Un profesor de química con un diagnóstico de cáncer decide fabricar metanfetamina para dejar dinero a su familia. En siete episodios, la primera temporada de Breaking Bad muestra algo que la criminología rara vez puede observar tan de cerca: el paso de una vida corriente a la primera decisión delictiva, y todo lo que esa decisión exige después. 7 episodios, leídos con criminología. Sin spoilers hasta que digas que lo has visto.
Antes de verlo. Walter White, profesor de química en Albuquerque, cumple cincuenta años. Antes de que pase nada grave, fíjate en lo pequeño: el dinero, los dos empleos, cómo le hablan los demás. El episodio va apilando presiones.
Ya lo he visto: la lectura (spoilers de este episodio)
Robert Agnew lo llamaría acumulación de tensiones. Walt ya cargaba con un sueldo escaso, un segundo empleo en un lavadero de coches y un bebé en camino; el diagnóstico de un cáncer de pulmón inoperable le arrebata además el futuro. La teoría general de la tensión predice que esas presiones generan rabia y que el delito aparece cuando faltan salidas legítimas y apoyos. Walt calla la noticia ante su familia, estalla con su jefe y encuentra la salida en el reportaje de Hank sobre el dinero incautado. Lo inquietante es el orden: primero la tensión, después la oportunidad (Jesse huyendo de la redada) y, por último, el chantaje.
Para pensar: Si a Walt le hubieran ofrecido ayuda económica legal ese mismo día, ¿habría cocinado igualmente? ¿Qué pesa más: la tensión o la oportunidad?
Antes de verlo. Walt y Jesse amanecen con un problema en la autocaravana que no se va a resolver solo. Mientras, en casa, Skyler empieza a notar cosas raras. Mira cómo se reparten el trabajo sucio.
Ya lo he visto: la lectura (spoilers de este episodio)
Albert Bandura describió cómo la gente corriente apaga su conciencia para hacer daño, y este episodio funciona casi como una demostración. La moneda que lanzan Walt y Jesse es difusión de la responsabilidad en estado puro: ninguno elige matar; lo decide el azar. Walt, que se queda con la peor parte, no es capaz de cumplirla y compensa con pequeñas atenciones a Krazy-8: comida, agua, papel higiénico. Es la culpa intentando negociar. La química también le da distancia: hablar de ácido y de recipientes convierte un cadáver en un problema técnico. Y la mentira a Skyler (dice que Jesse le vende marihuana) muestra el otro precio: para mantener la conciencia apagada, hay que mantener a la familia a oscuras.
Para pensar: ¿Echar a suertes quién tiene que matar reduce la culpa del que pierde? ¿Y la del que gana?
Antes de verlo. Walt tiene a un prisionero en un sótano y una decisión que ya no puede aplazar. Fíjate en cómo razona: el profesor de química no ha dejado de ser profesor.
Ya lo he visto: la lectura (spoilers de este episodio)
Es el episodio que mejor ilustra la elección racional del expediente de Walter White: Walt se sienta a sopesar los pros y los contras de matar a Krazy-8. Cornish y Clarke hablarían del delincuente que razona, que pesa beneficio, esfuerzo y riesgo. Pero la cuenta no decide nada por sí sola. Lo que inclina la balanza primero es un vínculo humano (le habla de su cáncer y decide liberarlo) y, después, un dato nuevo: falta un trozo grande del plato roto. Con esa información el cálculo se invierte en segundos y la violencia llega en pleno forcejeo. Racionalidad, sí, pero limitada, como diría Herbert Simon: se decide con lo que se sabe en cada momento.
Para pensar: Si Walt no hubiera notado que faltaba un trozo del plato, ¿lo habría liberado? ¿Fue una decisión racional o una circunstancia?
Antes de verlo. Walt ya no puede guardar el secreto en casa, y cada conversación sobre su enfermedad le deja algo dentro. Fíjate en adónde va a parar toda esa rabia que no dice en voz alta.
Ya lo he visto: la lectura (spoilers de este episodio)
En 1939, Dollard, Miller y sus colegas de Yale propusieron que la frustración empuja a la agresión y que, si el causante es inalcanzable, la agresión se desplaza hacia un blanco más fácil. Walt no puede golpear a un cáncer, ni a una quimioterapia de 90.000 dólares, ni al reproche de su hijo, que le echa en cara que se rinda. Lo vuelca en Ken, un desconocido grosero que le quita el aparcamiento y habla a gritos por teléfono en el banco. En una gasolinera, con una escobilla de limpiacristales, Walt le provoca un cortocircuito en la batería, y el coche estalla mientras él vuelve caminando al suyo. Agresión desplazada de manual: el blanco no tenía nada que ver.
Para pensar: Ken es un maleducado, pero no merece aquello. ¿Por qué nos cuesta menos condenar a Walt cuando la víctima nos cae mal?
Antes de verlo. Walt y Skyler van a la fiesta de cumpleaños de Elliott, un antiguo colega de Walt al que la vida le ha ido mucho mejor. Mientras, Jesse intenta salir adelante por su cuenta. Mira la cara de Walt.
Ya lo he visto: la lectura (spoilers de este episodio)
La privación relativa sostiene que no duele tanto tener poco como compararte con quien tiene más y sentir que mereces lo mismo. Walt pasa la velada en casa de un antiguo colega rico, y la oferta de trabajo con buen seguro médico le llega como caridad: entiende que Skyler le ha contado lo del cáncer. Rechaza el empleo, rechaza el dinero de Elliott y Gretchen y miente diciendo que su seguro cubrirá el tratamiento. Aceptar ayuda sería admitir la distancia. Tras la intervención familiar acaba aceptando la quimioterapia, pero el episodio se cierra con él en casa de Jesse, proponiéndole volver a cocinar. El orgullo herido elige la vía que le permite pagar por sí mismo.
Para pensar: ¿Rechazar el dinero de Elliott es dignidad o soberbia? ¿Dónde está la línea entre una y otra?
Antes de verlo. Walt empieza la quimioterapia y pone condiciones a su sociedad con Jesse, mientras la DEA sigue tirando del hilo. Compara al Walt del primer minuto con el del último.
Ya lo he visto: la lectura (spoilers de este episodio)
Jack Katz, en quien se inspira la criminología cultural, sostuvo que muchos delitos no se explican por lo que reportan, sino por lo que hacen sentir: control, poder, una forma de dejar atrás la humillación. Este episodio lo pone en imágenes. Walt se rapa la cabeza cuando la quimioterapia le hace perder el pelo, se presenta ante Tuco como «Heisenberg», le exige el dinero de Jesse más una compensación por la paliza y respalda la amenaza haciendo estallar fulminato de mercurio. La criminología cultural también mira la imagen: alias y aspecto construyen un personaje. Lo más revelador llega al final: en el coche, con el dinero, Walt siente una euforia intensa. Ya no solo calcula; disfruta.
Para pensar: ¿Qué cambia cuando un delito deja de hacerse por necesidad y empieza a hacerse porque produce placer? ¿Se vuelve más difícil parar?
Antes de verlo. Walt ha cerrado un trato con Tuco y ahora tiene que cumplirlo. Fíjate en el título y en la distancia entre lo que Walt cree haber pactado y las reglas reales del mundo en el que acaba de entrar.
Ya lo he visto: la lectura (spoilers de este episodio)
Elijah Anderson describió el código de la calle: normas no escritas allí donde la ley no protege y el respeto funciona como seguro de vida. Un mercado ilegal es ese terreno: nadie puede denunciar un impago, así que la reputación de violencia hace de juzgado. Walt intenta trabajar con lógica de empresa: cuotas, una receta nueva, incluso un robo de metilamina planificado con termita. Pero el final le recuerda dónde está. Un comentario sin importancia de No-Doze, que un Tuco colocado toma como un insulto, acaba en una paliza brutal delante de ellos. El trato «sin violencia» que anuncia el título choca con un mundo en el que la violencia es el idioma de los contratos.
Para pensar: ¿Puede existir un mercado ilegal sin violencia, o la ausencia de ley la vuelve inevitable?