En Narcos, después de que maten a su compañero en la guerra interna que partió la estructura del tráfico en Medellín, una mujer pone dinero, información y agravio detrás del grupo que desmontará a la organización responsable. No es una lugarteniente ni una figura decorativa: financia, suministra inteligencia, y su motivo es uno de los fundacionales. La guerra es historia: Gerardo «Kiko» Moncada fue asesinado junto a Fernando Galeano en La Catedral en julio de 1992, y la organización Galeano-Moncada estuvo detrás de los ataques de Los Pepes. La viuda a la que la serie llama Judy Moncada, en cambio, no aparece en ninguna fuente documentada, y la crítica la describe como un personaje ficticio o compuesto. La organización que ella ayuda a destruir había conducido una campaña que mató a miles de personas. Y aun en la ficción que la inventó es un personaje secundario de una historia sobre hombres. Esa distancia no es un accidente narrativo, y hay una criminología construida para examinarla.
// La teoríaUn siglo de teorías construidas sobre media población
La queja fundacional de la criminología feminista, formulada con contundencia por Carol Smart en 1976 y desarrollada por Kathleen Daly y Meda Chesney-Lind, es que las teorías canónicas se derivaron de muestras masculinas y se generalizaron sin comentario. Merton, Cohen, Cloward y Ohlin, Sutherland, los Glueck, la taxonomía original de Moffitt: todas masculinas, y todas presentadas como relatos de la infracción sin más. El tratamiento que el campo daba a las mujeres, donde existía, era peor que la ausencia: La donna delinquente, de Lombroso y Ferrero, explicaba la infracción femenina por atavismo biológico y desviación sexual, y versiones de ese marco persistieron en el siglo XX, con el delito de las mujeres atribuido a las hormonas, a la sexualidad o a un fracaso de la feminidad antes que a las circunstancias. De la corrección salieron tres hallazgos duraderos. Primero, la brecha de género: las mujeres infringen mucho menos en casi todo tipo de delito, lugar y periodo, que es la regularidad más grande de la criminología y una que ninguna teoría predijo ni explica de forma convincente. Segundo, las trayectorias: el trabajo de Daly sobre mujeres en los tribunales y la literatura posterior hallaron que las rutas hacia la infracción grave pasan de forma desproporcionada por el abuso sexual y físico en la infancia, la violencia de pareja y la participación coaccionada. Tercero, el procesamiento diferencial: a las mujeres se las trata con más indulgencia en las infracciones que encajan con los papeles esperados y con más dureza en las que los violan, que es el fenómeno de ser doblemente desviada.
El papel es relacional, y el techo también
La investigación sobre mujeres en economías de la droga —la etnografía de Maher sobre un mercado de Brooklyn y el cuerpo de trabajo posterior sobre el tráfico latinoamericano— encuentra una estructura consistente que este caso reproduce al detalle. Las mujeres rara vez entran por un aprendizaje delictivo del tipo que Cloward y Ohlin describen para los hombres: entran por una relación, como pareja, pariente o viuda, y la posición que ocupan la define esa relación y no una posición acumulada. Las consecuencias son concretas. Sus papeles se concentran en funciones esenciales y de bajo estatus —financiar, guardar, mover, contabilizar, dar cobijo— que son las menos protegidas y las más expuestas a la persecución. Su autoridad no sobrevive a la relación que se la confirió, así que una viuda hereda una reclamación y no un mando. Y cuando la organización se reorganiza, son las primeras a las que se borra, porque no las ancla nada estructural. La Judy Moncada de la serie llega por herencia, ejerce influencia real con dinero e información, es indispensable para la alianza que ayuda a financiar, y termina sin posición en aquello en lo que esa alianza se convirtió. Cada paso de ese arco reproduce el patrón documentado y no una desgracia individual, y el patrón explica también por qué la historiografía olvida a las mujeres reales que ocupan esos papeles: un papel sostenido de forma relacional deja menos rastros institucionales, y los rastros institucionales son lo que cuentan los historiadores.
// El sujetoNi víctima ni jefa
La tentación con un caso así corre en dos direcciones y la literatura advierte de las dos. Una es escribirla como víctima —una mujer arrastrada a una guerra de hombres por el duelo, sin agencia propia—, que es el marco que usaron los descendientes de Lombroso y que borra que el personaje toma decisiones, financia homicidios y persigue un objetivo. La otra es la inversa, hoy más de moda: la narca como figura de empoderamiento, que confunde participar en una empresa violenta con liberarse y halaga exactamente al mercado que la produjo. La formulación de Daly y Chesney-Lind evita las dos manteniendo a la vista a la vez la estructura y la agencia. Su entrada es relacional y sus decisiones son suyas, sus opciones son más estrechas que las de los hombres que la rodean y el daño de la ofensiva que financia fue real, y ninguna de esas cuatro afirmaciones cancela a otra.
Sobre las fuentes, la cautela que este archivo aplica a todo caso basado en hechos reales. La versión dramatizada compone e inventa, y aquí inventa a la propia protagonista: ninguna fuente documentada que hayamos podido localizar —los archivos desclasificados, el trabajo académico y periodístico del periodo— nombra a una Judy Moncada. Lo que consta es la organización Galeano-Moncada, el mando de Fidel Castaño sobre los Pepes y la financiación del cartel de Cali. Que la única mujer con nombre propio de esa guerra sea una invención de guion no demuestra que no hubiera mujeres en ella, pero sí ilustra lo delgado que es el registro sobre ellas, y esa delgadez es a su vez uno de los hallazgos.
Judy Moncada
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// La grietaUna discusión interna que el campo no ha cerrado
La criminología feminista no es una sola posición y sus disputas internas son la parte interesante. La primera es el esencialismo: el trabajo temprano corría el riesgo de tratar a «las mujeres» como una categoría única con experiencia compartida, y la crítica de las feministas negras y poscoloniales —que la raza, la clase y la nación estructuran los encuentros de las mujeres con la ley penal al menos tanto como el género— reconfiguró el campo hacia la interseccionalidad y lo alejó de sus generalizaciones fundacionales. La segunda es la tensión victimización-agencia: la literatura de trayectorias es evidencia sólida y puede deslizarse hacia retratar a las infractoras como puramente padecientes, lo que describe mal a muchas de ellas y, como han sostenido varias criminólogas feministas, reproduce el paternalismo que el campo venía a desmontar. La tercera es empírica: la hipótesis de la liberación de Freda Adler (1975) —que la emancipación de las mujeres elevaría el delito femenino hacia las tasas masculinas— fue influyente y no ha aguantado, porque los cambios en las tasas de infracción femenina no siguen a la emancipación y se explican en buena parte por cambios en la práctica policial y de registro. La cuarta es que la propia brecha de género sigue sin explicarse: los mejores candidatos implican socialización diferencial, supervisión, estructuras de oportunidad y autocontrol, y ninguno da cuenta del tamaño de la diferencia. Lo que sobrevive es sustancial y ha cambiado la disciplina: las muestras hay que justificarlas, las trayectorias difieren, el procesamiento difiere, y una teoría puesta a prueba solo con hombres es una teoría sobre hombres.
Quién merece registro
La Judy Moncada de la serie financia una campaña que mató gente, y el relato estructural de cómo entran las mujeres en estas organizaciones explica su posición sin ablandar lo que paga. La razón por la que este expediente cierra el hub es que nombra lo que los otros cuatro no pueden. De cuatro hombres de este hub se recuerda un detalle enorme, hasta sus preferencias y sus frases; la única mujer que la serie sienta a esa mesa es un personaje secundario y, fuera de la pantalla, no deja rastro documentado. Esa asimetría no va de su importancia. Va de qué cuentan una disciplina y una cultura como sujeto digno de registro, que es la pregunta para la que se creó la criminología feminista.
Tres ideas clave
- Las teorías canónicas se construyeron sobre muestras masculinas y se generalizaron sin comentario, y el tratamiento anterior del campo —de Lombroso y Ferrero en adelante— explicaba la infracción femenina por biología y sexualidad. La corrección produjo tres hallazgos: la brecha de género, las trayectorias por victimización previa, y el procesamiento diferencial.
- Las mujeres entran en las economías de la droga de forma relacional y no por aprendizaje, ocupan funciones esenciales de bajo estatus y mucha exposición, sostienen una autoridad que no sobrevive a la relación, y son las primeras a las que se borra al reorganizarse. Es un patrón documentado, y es también por qué el registro sobre ellas es delgado.
- Las disputas del propio campo: el esencialismo corregido por la interseccionalidad, la tensión victimización-agencia que arriesga reproducir paternalismo, el fracaso de la hipótesis de la liberación de Adler, y la brecha de género, que sigue siendo la regularidad no explicada más grande de la criminología.
Fuentes · para seguir leyendo
- Daly, K. y Chesney-Lind, M. (1988). «Feminism and Criminology», Justice Quarterly, 5(4).
- Smart, C. (1976). Women, Crime and Criminology. Routledge.
- Maher, L. (1997). Sexed Work: Gender, Race and Resistance in a Brooklyn Drug Market. Clarendon Press.
- Chesney-Lind, M. (1989). «Girls' Crime and Woman's Place», Crime & Delinquency, 35(1).
- Adler, F. (1975). Sisters in Crime. McGraw-Hill.
- Steffensmeier, D. y Allan, E. (1996). «Gender and Crime: Toward a Gendered Theory of Female Offending», Annual Review of Sociology, 22.
- Evans, M. (ed.) (2008, 17 de febrero). «Colombian Paramilitaries and the United States: “Unraveling the Pepes Tangled Web”». National Security Archive Electronic Briefing Book, n.º 243. https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB243/index.htm
- Bowden, M. (2001). Killing Pablo: The Hunt for the World's Greatest Outlaw. Atlantic Monthly Press (trad. esp.: Matar a Pablo Escobar: la cacería del criminal más buscado del mundo, RBA Libros, 2001).
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Quién es Judy Moncada?
Judy Moncada es una villana de Narcos, analizada en KRIMINIS con la lente de la criminología. En la serie pone dinero, información y motivo.
¿Por qué Judy Moncada se convierte en villana?
Judy Moncada y la criminología feminista: la mujer que, en la serie Narcos, financia la ofensiva contra Escobar y a la que el relato deja de lado. El expediente sobre una disciplina que estudió a los hombres durante un siglo y llamó a eso criminología.
¿Qué teoría criminológica explica a Judy Moncada?
El caso de Judy Moncada se analiza desde la Criminología feminista. La criminología feminista empezó con una constatación bochornosa: durante cien años, la disciplina construyó sus teorías sobre muestras masculinas y las presentó como teorías del delito. Cuando por fin miró, encontró tres cosas que reorganizaron el campo. Las mujeres delinquen mucho menos, y esa es la regularidad más grande que existe y la peor explicada. Cuando delinquen, sus trayectorias pasan con una frecuencia desproporcionada por la victimización previa. Y el sistema las procesa con criterios que no aplica a los hombres. Judy Moncada —en la serie Narcos, viuda de un socio asesinado y financiadora de la ofensiva que destruyó al cartel de Medellín; un personaje ficticio o compuesto, sin rastro en las fuentes documentadas— es el caso que muestra las tres a la vez, incluida la tercera: la única mujer de esa guerra que el público recuerda con nombre propio es una invención de guion.








