Casi todos los villanos de este archivo llegan con una explicación detrás: un cerebro, una clase social, una infancia, una etiqueta. Ricardo de Gloucester llega con lo contrario — una decisión—. En el primer monólogo de Ricardo III, antes de derramar una gota de sangre, Shakespeare le hace anunciar su plan: puesto que la naturaleza lo hizo deforme y nadie lo amará, ha resuelto «probarse como villano». No implora compasión ni se escuda en su joroba: la menciona para descartarla como coartada y proclamar que el mal que viene será obra suya. Ricardo es el villano que elige, y nos hace testigos de la elección.
// La teoríaEl criminal que elige
La idea de fondo es la más antigua e influyente de la criminología: el libre albedrío. La escuela clásica de Cesare Beccaria (De los delitos y de las penas, 1764) parte de que el ser humano es un agente racional y libre: no delinque por una tara ni por su sangre, sino porque elige hacerlo tras calcular el placer que espera y el castigo que arriesga. De ahí toda una filosofía penal —la que aún nos rige—: si el delito es una elección, el castigo debe ser cierto, pronto y proporcional para inclinar la balanza de esa decisión. Kant lo llevó al plano moral: solo tiene sentido reprochar a alguien lo que hizo si pudo haber hecho otra cosa. Sin libertad no hay culpa; sin culpa, no hay justicia, solo mecánica.
Ricardo es esa premisa hecha personaje. Es lúcido, calculador, dueño de sí; teje sus crímenes —seduce, difama, asesina hermanos, sobrinos, aliados— con la frialdad de un ajedrecista que ve varias jugadas por delante. No hay compulsión que lo arrastre ni voz de «Madre» que lo posea: hay un proyecto, ejecutado paso a paso hacia la corona. Cuando en la víspera de su caída los fantasmas de sus víctimas lo visitan y por un instante titubea, enseguida se rehace con una frase que es todo un manifiesto: la conciencia es «una palabra que usan los cobardes». Ricardo no es un enfermo del crimen: es un profesional que ha decidido que las reglas morales no le aplican.
Sin libertad no hay culpa
El libre albedrío es el cimiento oculto de todo el derecho penal. Castigamos porque suponemos que el infractor podía haber elegido no delinquir: por eso no juzgamos igual a quien mata en un acto voluntario que a quien lo hace sonámbulo o bajo un delirio. Ricardo lleva esa premisa a su forma más pura y más incómoda: reivindica su libertad para el mal. No pide que lo entiendan como producto de su joroba o de su familia —aunque podría—; reclama la autoría plena de su villanía. Y ahí está su genialidad perturbadora: al elegir abiertamente, se hace por completo responsable, y nos priva del consuelo de compadecerlo. El determinismo nos deja explicar al monstruo; Ricardo nos obliga a condenarlo, porque insiste en que él mismo se hizo.
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// El sujetoLa joroba como coartada rechazada
Aquí Ricardo dialoga, sin saberlo, con otro expediente de este archivo. Su cuerpo «deforme» es, punto por punto, el estigma del criminal nato que Lombroso creería la causa biológica del delito: el hombre torcido por fuera y por dentro. La Inglaterra Tudor, de hecho, lo leyó así, y Shakespeare hereda esa propaganda. Pero el dramaturgo hace algo más fino que Lombroso: no deja que el cuerpo determine el crimen. Ricardo cita su deformidad y acto seguido la convierte en decisión — «ya que no puedo ser amante, estoy decidido a ser un villano»—. No es su joroba la que mata: es él, que elige el mal en parte como respuesta al desprecio, pero elige. (La ironía histórica es exquisita: cuando en 2012 se halló su esqueleto real, se confirmó la escoliosis y se desmontó buena parte del monstruo que la leyenda le había pintado — el cuerpo era real; la maldad, un relato). Ricardo es el punto exacto donde la biología propone y la voluntad dispone.
Ricardo III
// La grieta¿De verdad somos tan libres?
La escuela clásica tiene una grieta que dos siglos de ciencia han ensanchado: presupone un agente plenamente racional y libre que casi nunca existe en estado puro. Frente a Beccaria, el positivismo de Lombroso, Ferri y Garofalo respondió que buena parte del delito nace de causas —biológicas, psicológicas, sociales— que el sujeto no eligió; y la criminología moderna les da, en parte, la razón: pobreza, trauma, adicción, déficits neurológicos, presión del grupo, todo inclina la conducta. El debate libre albedrío frente a determinismo sigue vivo, y hoy lo reaviva la neurociencia con experimentos que sugieren que el cerebro «decide» antes de que seamos conscientes de decidir. Ricardo, tan soberanamente libre, es casi una fantasía filosófica: el criminal que elige sin condicionantes es tan irreal como el criminal totalmente programado.
La salida sensata no es elegir un bando, sino el compatibilismo que el propio derecho practica: aceptar que la conducta tiene causas y que, salvo casos extremos (psicosis, coacción, minoría de edad), conservamos un margen de elección suficiente para ser responsables. Como argumentó el jurista H. L. A. Hart, el sentido de castigar no depende de una libertad metafísica absoluta, sino de que la persona tuviera la capacidad y la oportunidad de ajustar su conducta a la norma. Ricardo la tenía de sobra: inteligente, informado, sin trastorno que lo dominara. Por eso es culpable sin atenuantes. La joroba explica su resentimiento; no aprieta el puñal.
La libertad que el castigo presupone
Este no es un debate de salón: es el cimiento de cómo juzgamos. Si nadie fuera libre, el castigo sería una crueldad sin sentido —no se reprocha a un rayo—; si todos fuéramos absolutamente libres, sobrarían la psiquiatría forense, los atenuantes y la comprensión de las circunstancias. El derecho camina por el filo: presume libertad (por eso hay culpa) pero admite grados (por eso hay eximentes y atenuantes). Ricardo marca uno de los extremos de esa recta — el de la elección lúcida y plena, que no merece más excusa que la que él mismo se niega—. Su lección incómoda es que, por mucho que nos consuele explicar el mal, hay quien lo escoge con los ojos abiertos; y que negar toda libertad para no condenar a nadie acabaría por no responsabilizar a nadie de nada.
Por eso Ricardo III sigue siendo, cinco siglos después, el villano más seductor del teatro: no nos pide compasión, nos pide complicidad. Nos habla en confianza, nos hace reír con su cinismo, nos invita a admirar su ingenio mientras asciende sobre cadáveres — y al hacerlo nos implica, nos recuerda que entendemos demasiado bien la tentación de la ambición sin freno—. Shakespeare no escribió un enfermo ni una víctima: escribió a un hombre que decidió, y que tuvo el valor terrible de decirlo en voz alta. La criminología pasó siglos discutiendo si el criminal nace o se hace. Ricardo responde, con una sonrisa torcida, que a veces el criminal, sencillamente, se elige.
Tres ideas clave
- El libre albedrío y la escuela clásica (Beccaria, 1764; Kant) fundan el derecho penal: se castiga porque se presume que el infractor eligió delinquir y pudo no hacerlo. Ricardo III es su villano puro: anuncia su decisión de ser malvado y desprecia la conciencia como «palabra de cobardes».
- Su cuerpo deforme es el estigma que Lombroso creería causa del crimen, pero Shakespeare lo convierte en coartada rechazada: la joroba explica el resentimiento, no aprieta el puñal. Ricardo asume la autoría plena — y nos niega el consuelo de compadecerlo.
- La grieta: el agente totalmente libre es tan irreal como el totalmente programado. La salida es el compatibilismo del derecho (Hart): hay causas y un margen de elección suficiente para la responsabilidad, salvo casos extremos. Negar toda libertad sería no responsabilizar a nadie.
Fuentes · para seguir leyendo
- Beccaria, C. (1764). De los delitos y de las penas. [ed. Alianza].
- Kant, I. (1785). Fundamentación de la metafísica de las costumbres.
- Hart, H. L. A. (1968). Punishment and Responsibility: Essays in the Philosophy of Law. Oxford University Press.
- Langley, P. y Jones, M. (2013). The King's Grave: The Search for Richard III. John Murray.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Por qué Ricardo III (Gloucester) se convierte en villano?
Ricardo III y la teoría del libre albedrío: el villano que no culpa a su cuerpo ni a su infancia, sino que anuncia al público que ha decidido ser malvado. Shakespeare escribió, dos siglos antes que la criminología, la defensa más pura de que el delito puede ser una elección — y nos hace cómplices de ella.
¿Qué teoría criminológica explica a Ricardo III?
El caso de Ricardo III se analiza desde la Libre albedrío. La escuela clásica, de Beccaria a Kant, parte de que el ser humano es libre y responsable: delinque porque elige hacerlo, tras sopesar el placer y el castigo. Ricardo III es su villano perfecto — el que anuncia su decisión de ser malvado, desprecia la conciencia como «palabra de cobardes» y hace del crimen una carrera calculada—. Frente al determinismo que explica el mal por el cuerpo o el entorno, Ricardo reivindica la elección… y obliga a preguntarse hasta dónde llega de verdad esa libertad.


