Entre 1976 y 1977, la ciudad de Nueva York vivió bajo el miedo a un atacante nocturno que la prensa bautizó como «el Hijo de Sam». David Berkowitz, un trabajador postal de veinticuatro años, cometió una serie de ataques que paralizaron a una metrópolis entera. Pero, como enseña el análisis de hotspots, aquel terror no estaba distribuido de forma uniforme por los cinco distritos: se concentraba en zonas concretas —barrios residenciales de Queens y el Bronx— y en una franja horaria muy definida, la de la madrugada. Aquel patrón geográfico y temporal es un caso de manual de cómo el «territorio de caza» de un ofensor deja un rastro legible en el mapa. Este expediente se centra, con sobriedad y respeto a las víctimas, únicamente en esa dimensión geográfica.
// La teoríaCuando el miedo se puede mapear
El principio de Sherman y Weisburd es que el delito se apiña en pocos lugares y momentos. El caso Berkowitz lo ilustra a escala de una serie: sus ataques no cubrían la ciudad al azar, sino que se agrupaban en áreas residenciales periféricas —calles tranquilas, con vehículos aparcados y poca vigilancia nocturna— y casi siempre a altas horas. Esa combinación de lugar y hora no era accidental: respondía a las condiciones que la teoría de las actividades rutinarias describe como generadoras de oportunidad —la ausencia de guardianes capaces en la madrugada de un barrio dormido—. Para los investigadores de la época, reconocer ese patrón permitió concentrar recursos: reforzar la presencia policial en las zonas y horas de mayor riesgo en lugar de dispersarla por una ciudad inabarcable. El mapa del miedo se convirtió, así, en un mapa operativo.
La franja horaria como punto caliente
El caso Berkowitz recuerda que un punto caliente no es solo un lugar en el espacio, sino también un momento en el tiempo. Weisburd y Sherman insisten en que el delito se concentra en franjas horarias tanto como en direcciones: un mismo aparcamiento puede ser inofensivo al mediodía y peligroso a las tres de la madrugada. La serie de este ofensor tuvo un componente horario tan marcado como el geográfico —la madrugada, cuando calles residenciales enteras quedaban sin testigos ni vigilancia—. Comprender esa dimensión temporal es clave para la prevención: permite desplegar recursos cuando y donde el riesgo se dispara, en lugar de mantener una vigilancia constante e ineficaz. La lección, trasladable a la seguridad urbana cotidiana, es que la mejor manera de proteger a las personas no es vigilarlo todo por igual, sino identificar esas ventanas concretas de espacio y tiempo en las que la oportunidad para el delito se abre, y cerrarlas.
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// El sujetoUn ofensor anclado a su entorno
Como la mayoría de los ofensores seriales, Berkowitz no cazaba en territorio desconocido: actuaba en el entorno geográfico que le resultaba familiar, los barrios que conocía y por los que se movía. Esta es exactamente la premisa del perfil geográfico de Rossmo: los ofensores tienden a operar dentro de su «espacio de actividad», cerca de sus anclas cotidianas —casa, trabajo, rutas habituales—, porque en él se sienten seguros y saben moverse. La distribución de sus ataques, leída sobre un mapa, no apunta al azar sino a un centro de gravedad relacionado con dónde vivía y se desplazaba. En el caso concreto, fue una pieza mucho más prosaica —una multa de aparcamiento cerca de una de las escenas— la que finalmente condujo a su identificación, pero esa pista encaja con la lógica geográfica: el ofensor deja rastros precisamente porque opera en su propio territorio, no fuera de él.
David Berkowitz
// La grietaEl mapa acota, no acusa
La grieta al leer un caso así es confundir la potencia del patrón con una certeza. El análisis geográfico acota la búsqueda —dice dónde es más probable mirar—, pero no señala a un culpable ni sustituye a la investigación y la prueba. Convertir un mapa de calor en una acusación, o presuponer que quien vive en una zona de riesgo es sospechoso, es precisamente la deriva que Weisburd advierte: el foco debe estar en los lugares y sus condiciones, no en estigmatizar a quienes los habitan. La grieta opuesta es igual de real: descartar el valor de la geografía por «impreciso» y desperdiciar una herramienta que, caso tras caso, ha ayudado a concentrar recursos y detener antes a ofensores peligrosos.
Y por encima de todo, el respeto a las víctimas exige recordar que detrás de cada punto del mapa hubo una persona. Analizar la geografía de estos crímenes —dónde y cuándo— no es un ejercicio morboso ni una glorificación del ofensor: es la manera técnica y sobria de entender cómo prevenir, cómo proteger y cómo acortar el tiempo hasta que quien hace daño es detenido.
Leer el terror para poder frenarlo
El caso Berkowitz importa para el análisis de hotspots porque muestra el fenómeno en su forma más angustiosa —una ciudad entera aterrorizada— y, sin embargo, más legible. El terror parecía omnipresente, pero no lo era: se concentraba en zonas y horas concretas. Reconocer esa concentración es lo que permite pasar del pánico difuso a la respuesta focalizada: reforzar allí donde el riesgo se agolpa, alertar a las comunidades concretas afectadas, y leer la geografía de los ataques para estrechar el cerco. La lección, aplicable mucho más allá de un caso extremo, es que incluso el crimen que más miedo genera deja un rastro espacial y temporal, y que aprender a leer ese rastro con rigor y con ética es una de las mejores herramientas que la criminología ha dado para proteger a las personas.
Tres ideas clave
- La serie de ataques de Berkowitz en Nueva York (1976-1977) no se repartió al azar: se concentró en barrios residenciales periféricos y en la franja de la madrugada, un caso de manual del análisis de hotspots (Sherman, Weisburd) aplicado a un ofensor.
- El punto caliente es tanto un lugar como un momento: la dimensión horaria (la madrugada sin guardianes) fue tan definitoria como la geográfica. Identificar esas ventanas de espacio-tiempo es la clave de la prevención focalizada.
- El mapa acota la búsqueda, no acusa: sirve para concentrar recursos y proteger, no para estigmatizar a quienes viven en zonas de riesgo. Y detrás de cada punto hubo una víctima: la geografía se analiza para prevenir, con sobriedad y respeto.
Fuentes · para seguir leyendo
- Rossmo, D. K. (2000). Geographic Profiling. CRC Press.
- Sherman, L. W., Gartin, P. R. & Buerger, M. E. (1989). «Hot Spots of Predatory Crime». Criminology, 27(1).
- Canter, D. & Youngs, D. (2008). Principles of Geographical Offender Profiling. Ashgate.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Por qué David Berkowitz (El Hijo de Sam) se convierte en villano?
David Berkowitz, "el Hijo de Sam", concentró sus ataques en franjas horarias y zonas concretas de Nueva York. El estudio de esa geografía —dónde y cuándo— es un caso de manual del análisis de hotspots aplicado a un ofensor.
¿Qué teoría criminológica explica a David Berkowitz?
El caso de David Berkowitz se analiza desde la Análisis de Hotspots. El análisis de hotspots (Sherman, Weisburd) sostiene que el delito se concentra en pocos lugares y momentos. La serie de ataques de David Berkowitz en Nueva York (1976-1977) dibujó un patrón geográfico y horario concreto —zonas residenciales periféricas, altas horas de la noche— que ilustra cómo el "territorio de caza" de un ofensor puede leerse en el mapa para acotar la búsqueda. Caso real tratado con sobriedad y respeto a las víctimas.



