Kathryn Merteuil lo tiene todo: dinero, belleza, la admiración de todo su instituto de élite neoyorquino. Y lo usa para destruir. En las sombras de su imagen impecable, orquesta seducciones crueles, manipula a su hermanastro Sebastian como a un títere, arruina la reputación de otras chicas y juega con las vidas ajenas por venganza y por aburrimiento. Crueles intenciones —adaptación moderna de la novela Las amistades peligrosas de Laclos— la presenta como una villana perfecta. Pero la clave no está en qué hace, sino en cómo: nunca de frente, nunca con poder abierto, siempre a través del sexo, el chantaje, la reputación y la máscara. Y esa forma no es casual — es exactamente lo que la criminología feminista lleva medio siglo señalando sobre el poder y las mujeres—.
// La teoríaEl poder que se ejerce a escondidas
Como vimos con Cersei y la enfermera Ratched, la criminología feminista (Carol Smart, Frances Heidensohn) sostiene que el género moldea todo el fenómeno criminal — quién delinque, cómo, y con qué poder—. Y aporta una observación clave para entender a Merteuil: las mujeres, históricamente excluidas del poder directo (el del cargo, la fuerza, el dinero propio, la autoridad pública), han tenido que ejercer la influencia que se les negaba por vías indirectas — la reputación, la seducción, la manipulación, las alianzas—. Cuando esa influencia se vuelve dañina, adopta la forma de lo que la psicología llama agresión relacional: no la violencia física del puño, sino la del rumor, la exclusión social, la manipulación de los vínculos y de la reputación. No es que las mujeres sean «naturalmente» más manipuladoras; es que se les cerró la puerta del poder abierto y solo les quedó la de las sombras.
Merteuil lo sabe, y lo dice. En la novela de Laclos, la marquesa —el personaje que Kathryn actualiza— pronuncia una confesión que es puro análisis feminista antes de tiempo: explica que, nacida mujer en un mundo de hombres, tuvo que inventarse a sí misma, dominar el arte del disimulo y de la máscara, aprender a ejercer en secreto el poder que en público le estaba prohibido. «Nací para dominar vuestro sexo y vengar el mío», declara. Kathryn es su heredera adolescente: bajo la sonrisa de la chica perfecta, una estratega que ha comprendido que el único poder disponible para una mujer, por rica que sea, es el que se ejerce por debajo de la mesa — a través de su cuerpo, su encanto y su capacidad de destruir reputaciones—. Su crueldad tiene una lógica de género: es la respuesta distorsionada de una inteligencia feroz a la que el mundo cerró todas las puertas del poder legítimo.
La agresión que la exclusión moldea
La clave que Merteuil ilustra es que la forma del daño está moldeada por el género. La criminología ha documentado que hombres y mujeres, cuando agreden, tienden a hacerlo de maneras distintas — no por naturaleza, sino por socialización y por acceso al poder—: ellos, más a menudo, con violencia física y directa; ellas, más a menudo, con agresión relacional —manipulación, exclusión, daño a la reputación y a los vínculos—. Merteuil es esa agresión relacional llevada a la maestría: no golpea a nadie, pero destroza vidas con una precisión quirúrgica, moviendo los hilos de la reputación y el deseo. Y la lección feminista es que esa forma no revela una «maldad femenina» esencial, sino una adaptación: a quien se le niega el poder directo, ejerce el indirecto; a quien no se le permite mandar, aprende a manipular. Su arma no es el veneno de su carácter, sino la única que un mundo patriarcal dejó a su alcance — y esa es una crítica al mundo tanto como a ella—.
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// El sujetoLa máscara obligatoria
Lo que hace de Merteuil un caso tan rico es que su villanía es inseparable de la hipocresía que se le exige. Su hermanastro Sebastian, un hombre, puede ser abiertamente un seductor sin escrúpulos y hasta presumir de ello; su reputación se refuerza con cada conquista. A Kathryn, la misma conducta la destruiría — una mujer con la vida sexual de Sebastian sería, a ojos del mundo, una «zorra» acabada—. Por eso ella debe llevar máscara: mantener en público la imagen impoluta de la chica perfecta mientras ejerce en privado el mismo poder que su hermanastro exhibe sin coste. Es el doble rasero que ya vimos en Cersei: la misma conducta se premia en el hombre y se castiga en la mujer. La crueldad de Merteuil crece, en parte, en esa contradicción — en el resentimiento de tener que fingir perfección mientras hace lo que el otro hace a la luz del día—. Su máscara no es solo una estrategia villana: es la condición que su mundo le impone por ser mujer, y su manipulación, la venganza de quien tiene que esconder el poder que a otros se les regala.
Kathryn Merteuil
// La grietaExplicar no es convertir en heroína
Aquí hay que ser tajante para no caer en la trampa fácil. Entender que la forma de la crueldad de Merteuil está moldeada por la exclusión de las mujeres del poder no la convierte en una heroína feminista ni en una víctima inocente. Merteuil hace daño real, y una parte enorme de ese daño lo dirige contra otras mujeres — humilla a rivales, destruye la reputación de chicas más jóvenes, instrumentaliza la inocencia ajena—. Es plenamente responsable de su crueldad, y presentarla como una simple rebelde contra el patriarcado sería tan falso como pintarla de bruja natural. La criminología feminista pide, aquí como con Annie Wilkes y Cersei, sostener dos verdades a la vez: la forma de su agresión es un producto de género (por eso manipula en vez de golpear, y se esconde en vez de mandar) y el contenido de sus actos es responsabilidad suya. Explicar el molde no disculpa el crimen — describe por qué tomó esa forma y no otra—.
Y hay una segunda cautela. La observación de que las mujeres tienden más a la agresión relacional es un patrón estadístico, no una ley ni una esencia: hay mujeres que ejercen violencia directa y hombres maestros de la manipulación, y reducir a «las mujeres manipulan, los hombres golpean» sería caer en el estereotipo que la teoría feminista combate. Merteuil es ficción, y como tal concentra un patrón en un personaje espectacular. Su valor no es demostrar cómo «son» las mujeres, sino iluminar cómo el reparto desigual del poder moldea las formas del daño — y cómo, cuando a alguien se le niega la vía directa, encuentra otra—. La lección no es sobre la naturaleza femenina, sino sobre las jaulas que construimos y las formas retorcidas que el poder adopta cuando no se le deja salir por la puerta.
El poder que se niega encuentra su vía
Merteuil importa porque su lógica trasciende el melodrama adolescente: enseña que las formas del daño —y del poder— están moldeadas por quién tiene acceso a qué. Si a un grupo se le niega el poder abierto, lo ejercerá por vías indirectas; si a una mujer se le castiga por lo que a un hombre se le premia, aprenderá a llevar máscara. Esto tiene consecuencias reales más allá del cine: ayuda a entender por qué la agresión entre mujeres a menudo toma la forma del rumor y la exclusión (y por qué eso, tratado como «cosas de chicas», se subestima y se atiende mal), y por qué la respuesta no es demonizar a las «manipuladoras», sino abrir el poder directo — cuando las vías legítimas de influencia están abiertas para todos, sobran las de las sombras—. La criminología feminista no pide indulgencia para Merteuil: pide entender que su crueldad tiene una gramática de género, juzgar el daño por el daño, y recordar que buena parte de la manipulación que despreciamos en las mujeres es la forma que adopta un poder al que le cerramos todas las demás puertas. La marquesa dijo que había nacido para vengar a su sexo. La lección feminista es que, si no hubiéramos encerrado a su sexo, no habría necesitado ni la venganza ni la máscara.
Por eso Merteuil —de la marquesa de Laclos a la Kathryn del instituto— perdura dos siglos y medio como una de las grandes villanas: porque su crueldad no es un capricho, sino un espejo del mundo que la produjo. Es despiadada, hipócrita y responsable de un daño real, sobre todo a otras mujeres; y es, a la vez, una inteligencia feroz a la que se le cerraron todas las puertas del poder abierto y que hizo un arma de la única que le dejaron. La criminología feminista nos enseña a mirarla sin los dos atajos fáciles — ni la bruja manipuladora por naturaleza, ni la rebelde heroica contra el patriarcado—, sino como lo que es: una villana cuya forma de serlo cuenta una verdad incómoda sobre el poder y el género. Merteuil convirtió en arma lo único que le dejaron. La pregunta que deja no es solo por qué fue tan cruel, sino por qué a las mujeres como ella nunca se les ofreció otra cosa que la máscara.
Tres ideas clave
- La criminología feminista muestra que el género moldea la forma del poder y del daño. Merteuil (heredera de la marquesa de Las amistades peligrosas) manipula, seduce y destruye desde las sombras porque son las únicas vías de poder que un mundo patriarcal deja a una mujer — «nací para dominar vuestro sexo y vengar el mío»—.
- Encarna la agresión relacional (rumor, reputación, manipulación de vínculos) y el sexo como arma — no una «maldad femenina» natural, sino una adaptación a la exclusión del poder directo—. Y sufre el doble rasero (lo que en su hermanastro se premia, en ella se castiga): por eso debe llevar máscara.
- La grieta: explicar el molde NO la convierte en heroína — hace daño real, sobre todo a otras mujeres, y es responsable—. Como con Cersei, sostener dos verdades: la forma es de género, el contenido es suyo. Lección: si se abre el poder directo, sobran las vías de las sombras.
Fuentes · para seguir leyendo
- Smart, C. (1976). Women, Crime and Criminology: A Feminist Critique. Routledge & Kegan Paul.
- Heidensohn, F. (1985). Women and Crime. Macmillan.
- Crick, N. R. y Grotpeter, J. K. (1995). «Relational Aggression, Gender, and Social-Psychological Adjustment». Child Development, 66(3).
- Campbell, A. (1993). Men, Women, and Aggression. Basic Books.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Por qué Kathryn Merteuil se convierte en villano?
Crueles intenciones y la criminología feminista: Kathryn Merteuil manipula, seduce y destruye desde las sombras — porque es el único poder que un mundo hecho para los hombres le permite ejercer—. La villana que convierte en arma lo único que le dejaron: la reputación, el sexo y el engaño.
¿Qué teoría criminológica explica a Kathryn Merteuil?
El caso de Kathryn Merteuil se analiza desde la Criminología feminista. La criminología feminista analiza cómo el género moldea el crimen y el poder. Kathryn Merteuil —heredera de la marquesa de Las amistades peligrosas— ejerce una crueldad manipuladora que no es casual en su forma: opera a través de la reputación, la seducción y el engaño porque son las únicas vías de poder que una sociedad patriarcal deja a una mujer. Su caso ilustra cómo la «agresión relacional» femenina y el uso del sexo como arma no son rasgos naturales, sino respuestas distorsionadas a la exclusión del poder directo — sin convertirla por ello en heroína: hace daño real, sobre todo a otras mujeres—.


