Casi toda la criminología pregunta «¿por qué delinque la gente?». La criminología radical considera que esa pregunta ya es una trampa, porque da por sentado que el «delito» es una categoría natural y neutral. Su pregunta es otra, mucho más incómoda: ¿quién decide qué es delito, y a quién beneficia esa definición? Y su respuesta es que la ley penal no es un espejo neutral del bien y el mal, sino un instrumento de poder: define como criminales sobre todo las conductas de los de abajo, mientras deja fuera de su alcance los daños mucho mayores que causan los de arriba.
Criminología radical de un vistazo
- Autores
- Ian Taylor, Paul Walton y Jock Young
- Año
- 1973 · The New Criminology
- Familia
- Crítica, de raíz marxista
- Idea
- El delito no es un hecho neutral, sino una construcción del poder
El poder define la ley → criminaliza al de abajo + protege al de arriba → cárceles llenas de pobres// OrigenLa Nueva Criminología de Taylor, Walton y Young
La corriente estalló en 1973 con The New Criminology, de los británicos Ian Taylor, Paul Walton y Jock Young, un libro que sacudió la disciplina. Frente a una criminología que buscaba las causas del delito en el individuo o en su entorno inmediato —y que, al hacerlo, aceptaba sin discutir las definiciones legales del Estado—, ellos propusieron una «teoría social completa de la desviación» de raíz marxista: para entender el crimen hay que analizar a la vez el acto, el contexto social que lo produce, la reacción del Estado y las estructuras de poder y clase que definen qué se castiga y qué no.
Su tesis central es que el delito y el capitalismo están entrelazados. Por un lado, el sistema genera delito: la desigualdad, la miseria y la codicia que produce empujan tanto al robo del desesperado como al fraude del poderoso. Por otro, el sistema define el delito a su conveniencia: criminaliza con dureza el hurto callejero y trata con guante de seda el expolio corporativo, la evasión fiscal o el daño ambiental, que causan un daño social infinitamente mayor. De aquí surge la idea más provocadora de la corriente: que algunos actos considerados delictivos son, en el fondo, una forma de resistencia —consciente o no— contra un orden injusto; una protopolítica de los que no tienen otra voz.
El delito como construcción del poder
La aportación decisiva de la criminología radical es entender el delito como una construcción política, no como un hecho natural. Lo que se castiga y lo que no, con qué dureza, a quién se persigue y a quién se protege, no lo decide una moral objetiva, sino las relaciones de poder. El mismo daño —dejar sin ahorros a miles de familias— es «delito» si lo comete un carterista y «operación de mercado» si lo comete un banco. La corriente denuncia que la criminología tradicional, al estudiar solo a los criminales «oficiales» (los pobres que llenan las cárceles), colabora con esa selección: naturaliza la idea de que el crimen es cosa de los de abajo. Ver el delito como construcción del poder no significa negar que existan daños reales —los hay—, sino desenmascarar el sesgo de clase que decide cuáles se persiguen y cuáles se ignoran.
De la desigualdad a la cárcel del pobre, paso a paso
- 1El sistema genera dañoLa desigualdad capitalista empuja al robo del desesperado y a la codicia del poderoso
- 2El poder define la leyQuien manda decide qué conductas se llaman «delito» y con qué dureza
- 3Persecución selectivaSe castiga el hurto callejero y se trata con guante de seda el fraude corporativo
- 4ResultadoLas cárceles se llenan de pobres, no porque sean peores, sino por el sesgo de clase del sistema
De ahí la tesis más provocadora: que algún delito de los de abajo es una forma de resistencia contra un orden injusto.
// En la ficciónCinco rebeldes contra el orden
La cultura popular lleva siglos fascinada por el criminal que en realidad es un rebelde justo. Robin de Loxley es el arquetipo eterno: un forajido a ojos de la ley del Sheriff, un héroe a ojos del pueblo, cuyo «delito» —robar a los ricos para dar a los pobres— es una redistribución que denuncia la verdadera injusticia, la del poder que expolia legalmente. Ned, el bandido australiano, es su versión histórica: un hijo de irlandeses pobres perseguidos por la policía colonial, convertido en forajido y luego en símbolo de la resistencia de los oprimidos contra un sistema que los criminalizaba por su origen. Y Diego de la Vega es el justiciero enmascarado que actúa fuera de una ley corrupta precisamente porque la ley misma está al servicio de los opresores: su ilegalidad es más justa que la legalidad que combate.
Los otros dos traen la rebelión a la modernidad. Curtis, en Rompenieves, encabeza la revuelta de los pasajeros de la cola —los pobres— contra el orden férreo del tren, una alegoría perfecta de la lucha de clases donde «alterar el orden» es el único camino hacia la justicia. Y Mr. Robot, en Mr. Robot, es el rebelde del siglo XXI: un hacker que planea borrar toda la deuda del mundo para liberar a la gente del yugo financiero —el delito informático como acto revolucionario contra el poder del capital—. En los cinco, la criminología radical encuentra su tesis: que la línea entre el criminal y el rebelde la traza, casi siempre, el que manda.





Del arquero de Sherwood al hacker anticapitalista: cinco rebeldes a los que la ley llamó criminales. Pulsa para abrir su expediente.
// Lo que aciertaEl daño de los de arriba
La criminología radical acertó en algo que transformó la disciplina: obligó a mirar la criminalidad de los poderosos. Antes de ella, la criminología estudiaba casi solo el delito callejero de los pobres; gracias a su empuje (y al trabajo previo de Sutherland sobre el «delito de cuello blanco»), hoy es imposible ignorar que el fraude corporativo, la corrupción política, los delitos ambientales y financieros causan un daño social —muertes, ruina, enfermedad— que empequeñece al del delito común, y que sin embargo se persiguen poco y se castigan menos. La corriente también acertó al señalar el sesgo de clase del sistema penal: las cárceles están llenas de pobres no porque los pobres sean peores, sino porque el sistema persigue selectivamente sus delitos. Estas verdades, incómodas y hoy ampliamente aceptadas, son su legado sólido.
// La grietaNi todo criminal es un rebelde, ni la víctima desaparece
La grieta más grave de la criminología radical es la romantización: convertir a todo delincuente en un rebelde político y todo delito en un acto de resistencia. Es falso y peligroso. La inmensa mayoría del delito callejero no tiene nada de protopolítico: el que roba o agrede a menudo daña a otros pobres, a su propia comunidad, sin ninguna causa liberadora. Robin Hood roba a los ricos; el atracador real roba a la tienda del barrio. Idealizar al delincuente como rebelde borra a sus víctimas —que suelen ser tan pobres como él— y las abandona en nombre de una teoría. Esta crítica fue tan potente que salió del propio campo: el realismo de izquierda del mismo Jock Young rectificó, reconociendo que el crimen callejero es real, que golpea sobre todo a los débiles, y que tomárselo en serio no es traicionar la causa, sino defender a sus víctimas.
La segunda grieta es el reduccionismo: explicarlo todo por el capitalismo y la clase, como si no existieran el delito por codicia del rico, la violencia machista que cruza todas las clases o la crueldad sin causa económica. El poder y la clase explican muchísimo sobre qué se define como delito y a quién se persigue; no explican por sí solos cada acto concreto de daño. La versión madura de la corriente conserva su lucidez sobre el poder sin pretender que la lucha de clases sea la única clave de todo.
La corriente que obligó a mirar hacia arriba
La criminología radical fue el gran sacudón crítico de la disciplina en los años setenta. Su huella no está en un programa político triunfante —no lo tuvo—, sino en una pregunta que ya no se puede desactivar: quién define el delito y a quién beneficia. Empujó el estudio de la criminalidad de los poderosos (fraude, corrupción, delito ambiental) hasta hacerlo ineludible, y su propio fracaso al romantizar el delito común dio origen a una corriente correctora —el realismo de izquierda— que hoy sigue viva.
- 1968La ola de revueltas y la Nueva Izquierda alimentan un giro crítico en las ciencias sociales.
- 1973Taylor, Walton y Young publican The New Criminology: nace la corriente radical.
- 1975Chambliss reclama una «economía política del crimen»: el delito como producto del poder.
- 1984–99El propio Jock Young rectifica con el realismo de izquierda: el crimen callejero es real y golpea a los débiles.
Luces y sombras
- Obligó a la criminología a estudiar la criminalidad de los poderosos (fraude, corrupción, delito ambiental y financiero), antes casi invisible.
- Desenmascaró el sesgo de clase del sistema penal: las cárceles llenas de pobres por persecución selectiva, no por peor conducta.
- Instaló una pregunta imborrable —¿quién define el delito y a quién beneficia?— útil incluso para quien rechaza el marxismo.
- Conectó el delito con la estructura social y la economía política, superando el foco exclusivo en el individuo.
- Romantiza al delincuente como rebelde: la mayoría del delito callejero no tiene nada de protopolítico y daña a otros pobres.
- Borra a las víctimas, que suelen ser tan vulnerables como el infractor, en nombre de la teoría.
- Reduccionismo: pretende explicarlo todo por la clase y el capitalismo, ignorando la codicia del rico o la violencia machista.
- Su debilidad fue tan clara que el propio Young la corrigió con el realismo de izquierda: una autocrítica desde dentro.
// Por qué importaPreguntar siempre quién define el delito
La criminología radical importa porque instaló una pregunta que ya no se puede desactivar: ¿quién define el delito y a quién beneficia?. Aunque se rechacen sus excesos, esa pregunta obliga a mirar con lucidez cualquier política criminal —a preguntarse por qué se destinan miles de policías a perseguir el menudeo de droga en los barrios pobres y apenas unos inspectores a la evasión fiscal de los ricos; por qué «okupar» una vivienda vacía es delito y dejar miles de viviendas vacías mientras hay gente sin techo, no—. No hace falta ser marxista para reconocer que la ley penal tiene un sesgo, y que una justicia que solo persigue los delitos de los débiles no es del todo justicia.
La corriente nos deja, en el fondo, una exigencia de honestidad: que antes de preguntarnos por qué alguien delinque, deberíamos preguntarnos por qué hemos decidido que eso —y no el daño mucho mayor que se comete legalmente desde arriba— es el delito que perseguimos. Robin Hood es una fantasía consoladora; pero la pregunta que encarna —¿y si la mayor injusticia fuera la legal?— es demasiado seria para dejarla en el cuento.
Tres ideas clave
- La criminología radical (Taylor, Walton y Young, 1973): el delito no es una categoría neutral, sino una construcción del poder. La ley criminaliza sobre todo a los de abajo e ignora el daño mucho mayor de los de arriba; algún delito es protopolítico, resistencia contra un orden injusto.
- Lo que acierta: obligó a mirar la criminalidad de los poderosos (fraude, corrupción, delito ambiental) y el sesgo de clase del sistema penal (las cárceles llenas de pobres por persecución selectiva, no por peor conducta).
- Sus grietas: la romantización (no todo delincuente es un rebelde; el delito callejero daña a otros pobres y borra a las víctimas —el propio Young rectificó con el realismo de izquierda) y el reduccionismo (no todo se explica por la clase). Pero deja una pregunta imborrable: ¿quién define el delito y a quién beneficia?
Fuentes · para seguir leyendo
- Taylor, I., Walton, P. & Young, J. (1973). The New Criminology. Routledge.
- Hobsbawm, E. (1969). Bandidos. Weidenfeld & Nicolson.
- Chambliss, W. J. (1975). «Toward a Political Economy of Crime». Theory and Society, 2.
- Young, J. (1999). The Exclusive Society. Sage.