Nate Jacobs, de Euphoria, es de esos villanos que incomodan porque no se parecen a un villano. No tiene cicatriz ni risa maligna: tiene un buen físico, un futuro deportivo y una familia de apariencia impecable. Y sin embargo, allá donde aparece, las personas que le importan empiezan a medir sus palabras, a esconder el teléfono, a calcular qué reacción desatará cada gesto. Nate no agrede por impulso incontrolable: instala un clima. Vigila, aísla, amenaza, retira el afecto y lo devuelve como premio, y corrige con la fuerza solo cuando lo demás ya ha fallado. Ese patrón sostenido —no el golpe aislado, sino el régimen de miedo que lo rodea— es exactamente lo que la criminología ha aprendido a nombrar, gracias a décadas de criminología feminista, como control coercitivo.
// La teoríaEl delito también tiene género
Durante casi un siglo la criminología estudió al delincuente como si el género fuera un dato menor. Fue la criminología feminista —con Carol Smart y su pionero Women, Crime and Criminology (1976), y más tarde con Ngaire Naffine— la que mostró que no se puede entender la violencia sin preguntarse quién la ejerce, contra quién y bajo qué mandatos culturales. En ese marco, el sociólogo James Messerschmidt aportó una idea decisiva: el delito es a veces una forma de hacer masculinidad. Cuando un hombre siente que no encarna el ideal viril que se le exige —éxito, dominio, impenetrabilidad—, la agresión y el control pueden convertirse en un recurso para demostrar esa hombría amenazada. No es que la biología empuje a dominar; es que un guion cultural premia la dominación y castiga la vulnerabilidad. Y sobre la violencia en la pareja, el criminólogo Evan Stark dio el paso que lo cambió todo: propuso mirar el control coercitivo como un patrón —vigilancia, aislamiento, degradación, amenaza, microgestión de la vida cotidiana— y no como una suma de episodios físicos. La clave deja de ser «¿cuántas veces pegó?» para pasar a ser «¿cuánta libertad le robó?».
No es un estallido, es un régimen
El mayor error al pensar la violencia en la pareja es imaginarla como una tormenta: un hombre que «pierde los nervios» y luego se arrepiente. Stark demostró que el daño más profundo rara vez está en el episodio aislado, sino en la estructura permanente que lo rodea. El control coercitivo funciona como una privación sostenida de libertad: la víctima aprende a anticipar el humor del agresor, a renunciar a amistades, a pedir permiso implícito para lo más básico. La amenaza hace el trabajo que la mano no necesita hacer cada día. Por eso muchas víctimas no denuncian «un golpe»: denuncian —cuando pueden— una vida entera encogida. Nate Jacobs encarna ese mecanismo con precisión clínica. Su poder no reside en la fuerza bruta, sino en la capacidad de hacer creer a quien tiene delante que cualquier salida será peor: que será humillada, expuesta, destrozada. El miedo es su herramienta de gobierno, y el silencio de su entorno, su mayor aliado. Donde otros ven a un chico con mal carácter, la criminología feminista ve un patrón reconocible y documentado.
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// El sujetoLa hombría como jaula heredada
Lo que hace de Nate un caso de manual es que su violencia no brota de la nada: crece sobre una masculinidad herida y vigilada desde dentro. La serie insinúa una rabia que hunde sus raíces en la vergüenza y en un secreto familiar —el del padre— que Nate vive como una amenaza a todo lo que se supone que debe ser un hombre. Messerschmidt lo describiría así: cuando la identidad viril se percibe en peligro, el sujeto redobla la representación de dureza que cree que se le exige, y la dominación sobre los demás se vuelve la prueba de que sigue «a la altura». De ahí la obsesión de Nate con la imagen, con el control del cuerpo y del deseo, con mostrarse impenetrable mientras teme que se descubra lo que esconde. Los celos, la vigilancia del teléfono, la necesidad de saberlo todo de su pareja, el aislamiento de quienes podrían ofrecerle apoyo: todo ello no son arrebatos dispersos, sino las piezas ordenadas de un mismo sistema. Nate no quiere solo a su pareja; quiere su obediencia, su silencio y la certeza de que nadie verá la grieta que él mismo no soporta mirar. La vergüenza que lo habita no lo disculpa, pero explica por qué convierte en jaula para los demás aquello que es, ante todo, una jaula para sí mismo.
Nate Jacobs
// La grietaLa herida no justifica la jaula
La grieta de este caso es la tentación de dejar que la herida se convierta en coartada. Es cierto que Nate sufre, que carga con una vergüenza y un miedo reales, y que su violencia se entiende mejor a la luz de ese dolor. Pero la criminología feminista no desentierra esas raíces para ablandar el juicio, sino para lo contrario: para desmontar la idea de que «él también lo pasa mal» pueda pesar más que la libertad que arrebata a otros. Explicar no es exculpar —comprender que el control coercitivo es un patrón aprendido, con un guion cultural detrás, no devuelve ni un solo día de libertad a quien vivió encogido por el miedo, ni hace menos real el daño de quien tuvo que pedir permiso para respirar—. Al contrario: nombrar el mecanismo sirve para protegerla. Si sabemos que el peligro no está solo en el golpe visible, sino en el régimen invisible de vigilancia y amenaza, podemos reconocerlo antes, creer a quien lo denuncia y dejar de pedirle pruebas de moretones cuando lo que describe es una cárcel sin barrotes.
Hay una segunda grieta, más tranquilizadora y por eso más peligrosa: la de despachar a Nate como un monstruo excepcional, un caso de ficción sin eco en lo real. Es justo al revés. El personaje importa porque su lógica es cotidiana y reconocible: el chico admirado, el «buen partido», el que nadie creería capaz de nada, que ejerce el control precisamente porque su fachada lo protege de la sospecha. La criminología feminista lleva décadas advirtiéndolo: el agresor de pareja no suele ser el extraño del callejón, sino la persona de confianza, y su mejor escudo es la incredulidad de quienes le rodean. Nate es ficción; el circuito que lo sostiene —la masculinidad que necesita dominar, el entorno que prefiere no ver, la víctima a la que no se cree— no lo es en absoluto.
Mirar el patrón, no solo el golpe
Nate Jacobs enseña a leer lo que suele quedar fuera del foco: la violencia en la pareja como sistema, no como escena. La criminología feminista nos entrena para dejar de preguntar solo «¿hubo agresión física?» y empezar a preguntar «¿cuánta libertad se ha perdido?»: si alguien ha dejado de ver a sus amigos, si mide cada palabra, si vive pendiente del humor ajeno, si teme las consecuencias de marcharse. Ese desplazamiento de la mirada es lo que permite reconocer el control coercitivo cuando todavía no ha dejado marcas visibles, y tomarlo en serio como lo que es: una privación de libertad. También desarma el guion cultural que lo alimenta —la idea de que dominar es ser hombre, de que los celos son amor y de que la vulnerabilidad es debilidad—. Porque detrás de casi cada Nate hay un discurso que enseñó que controlar era querer, y un entorno que prefirió no mirar. Desmontar ese discurso y creer a las víctimas es, en criminología real, la primera medida de protección.
Tres ideas clave
- Nate Jacobs encarna el control coercitivo (Evan Stark) leído desde la criminología feminista (Smart, Naffine): la violencia en la pareja no es un estallido puntual, sino un régimen sostenido de vigilancia, aislamiento, celos y amenaza que priva de libertad a la víctima.
- Su masculinidad es un guion cultural, no una fatalidad: siguiendo a Messerschmidt, la dominación es una forma de «demostrar» una hombría amenazada por la vergüenza y el secreto familiar. La fachada de chico perfecto es su mejor escudo frente a la sospecha.
- Explicar no es exculpar. Entender el mecanismo —el patrón, el guion, la herida de fondo— no rebaja la responsabilidad: sirve para reconocer el control coercitivo a tiempo, creer a quien lo sufre y protegerla. La memoria es para la víctima, no para el agresor.
Fuentes · para seguir leyendo
- Smart, C. (1976). Women, Crime and Criminology: A Feminist Critique. Routledge & Kegan Paul.
- Messerschmidt, J. W. (1993). Masculinities and Crime: Critique and Reconceptualization of Theory. Rowman & Littlefield.
- Stark, E. (2007). Coercive Control: How Men Entrap Women in Personal Life. Oxford University Press.
- Naffine, N. (1996). Feminism and Criminology. Temple University Press.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Quién es Nate Jacobs?
Nate Jacobs es un villano de Euphoria, analizado en KRIMINIS con la lente de la criminología. Por fuera, el hijo modélico: atlético, guapo, destinado a triunfar.
¿Por qué Nate Jacobs se convierte en villano?
Nate Jacobs y la criminología feminista: el control coercitivo en la pareja no es un estallido, es un régimen. El atleta de manual que convirtió la masculinidad en una jaula para los que le rodeaban.
¿Qué teoría criminológica explica a Nate Jacobs?
El caso de Nate Jacobs se analiza desde la Criminología feminista. La criminología feminista estudia cómo el delito —y muy especialmente la violencia en la pareja— no se entiende sin el género: quién lo ejerce, contra quién y con qué guion cultural detrás. Nate Jacobs, de la serie Euphoria, es un caso de manual de control coercitivo (Evan Stark): no un agresor de arrebatos, sino alguien que impone un régimen permanente de intimidación, vigilancia y amenaza sobre su pareja y su entorno. Bajo la superficie del adolescente triunfador late una masculinidad construida sobre la vergüenza, el secreto familiar y la necesidad de dominar. Entenderlo no lo excusa: sirve para nombrar el patrón y proteger a quien lo sufre.







