Durante la década de 1970, Ted Bundy cometió una serie de crímenes en varios estados de EE. UU. En su fase inicial, la geografía de esos crímenes tuvo un rasgo claro: se concentraron en campus universitarios y sus alrededores —entornos que Bundy conocía bien, por los que se movía con naturalidad y en los que su presencia no resultaba extraña—. Para el análisis de hotspots y el perfil geográfico, este patrón ilustra uno de sus principios centrales: el ofensor tiende a cazar dentro de su espacio de actividad, en los lugares familiares donde se siente seguro. Este expediente se centra únicamente en esa dimensión geográfica, con sobriedad y el máximo respeto a las víctimas, sin ningún detalle morboso.
// La teoríaEl territorio conocido como zona de caza
La criminología ambiental de Brantingham describe el «espacio de actividad» de una persona como el conjunto de nodos donde pasa su tiempo (casa, estudio, ocio) y las sendas que los conectan. Su tesis: los ofensores tienden a delinquir donde ese espacio de actividad se solapa con la presencia de objetivos, porque allí combinan dos ventajas —conocen el terreno y no desentonan en él—. La fase universitaria de Bundy encaja con precisión: los campus eran entornos que le resultaban familiares, con una población joven en tránsito y una vida social en la que un desconocido no llamaba la atención. Cazar allí no era una elección exótica, sino la extensión natural de moverse por un territorio conocido. Es la misma lógica del punto caliente de Sherman —el delito se agolpa donde coinciden oportunidad y ausencia de guardián—, aplicada al mapa personal de un ofensor: su territorio de caza fue, en esencia, el mapa de los lugares por los que ya se movía.
La familiaridad como ventaja del ofensor
El caso Bundy pone el foco en un factor que el perfil geográfico considera decisivo: la familiaridad con el entorno. Rossmo y Brantingham subrayan que los ofensores rara vez actúan en territorio desconocido; prefieren los lugares que dominan, porque saben dónde están las salidas, cómo moverse sin ser notados y qué zonas quedan sin vigilancia. Un campus universitario reúne, para alguien que se mueve en ese ambiente, todas esas ventajas: es un entorno conocido, socialmente abierto, con mucha gente joven y anónima, y donde un rostro desconocido no despierta sospecha. La lección para la prevención es directa —y muy usada hoy en la seguridad de los campus—: reforzar la vigilancia natural y la iluminación, cuidar los trayectos nocturnos, evitar los puntos aislados dentro de un entorno por lo demás concurrido. Y la lección para el perfil geográfico es que la elección de dónde cazar delata la familiaridad del ofensor con ciertos ambientes: el mapa de sus crímenes ilumina el mapa de los entornos que conoce y en los que se mueve con soltura.
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// El sujetoDe lo local a lo interestatal
El caso Bundy también muestra cómo un patrón geográfico puede evolucionar. Su fase inicial fue relativamente local y anclada a entornos concretos; después, su desplazamiento entre varios estados amplió enormemente el territorio y difuminó el patrón, acercándolo al perfil del ofensor «viajero» que complica el análisis geográfico. Esa transición —de lo local a lo interestatal— ilustra que el espacio de actividad de un ofensor no es fijo: cambia con su movilidad y sus circunstancias, y el perfil geográfico debe leerlo como un mapa dinámico. La coordinación entre jurisdicciones fue, de hecho, uno de los grandes desafíos del caso, y una de las razones por las que impulsó el desarrollo de sistemas para cruzar información de crímenes cometidos en lugares distantes —el problema del «vínculo» (linkage) entre casos que la geografía ayuda a resolver—.
Ted Bundy
// La grietaEl entorno explica la oportunidad, no reparte culpas
La grieta al analizar este caso es doble. Por un lado, estigmatizar entornos: que ciertos crímenes se concentraran en las inmediaciones de campus no convierte a esos lugares —ni a quienes los frecuentan— en «peligrosos» en sí; el foco, como insiste Weisburd, debe estar en las condiciones concretas de oportunidad (trayectos aislados, mala iluminación, puntos sin vigilancia), no en marcar poblaciones. Por otro lado, y de forma aún más importante, jamás debe deslizarse ni un ápice de responsabilidad hacia las víctimas por dónde estaban: la geografía describe dónde un ofensor eligió actuar y por qué le resultaba ventajoso, y esa explicación recae por completo sobre él. Explicar la oportunidad ambiental no reparte culpas: la culpa es entera del ofensor.
Por eso el análisis se mantiene estrictamente en el plano de la prevención y el respeto. Estudiar cómo un ofensor aprovechó la familiaridad con ciertos entornos sirve para proteger mejor esos espacios —los campus de hoy aplican muchas de estas lecciones de seguridad ambiental—, no para satisfacer curiosidad morbosa ni para envolver el caso en la fascinación mediática que lamentablemente lo ha rodeado.
El mapa de la familiaridad
El caso Bundy importa para el análisis de hotspots porque muestra, con nitidez, el principio de que el ofensor caza en su espacio de actividad —en los entornos que conoce y donde encaja—, y a la vez cómo ese principio se complica cuando la movilidad amplía el territorio. Es, en cierto modo, el puente entre el ofensor anclado a un lugar y el ofensor viajero: empezó cazando en lo familiar y terminó dispersándose entre estados. Para el perfil geográfico, la lección es que el mapa de los crímenes ilumina el mapa de la familiaridad del ofensor, pero que ese mapa puede expandirse y exige coordinación entre jurisdicciones. Para la prevención, deja enseñanzas concretas que la seguridad de los campus ha incorporado: vigilancia natural, iluminación, cuidado de los trayectos y los puntos aislados. Aplicado con rigor, sobriedad y respeto absoluto a las víctimas, el análisis geográfico convierte incluso el caso más mediatizado en algo útil: conocimiento para proteger a las personas.
Tres ideas clave
- En su fase inicial, Ted Bundy concentró sus crímenes en campus universitarios y sus alrededores: entornos familiares donde se movía con naturalidad y no desentonaba. El territorio de caza coincidía con su espacio de actividad cotidiano.
- La familiaridad con el entorno es una ventaja clave del ofensor (Rossmo, Brantingham): conoce el terreno, las salidas y las zonas sin vigilancia. De ahí lecciones preventivas —vigilancia natural, iluminación, cuidado de trayectos— que la seguridad de los campus aplica hoy.
- El patrón evolucionó de lo local a lo interestatal, acercándose al ofensor "viajero" y planteando el reto de coordinar jurisdicciones. El entorno explica la oportunidad, no reparte culpas: la responsabilidad es entera del ofensor. Análisis sobrio y respetuoso con las víctimas.
Fuentes · para seguir leyendo
- Rossmo, D. K. (2000). Geographic Profiling. CRC Press.
- Brantingham, P. J. & Brantingham, P. L. (1984). Patterns in Crime. Macmillan.
- Canter, D. & Youngs, D. (2008). Principles of Geographical Offender Profiling. Ashgate.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Por qué Ted Bundy (—) se convierte en villano?
Ted Bundy concentró sus crímenes en campus universitarios y sus alrededores: los entornos que conocía y donde se movía con naturalidad. Su territorio de caza coincidía con su espacio de actividad cotidiano.
¿Qué teoría criminológica explica a Ted Bundy?
El caso de Ted Bundy se analiza desde la Análisis de Hotspots. El perfil geográfico (Rossmo) y la criminología ambiental sostienen que el ofensor caza en su espacio de actividad conocido. Ted Bundy concentró sus crímenes en campus universitarios y sus proximidades —entornos que le resultaban familiares y donde se movía con naturalidad—, aunque su posterior movilidad entre estados amplió y complicó ese patrón. Caso real tratado con sobriedad y respeto a las víctimas.



