El villano de uniforme: cuando el orden se vuelve el crimen
El Coronel Lockjaw de One Battle After Another (2025) no rompe ninguna ley: la aplica con celo. Usamos la personalidad autoritaria de Adorno y el realismo de derecha para entender al villano que lleva placa, sonríe y firma la atrocidad en nombre de la seguridad.

Estamos acostumbrados a que el villano sea quien rompe las reglas: el ladrón, el mafioso, el forajido que se coloca fuera de la ley. El Coronel Lockjaw, antagonista de One Battle After Another (2025), pertenece a una estirpe mucho más incómoda. Él no infringe la norma: la encarna. Lleva uniforme, ostenta un rango, actúa en nombre de la seguridad del Estado y, precisamente por eso, resulta más escalofriante que cualquier criminal de callejón. Su caso plantea la pregunta que más interesa a la criminología cuando mira al poder: ¿qué ocurre cuando el orden deja de proteger y empieza a triturar, sin haber pisado nunca fuera de la ley?
En su expediente completo en KRIMINIS repasamos su historial y su modus operandi. Aquí queremos ir un paso más allá y preguntarnos qué rasgos de carácter y qué lógica criminológica se esconden detrás de su frialdad metódica. Porque Lockjaw no es un monstruo excepcional: es un tipo de villano que la historia real ha producido en serie, y que las mejores ficciones llevan décadas ayudándonos a reconocer.
// El carácterLa personalidad autoritaria: un manual andante
Lo que define a Lockjaw no es la crueldad gratuita, sino el celo. No disfruta del daño como un sádico; lo administra como un deber. Cada redada, cada detención, cada exceso los ejecuta con la convicción absoluta de estar cumpliendo una misión necesaria. Esa certeza, más que cualquier maldad caprichosa, es lo que lo vuelve temible, porque no admite duda ni negociación. El personaje encarna con precisión lo que la psicología social bautizó a mediados del siglo XX como la personalidad autoritaria.
El concepto procede de Theodor Adorno y su equipo, que tras el auge de los totalitarismos europeos intentaron entender qué tipo de carácter facilita la obediencia ciega y la agresión contra quien se percibe como distinto. Dibujaron un perfil reconocible: sumisión total ante la autoridad que se considera legítima, agresividad contra los que se juzgan inferiores o desviados, rigidez mental y una necesidad casi obsesiva de jerarquía y orden. Lockjaw es un manual andante de ese perfil. Para él, el mundo se divide con limpieza entre lo que sirve al orden y el caos que debe eliminarse; no existe una tercera categoría, ni un gris donde quepa la compasión.
Personalidad autoritaria
Perfil descrito por Adorno y colaboradores (1950): sumisión a la autoridad, hostilidad hacia quien se percibe como inferior o desviado, rigidez mental y culto al orden. No describe a un delincuente común, sino a un carácter capaz de convertir la obediencia y el celo institucional en violencia legitimada y firmada.
Ese celo emparenta a Lockjaw con toda una galería de funcionarios de ficción que abusan del poder desde dentro del sistema. La profesora Dolores Umbridge tortura a menores con una sonrisa mientras se ampara en el reglamento del Ministerio; el almirante Akainu, en One Piece, aniquila aliados y civiles en nombre de su 'Justicia Absoluta'; el Señor del Fuego Ozai arrasa naciones enteras convencido de imponer un orden superior. Ninguno de los cuatro se ve a sí mismo como villano. Todos se ven como los únicos adultos responsables en una habitación llena de irresponsables.
// La teoríaSeguridad a cualquier precio: el realismo de derecha
La lógica de Lockjaw tiene un eco criminológico muy concreto: el realismo de derecha, la corriente asociada a autores como James Q. Wilson. Su punto de partida es sensato y hasta defendible: el delito hace daño real a víctimas reales —a menudo las más vulnerables—, perder el tiempo persiguiendo 'causas profundas' abstractas no ayuda a quien sufre el crimen esta misma noche, y la respuesta debe centrarse en disuadir, incapacitar y mantener el orden. Hasta ahí, una teoría con partes legítimas.
El problema surge cuando esa lógica se lleva al extremo y se despoja de todo contrapeso. Lockjaw es esa versión radicalizada: si el orden es el valor supremo, entonces cualquier medio para preservarlo queda justificado. Perseguir a un enemigo aunque en el camino caigan inocentes deja de ser un daño colateral y pasa a ser el precio razonable de la seguridad. El coronel no ha inventado una filosofía nueva; simplemente ha eliminado el freno. Y ahí está la trampa que comparte con Akainu: la palabra seguridad suena impecable, pero esconde una pregunta que el autoritario nunca se hace —¿seguridad para quién, y a costa de quién?
El realismo de derecha, cuando se convierte en dogma, tiende a confundir el orden con la justicia y la obediencia con la virtud. Una vez que el fin —la seguridad, la paz, el control— se vuelve sagrado, cualquier medio se santifica. Es el mecanismo exacto por el que un aparato pensado para proteger a la gente empieza a perseguirla. Lo que hace a Lockjaw tan contemporáneo es que no necesita romper el Estado de derecho para hacer daño: le basta con aplicarlo sin límites, sin garantías y sin piedad.
// El reversoCuando la atrocidad lleva firma y uniforme
El vigilante que se toma la justicia por su mano es peligroso, pero al menos actúa fuera del sistema y sabe que lo hace. Lockjaw es más inquietante porque su violencia está dentro del sistema: firmada, uniformada y bendecida por la jerarquía. No hay un instante en que cruce la línea; la línea se ha movido para incluirlo. Cuando el 'fin justifica los medios' se institucionaliza, deja de ser un exceso individual y se convierte en política. La criminología crítica lleva décadas advirtiéndolo con el concepto de delito de Estado: los daños más masivos de la historia no los cometieron forajidos, sino funcionarios cumpliendo órdenes y creyendo servir a un bien mayor.
Stanley Milgram lo demostró en sus célebres experimentos sobre la obediencia: gente corriente puede infligir un daño atroz siempre que una autoridad legítima cargue con la responsabilidad moral. El caso de Lockjaw es todavía más extremo, porque él no necesita que nadie cargue con nada: ya está plenamente convencido. Por eso su figura funciona como advertencia narrativa. Nos entrena para reconocer que la amenaza al orden justo no siempre viene del margen, del criminal evidente, sino a veces del centro, del despacho, de quien tiene la potestad de decidir quién merece protección y quién merece castigo.
El monstruo también lleva placa
Lockjaw, Umbridge, Akainu u Ozai nos enseñan a detectar un patrón real: un sistema que renuncia a los límites, a las garantías y a la duda en nombre de la eficacia puede volverse tan destructivo como aquello que dice combatir. El rasgo más peligroso no es la crueldad, sino la certeza absoluta. Explicar la lógica del villano de uniforme no es exculpar el abuso de poder: es aprender a reconocerlo antes de que se disfrace de deber.
Lo que deja el villano de uniforme
- Lockjaw no rompe la ley: la aplica con celo. Su horror nace de ser un villano perfectamente legal y convencido de su rectitud.
- Su carácter responde al perfil de la personalidad autoritaria de Adorno: sumisión a la jerarquía, agresión al 'desviado' y culto al orden.
- Su filosofía es un realismo de derecha radicalizado: la seguridad como valor supremo que justifica cualquier medio.
- Cuando el 'fin justifica los medios' se institucionaliza, aparece el delito de Estado: el daño firmado, uniformado y bendecido por la jerarquía.
- El rasgo más peligroso no es la violencia, sino la incapacidad para dudar: la certeza de que uno nunca puede estar equivocado.
Fuentes · para seguir leyendo
- Theodor W. Adorno et al., «The Authoritarian Personality» (1950).
- James Q. Wilson, «Thinking About Crime» (1975; ed. revisada 1983).
- Stanley Milgram, «Obedience to Authority» (1974).
- Bob Altemeyer, «The Authoritarians» (2006) — actualización del autoritarismo de derechas.
- Penny Green y Tony Ward, «State Crime: Governments, Violence and Corruption» (2004).
Preguntas frecuentes
¿Quién es el Coronel Lockjaw en One Battle After Another?
Es el antagonista de uniforme de la película de 2025: un oficial que persigue a los protagonistas en nombre de la seguridad del Estado. No es un forajido, sino una figura de autoridad cuyo celo punitivo y desprecio por los límites lo convierten en la verdadera amenaza del relato.
¿Qué es la personalidad autoritaria de Adorno?
Es un perfil de carácter descrito por Theodor Adorno y su equipo en 1950: sumisión ante la autoridad legítima, agresividad hacia quien se percibe como inferior o desviado, rigidez mental y culto al orden. No describe a un delincuente común, sino a un temperamento capaz de convertir la obediencia en violencia legitimada.
¿Analizar a estos villanos no es justificar el abuso de poder?
No. En KRIMINIS partimos de que explicar no es exculpar. Entender cómo un poder se coloca por encima de la ley, aun sin romperla, sirve para señalarlo mejor y para no aceptar la impunidad como algo inevitable. El objetivo es vigilar quién castiga sin rendir cuentas, no disculpar el daño que causa.