Percy Wetmore, el joven carcelero de La milla verde (The Green Mile), es la clase de hombre que el sistema penal produce en su reverso. No administra un negocio como el alcaide Norton ni comanda un campo como Amon Göth; su dominio es pequeño —el bloque E, el corredor de la muerte de una prisión de Luisiana en los años treinta—, pero dentro de esos muros ejerce un poder absoluto sobre hombres que ya no pueden defenderse. Y lo ejerce con un solo fin: el placer de hacer sufrir. Percy no roba, no lucra, no persigue nada más que la satisfacción de humillar a quien está por debajo de él. Para la economía política del castigo, es la pieza que completa el cuadro: si el castigo reparte poder sobre cuerpos cautivos, siempre habrá quien acuda a ese poder no por dinero, sino por el goce de usarlo.
// La teoríaEl poder que el castigo pone en manos pequeñas
La economía política del castigo suele analizar la explotación material —el trabajo forzado, el negocio de la cárcel—, pero su lógica alcanza también a una economía más sutil: la del poder que la institución penal distribuye. Foucault, heredero de Rusche y Kirchheimer, mostró en Vigilar y castigar que la prisión moderna funciona por una vigilancia y una disciplina que se ejercen capilarmente, a través de miles de pequeños funcionarios que administran el cuerpo del preso: quién come, quién duerme, quién es golpeado. Ese poder minúsculo y cotidiano es un imán. Atrae a hombres como Percy porque les ofrece algo que su vida no les da: la sensación de ser alguien, la potestad de decidir sobre otro ser humano. Percy es débil, cobarde y despreciado por sus compañeros; pero con una porra y un uniforme, sobre un condenado esposado, se vuelve un dios menor. El sistema no lo corrompe: le entrega, servido, el instrumento exacto de su crueldad.
La crueldad que el sistema blinda
Lo decisivo en Percy no es que sea cruel —los crueles existen en todas partes—, sino que el sistema penal lo protege. Percy es sobrino del gobernador, y ese parentesco lo vuelve intocable: sus compañeros lo desprecian y saben lo que hace, pero no pueden echarlo sin arriesgar sus propios puestos. Aquí la economía política del castigo revela un mecanismo cruel: la institución no solo permite la crueldad de sus funcionarios, sino que la blinda cuando conviene a los intereses de arriba. Percy tortura porque puede, y puede porque su impunidad está garantizada por su lugar en la red de poder. El momento que lo condensa es la ejecución de Eduard Delacroix: Percy, encargado de humedecer la esponja que conduce la electricidad, la deja seca a propósito, convirtiendo la ejecución en una tortura atroz —el hombre arde vivo en la silla— solo por vengarse de una humillación previa. Nadie lo procesa. La lección es que el castigo, como sistema, no filtra a los sádicos: los recluta, los coloca sobre los más indefensos y, si tienen los contactos adecuados, los cubre. La crueldad no es un fallo del sistema; a veces es su personal.
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// El sujetoEl cobarde que necesita víctimas seguras
Percy es, en el fondo, un cobarde, y eso explica a quién elige como víctima. No se enfrenta a los presos fuertes ni a sus superiores; se ceba en los débiles: en Delacroix, un hombre pequeño y aterrado; en John Coffey, un gigante manso incapaz de defenderse; en el ratón amaestrado que un preso adora, al que Percy aplasta por pura maldad. Su crueldad es siempre segura, ejercida hacia abajo, sobre quien no puede devolver el golpe. Cuando por fin se enfrenta a alguien que no le teme —cuando pierde el control de la situación—, se desmorona: se orina encima de miedo. Percy encarna así una verdad incómoda sobre el poder del castigo: quienes más disfrutan humillando a los cautivos suelen ser los más pequeños e inseguros, los que necesitan a un ser humano atado para sentirse grandes. El corredor de la muerte le ofrece un suministro constante de esas víctimas seguras. Es responsable de cada uno de sus actos —la crueldad es una elección, no un destino—, pero el sistema le sirvió las condiciones perfectas para elegirla una y otra vez sin consecuencias.
Percy Wetmore
// La grietaNi "una manzana podrida", ni el sistema como única culpa
La grieta más fácil es tratar a Percy como una aberración individual, un joven excepcionalmente malo cuya crueldad no dice nada sobre la institución que lo emplea. Esa lectura absuelve al sistema: si Percy es solo un mal hombre, basta con apartarlo. Pero la economía política del castigo insiste en que Percy no es un accidente, sino un producto previsible: donde hay un poder tan grande sobre cuerpos tan indefensos, y una red que protege a los bien conectados, aparecerán Percys una y otra vez. La grieta opuesta es igual de tramposa: usar «el sistema» como excusa para diluir la responsabilidad personal de Percy, como si su sadismo fuera culpa de la estructura y no suya. La lectura honesta sostiene las dos cosas a la vez: Percy es plenamente responsable de cada crueldad que comete y el sistema le dio el poder, las víctimas y la impunidad para cometerlas. Culpar solo al individuo deja intacta la máquina; culpar solo a la máquina exculpa al torturador. La verdad exige mirar ambos.
Que Percy termine catatónico —encerrado en el mismo tipo de institución donde ejerció su crueldad, reducido al silencio tras un último acto de violencia que se vuelve contra él— es la ironía sombría que La milla verde reserva a su verdugo mezquino: el hombre que necesitaba víctimas indefensas acaba convertido en una. El pequeño poder que lo hacía sentirse dios se apaga, y queda solo lo que siempre fue: un ser vacío, ahora también cautivo.
Vigilar a quien vigila
Percy importa porque señala un punto ciego de todo sistema de castigo: quién guarda a los guardianes. Podemos discutir sin fin sobre la culpa de los presos, pero rara vez preguntamos por el carácter y los incentivos de quienes tienen poder total sobre ellos. La economía política del castigo nos obliga a mirar ahí: a los funcionarios anónimos que administran cada día el cuerpo del cautivo, al poder desmesurado que se les entrega, a la impunidad que los protege cuando abusan. Percy es la advertencia de que la crueldad institucional no siempre viene de arriba, en forma de política; muchas veces viene de abajo, en forma de un funcionario mediocre con una porra y un contacto. Por eso las garantías, la supervisión y la rendición de cuentas de quienes custodian a los presos no son burocracia: son el único dique contra los Percys que el sistema, dejado a su inercia, siempre acabará reclutando. Un castigo sin vigilancia sobre sus propios vigilantes es una licencia para el sadismo con uniforme.
Tres ideas clave
- Percy Wetmore no busca dinero como otros villanos del castigo: busca el placer de humillar. Usa el pequeño poder del corredor de la muerte para torturar a condenados indefensos por puro sadismo, culminando en la ejecución atroz de Delacroix (la esponja seca). El castigo reparte un poder sobre cuerpos cautivos que atrae a los crueles.
- La clave no es su crueldad, sino que el sistema la blinda: sobrino del gobernador, es intocable pese a que todos saben lo que hace. La institución no solo permite el sadismo de sus funcionarios, lo protege cuando conviene a los intereses de arriba. La crueldad no es un fallo del sistema; a veces es su personal.
- Ni "manzana podrida" aislada (absuelve al sistema) ni el sistema como única culpa (exculpa al torturador): Percy es plenamente responsable Y el sistema le dio el poder, las víctimas y la impunidad. Importa porque plantea la pregunta olvidada: ¿quién vigila a los vigilantes? Termina catatónico, convertido él mismo en un cautivo.
Fuentes · para seguir leyendo
- Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Gallimard.
- Rusche, G. y Kirchheimer, O. (1939). Pena y estructura social. Columbia University Press.
- Zimbardo, P. (2007). El efecto Lucifer. Random House.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Por qué Percy Wetmore (—) se convierte en villano?
Percy Wetmore no busca dinero: busca el placer de humillar. El pequeño poder del corredor de la muerte convertido en crueldad gratuita, protegida por los contactos y el uniforme.
¿Qué teoría criminológica explica a Percy Wetmore?
El caso de Percy Wetmore se analiza desde la Economía Política del Castigo. La economía política del castigo revela que el sistema penal reparte un poder sobre los cuerpos que atrae y protege a los crueles. Percy Wetmore, de La milla verde, es el funcionario mediocre que usa el pequeño poder del corredor de la muerte para humillar y torturar a los condenados por puro placer, amparado en sus contactos políticos. Encarna la crueldad gratuita que el sistema de castigo no solo permite, sino que blinda.



