.
¿Por qué Vera Claythorne se convierte en villana?
Vera Claythorne y el psicoanálisis criminológico: en Y no quedó ninguno, la joven que dejó ahogarse a un niño para que su amante heredara sobrevive a todos en la isla y se ahorca en una habitación donde la esperaba una soga. Freud describió a los criminales por sentimiento de culpa. Vera es lo contrario: una culpa que, sin juicio, se convirtió en la sentencia.
¿Qué teoría criminológica explica a Vera Claythorne?
El caso de Vera Claythorne se analiza desde la Psicoanálisis criminológico. El psicoanálisis criminológico (Freud, Alexander y Staub, Reik) buscó en el inconsciente las raíces del delito y de su castigo: la culpa, el superyó, lo reprimido que vuelve. Freud describió a quienes delinquen para dar un objeto a una culpa previa, y sus sucesores estudiaron la necesidad inconsciente de castigo. Vera Claythorne, la institutriz de Y no quedó ninguno (1939), dejó que el niño a su cargo se ahogara para que el tío de este, al que amaba, heredara. Un tribunal la absolvió. Su culpa, no. El juez Wargrave lo sabía, y preparó la isla para que fuera ella quien terminara de cumplir la sentencia.








