Frank Underwood hace algo que casi ningún villano se atreve a hacer: te habla a ti. En mitad de una traición o un asesinato, se gira hacia la cámara, te mira a los ojos y te explica, con acento sureño y sonrisa de tiburón, exactamente lo que está haciendo y por qué. No se justifica en un trauma ni en una tara: elige el mal a plena luz y te hace testigo — casi socio— de cada paso hacia el poder. Ese gesto, tan viejo como Ricardo III (de quien House of Cards es hijo directo), pone sobre la mesa la teoría más antigua de la criminología —la del libre albedrío— y le añade una vuelta de tuerca inquietante: al hacerte su confidente, Underwood te obliga a preguntarte por qué su elección del mal te fascina en lugar de repugnarte.
// La teoríaEl que elige, responde
Como vimos con Ricardo III y Satán, la escuela clásica —Beccaria, Kant— cimentó el derecho penal sobre una premisa: el ser humano es libre y responsable, y por eso se le puede reprochar lo que hace. No se castiga a la piedra que cae ni al sonámbulo que golpea; se castiga a quien eligió pudiendo no hacerlo. Underwood es esa premisa llevada a su forma más descarada. Todo en él es agencia: calcula, decide, ejecuta, y reclama la autoría de cada crimen con orgullo. «La democracia está sobrevalorada», te dice, y en esa frase hay un hombre que no se ve como víctima de nada, sino como el único que tiene el valor de hacer lo que otros solo desean. Es, en estado puro, el criminal que la teoría clásica imagina: no un enfermo ni un producto, sino una voluntad.
Lo que distingue a Underwood de otros villanos que eligen es el dispositivo de la cuarta pared. Al hablarte directamente, hace dos cosas a la vez. Primero, subraya su libertad: no está atrapado en la historia, la controla, la comenta, se ríe de los que no ven venir sus jugadas — la elección como forma de poder—. Segundo, y más perturbador, te implica: te convierte de espectador en confidente, en cómplice silencioso que conoce sus crímenes y calla, que admira su astucia, que casi desea que gane. Ese es el hallazgo del recurso: la teoría del libre albedrío no habla solo del criminal que elige, sino de nosotros — de nuestra fascinación por el villano que se dueña de su destino, y de lo fácil que es, cuando nos mira a los ojos y nos hace sentir listos, pasar de juzgar el mal a disfrutarlo—.
La libertad que el poder presupone
La clave que Underwood encarna es que la responsabilidad depende de la libertad — y que él la reclama entera precisamente porque le da poder—. En su mundo, admitir que uno es producto de las circunstancias sería una debilidad; presentarse como dueño absoluto de las propias decisiones es la esencia de su fuerza. «El camino al poder está pavimentado de hipocresía y de bajas», dice, y no como lamento, sino como manual. Underwood convierte el libre albedrío en una ideología del triunfo: los que fracasan se excusan en el sistema, la mala suerte o la moral; los que ganan, como él, eligen sin remordimiento. Y ahí la teoría muerde su propia cola: la misma libertad que funda la responsabilidad —y que nos permite condenarlo— es la que Underwood exhibe como su mayor virtud. Nos obliga a distinguir entre reconocer la agencia de alguien (necesario para juzgarlo) y admirarla (la trampa en la que su mirada a cámara quiere hacernos caer).
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// El sujeto¿Elige él, o lo elige el sistema?
Aquí Underwood tensa la teoría de un modo que Ricardo o Satán no podían, porque su escenario no es una corte medieval ni el cielo, sino Washington — una máquina de poder real y reconocible—. Y eso reabre el gran debate del libre albedrío: ¿elige Underwood, o lo elige el sistema? Por un lado, su agencia es innegable: nadie lo obliga a asesinar; cada crimen es una decisión suya. Por otro, la serie muestra con crudeza que la política que habita premia exactamente sus peores rasgos —la ambición sin escrúpulos, la traición eficaz, la mentira convincente— y castiga la decencia. Underwood no delinque contra el sistema: delinque con él, usando sus reglas no escritas, ascendiendo por una escalera que recompensa la ruindad. La pregunta no es retórica: si una estructura selecciona y encumbra sistemáticamente a los Underwood, ¿cuánta de su «libre» elección es suya, y cuánta es el molde que la máquina premia? La respuesta honesta no es «ninguna» ni «toda», sino la incómoda del medio — es responsable de sus actos y es el producto previsible de un sistema que fabrica monstruos como él—.
Frank Underwood
// La grietaLa agencia dentro de la estructura
La grieta del libre albedrío, ya la vimos, es que el agente absolutamente libre casi no existe: toda elección ocurre dentro de condicionantes —biológicos, sociales, estructurales— que la inclinan. Underwood ilustra el condicionante estructural con una nitidez que Ricardo no tenía: su ambición no brota del vacío, la cultiva y la recompensa un ecosistema de poder. Pero cuidado con el extremo contrario — usar «el sistema lo hizo» como coartada que disuelve toda responsabilidad—. La salida sensata es la misma de siempre: el compatibilismo que el derecho practica. No hace falta una libertad metafísica absoluta para responsabilizar a Underwood; basta con que tuviera, como argumentó H. L. A. Hart, la capacidad y la oportunidad de obrar de otro modo — y las tenía de sobra: inteligente, informado, sin coacción ni trastorno—. El filósofo Harry Frankfurt lo afinó: somos libres cuando actuamos según nuestros deseos y los aprobamos, cuando queremos querer lo que queremos. Underwood no solo mata: quiere ser el hombre que mata por poder, lo asume como su proyecto. Esa identificación plena con sus propios actos —no una fuerza que lo arrastre— es lo que lo hace, sistema o no, plenamente responsable.
Y hay una segunda grieta, la que su mirada a cámara explota: la seducción del villano que elige. Como Satán en boca de Milton, Underwood es tan lúcido, tan ingenioso, tan dueño de sí, que una parte de nosotros lo admira — y ahí está la trampa—. Confundir la agencia (que existe y lo hace responsable) con la grandeza (que le atribuimos porque nos halaga ser sus confidentes) es exactamente el error que su dispositivo busca provocar. La teoría del libre albedrío nos da la herramienta para no caer: reconocer que Underwood elige —y por eso responde— sin comprar su relato de que elegir el mal es una forma superior de libertad. Es libre, sí. Y usa esa libertad para pavimentar de cadáveres su camino, mientras nos mira a los ojos para que aplaudamos la obra.
Ni excusa estructural, ni mito del self-made villain
Underwood deja dos lecciones que se equilibran. La primera: la responsabilidad es real —él elige, y ningún «lo hizo el sistema» borra los cadáveres que deja—, y negar toda agencia para no condenar a nadie acabaría por no responsabilizar a nadie de nada. La segunda, complementaria: las estructuras importan. Si un sistema político (o económico, o institucional) premia sistemáticamente la ruindad y castiga la decencia, producirá Underwoods con la regularidad de una fábrica — y combatirlos uno a uno, sin tocar las reglas que los encumbran, es inútil—. La política criminal madura sostiene las dos cosas: exigir responsabilidad individual y reformar los sistemas que seleccionan a los peores. Y hay una tercera, la más personal, que Underwood nos susurra al oído: cuidado con enamorarse del que elige el mal con estilo. Su mirada a cámara no es un guiño inocente — es una prueba—: mide cuánto estamos dispuestos a perdonarle a un monstruo con tal de que nos haga sentir sus cómplices inteligentes.
Por eso Frank Underwood se volvió, para bien y para mal, el villano televisivo de su década: encarnó una época cínica que sospecha que el poder es siempre así — y nos invitó, con una sonrisa, a disfrutar del espectáculo—. La teoría del libre albedrío nos permite mirarlo con lucidez: es responsable de todo lo que hace, porque elige hacerlo; y es, a la vez, el producto reconocible de un sistema que recompensa exactamente sus vicios. Las dos cosas son verdad, y ninguna excusa a la otra. Underwood quería que fuéramos sus cómplices. La mejor respuesta a su mirada a cámara no es apartar los ojos, sino sostenérsela sin aplaudir — recordando que un hombre que elige el mal no es más libre por hacerlo con talento, solo es más responsable—.
Tres ideas clave
- El libre albedrío (Beccaria, Kant) funda la responsabilidad: se castiga a quien eligió pudiendo no hacerlo. Frank Underwood lo reivindica descaradamente, rompiendo la cuarta pared para hacernos cómplices — el heredero moderno de Ricardo III—.
- Su novedad: opera dentro de un sistema (Washington) que premia su ruindad. Reabre el debate — ¿elige él, o lo elige la máquina?—. Respuesta compatibilista (Hart, Frankfurt): es responsable porque tenía capacidad y oportunidad de obrar de otro modo, y se identifica plenamente con sus actos.
- Dos lecciones que se equilibran: la responsabilidad es real (ni «el sistema lo hizo» borra los cadáveres) y las estructuras importan (un sistema que premia la ruindad fabrica Underwoods). Y una trampa: no confundir su agencia (que lo hace responsable) con grandeza (que su mirada a cámara quiere que le atribuyamos).
Fuentes · para seguir leyendo
- Beccaria, C. (1764). De los delitos y de las penas.
- Hart, H. L. A. (1968). Punishment and Responsibility. Oxford University Press.
- Frankfurt, H. G. (1971). «Freedom of the Will and the Concept of a Person». The Journal of Philosophy, 68(1).
- Kant, I. (1785). Fundamentación de la metafísica de las costumbres.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Por qué Frank Underwood se convierte en villano?
House of Cards y la teoría del libre albedrío: Frank Underwood se gira hacia la cámara, te mira a los ojos y te cuenta lo que va a hacer antes de hacerlo. No pide perdón ni excusa — reivindica su elección del mal—. Y al hacerte su confidente, te obliga a la pregunta más incómoda: ¿por qué te sientes cómplice de un hombre que solo eligió?
¿Qué teoría criminológica explica a Frank Underwood?
El caso de Frank Underwood se analiza desde la Libre albedrío. El libre albedrío funda el derecho penal: se castiga porque se presume que el infractor pudo elegir no delinquir. Frank Underwood lo lleva a su forma más descarada — un villano que rompe la cuarta pared para reivindicar cada una de sus elecciones y hacernos sus cómplices—. Pero su caso añade un matiz: opera dentro de un sistema corrupto que premia su ruindad, y eso reabre el viejo debate — ¿es su agencia enteramente suya, o el producto de una máquina que fabrica y recompensa a los Underwood?—.


