Pazuzu, el demonio asirio-babilónico que El Exorcista (1973) toma prestado para poseer a la niña Regan MacNeil, es un mal caso para un criminólogo —y ahí está justo lo interesante—. Un demonio no delinque en ningún sentido útil de la palabra: no tiene infancia, ni tensión estructural, ni aprendizaje social, ni una psique que podamos abrir para buscar el porqué. No hay agencia estudiable, no hay biografía, no hay decisión. Analizar a Pazuzu como si fuera Norman Bates o Hannibal Lecter sería un error de categoría. Y sin embargo la película ofrece un material criminológico riquísimo, solo que no está donde parece. No está en el monstruo, sino en la reacción de todos los que lo rodean: la madre aterrada, los médicos que se rinden, los sacerdotes que acuden, la cultura entera que, ante un daño que no comprende, decide llamarlo «diablo». Para la teoría del etiquetamiento, ese gesto —nombrar al demonio— es el verdadero objeto de estudio.
// La teoríaLa desviación no está en el acto, sino en quién la nombra
La teoría del etiquetamiento dio un giro copernicano a la criminología: dejó de preguntar «¿por qué alguien comete un acto desviado?» para preguntar «¿por qué unos actos —y unas personas— son etiquetados como desviados y otros no?». Howard Becker, en Outsiders (1963), lo formuló con una frase que lo cambia todo: la desviación no es una cualidad del acto, sino de la reacción social a él. Edwin Lemert había distinguido antes entre una desviación primaria —el hecho en bruto— y una secundaria —la identidad que nace cuando la etiqueta se pega y el sujeto reorganiza su vida en torno a ella—. La lección de fondo es que etiquetar es un acto de poder: quien tiene autoridad para nombrar el mal decide dónde poner la frontera, a quién dejar dentro y a quién expulsar como «otro». Aplicado a Pazuzu, esto ilumina lo que la trama esconde: el demonio no es un hallazgo objetivo, es una etiqueta que una comunidad asustada elige entre las que tiene a mano. Cuando la medicina agota su lenguaje y el daño sigue ahí, sin nombre, la cultura ofrece uno antiguo y tranquilizador —posesión— que tiene la ventaja de cerrar la pregunta en lugar de abrirla.
El diablo como coartada epistemológica
Llamar «demonio» al mal cumple una función precisa: lo externaliza. Si el daño viene de un ente sobrenatural que asalta a un inocente desde fuera, entonces no hay que buscar causas dentro —ni en la biografía, ni en la familia, ni en la sociedad, ni en las condiciones que producen sufrimiento real—. La etiqueta «poseído» funciona como coartada epistemológica: parece una explicación, pero en realidad es un modo de dejar de explicar. Es cómoda porque nos exime a todos. El mal ya no es un problema humano con raíces humanas, sino una intrusión ajena, un accidente metafísico. Por eso el exorcismo resulta narrativamente tan satisfactorio: promete que el mal puede expulsarse, que se va con el ente, que la comunidad queda limpia. Nada de eso es cierto cuando el daño es real. La violencia, el abuso, la enfermedad mental no se van con un rito; solo se vuelven invisibles cuando aceptamos que «era el diablo». Ahí está la trampa que la teoría del etiquetamiento nos ayuda a ver: la etiqueta sobrenatural no describe el mal, lo sustituye, y al sustituirlo nos ahorra la incomodidad de mirarlo de frente.
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// El sujetoEl folk devil perfecto: un enemigo que no puede replicar
Stanley Cohen, en Folk Devils and Moral Panics (1972), describió cómo las sociedades, ante una amenaza difusa, fabrican un folk devil —un demonio popular— sobre el que concentrar todo su miedo, y reaccionan de forma tan desmesurada que amplifican justo aquello que temían. El «poseído» es el folk devil llevado al límite: un enemigo que no puede defenderse, no puede matizar, no puede devolver la mirada. Pazuzu es la proyección perfecta porque es una pantalla en blanco sobre la que la cultura escribe sus terrores —a la sexualidad de una niña que crece, al cuerpo femenino que se descontrola, a la fe que flaquea, a todo lo que una sociedad no sabe nombrar de otro modo—. Los pánicos morales históricos en torno a la brujería, la posesión o «los endemoniados» siguen ese patrón exacto: alguien vulnerable —casi siempre mujeres, marginados, disidentes— es señalado como vehículo del mal, y el señalamiento colectivo se vuelve tan potente que confirma su propio miedo. La caza de brujas no encontró brujas: las produjo, al etiquetar como pacto diabólico la pobreza, la viudez o la rareza. Regan no es una criminal; es el lugar donde una comunidad deposita lo que no tolera entender.
Pazuzu
// La grietaExplicar el mal no es exculparlo (ni disolverlo)
Aquí la grieta es delicada, porque la teoría del etiquetamiento tiene un límite conocido: llevada al extremo, puede sugerir que el mal solo existe en la mirada del que etiqueta, que no hay nada real detrás, que todo es construcción social. Eso sería falso y peligroso. El daño existe. El sufrimiento de las víctimas es real, no una interpretación. Decir que «poseído» es una etiqueta no significa negar que haya personas que hacen cosas terribles, ni convertir a los agresores reales en incomprendidos. La lectura honesta es la contraria: precisamente porque el mal humano es real, no podemos permitirnos externalizarlo hacia lo sobrenatural. Explicar no es exculpar, pero externalizar sí es eludir. Atribuir un crimen a «el diablo», a «un monstruo», a «alguien que no era humano» es la forma más eficaz de no rendir cuentas: exime al agresor de responsabilidad —«no era él, era el ente»— y exime a la sociedad de mirar las condiciones que produjeron el daño.
El peligro de la coartada demoníaca es doble. Por un lado, cuando un hombre que mata a su familia es descrito como «poseído por el mal», se le retira paradójicamente la responsabilidad que sí tiene: los monstruos no eligen, los humanos sí. Por otro, se clausura toda prevención: si el mal viene de fuera, no hay nada que corregir dentro —ni en la salud mental desatendida, ni en la violencia normalizada, ni en las instituciones que fallaron—. La teoría del etiquetamiento no dice que Regan esté fingiendo ni que el sufrimiento sea inventado; dice que la categoría con la que lo nombramos determina lo que haremos después. Y llamar «diablo» al mal casi siempre garantiza que no haremos nada útil. La memoria que importa no es la del demonio expulsado con gloria, sino la de todas las personas reales —las «brujas» quemadas, los «endemoniados» encerrados, las víctimas cuyo daño se archivó como asunto sobrenatural— a quienes la etiqueta sirvió para dejar de ver.
Cuando decimos «era el diablo», dejamos de investigar
Pazuzu importa porque es el caso puro de un fenómeno que sigue plenamente vigente. Cada vez que un crimen atroz se explica como obra de «un monstruo», de «alguien inhumano», de «el mal en estado puro», estamos repitiendo el gesto del exorcismo: externalizamos, cerramos la pregunta y nos vamos a casa tranquilos. La criminología nace, en buena medida, contra ese impulso —contra la idea de que el criminal es una especie aparte, un demonio con forma humana—. Su apuesta incómoda es que el daño lo cometen personas, en contextos, por razones que se pueden estudiar y, a veces, prevenir. Nombrar al demonio es reconfortante porque nos separa de él: nosotros somos los buenos, el mal está fuera. Pero esa comodidad tiene un precio altísimo: mientras buscamos demonios, no miramos las causas; mientras exorcizamos, no investigamos. La lección de Pazuzu no es teológica, es cívica: una sociedad que explica el mal atribuyéndolo a lo sobrenatural es una sociedad que ha decidido no entenderlo —y quien no entiende el mal está condenado a repetirlo, esta vez sin diablo al que culpar—.
Tres ideas clave
- Pazuzu, el demonio de El Exorcista, no es analizable como delincuente: un demonio no tiene psique ni agencia estudiable. Lo criminológicamente relevante no es el ente, sino la reacción social que lo rodea —la teoría del etiquetamiento (Becker, Lemert, Cohen) estudia justo eso—.
- El diablo funciona como coartada: la etiqueta «poseído» externaliza el mal hacia lo sobrenatural y exime de buscar sus causas reales. El «poseído» es el folk devil perfecto de un pánico moral —un enemigo que no puede replicar—, igual que las «brujas» que la caza no encontró, sino que produjo.
- Explicar no es exculpar, pero externalizar sí es eludir. Llamar «diablo» a un crimen retira responsabilidad al agresor y clausura toda prevención. La memoria importa: es para las víctimas reales, no para el demonio al que resultó cómodo culpar.
Fuentes · para seguir leyendo
- Becker, H. S. (1963). Outsiders: Studies in the Sociology of Deviance. Free Press.
- Cohen, S. (1972). Folk Devils and Moral Panics. MacGibbon & Kee.
- Lemert, E. M. (1967). Human Deviance, Social Problems and Social Control. Prentice-Hall.
- Goode, E. y Ben-Yehuda, N. (1994). Moral Panics: The Social Construction of Deviance. Blackwell.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Quién es Pazuzu?
Pazuzu («El demonio de El Exorcista») es un villano de El Exorcista, analizado en KRIMINIS con la lente de la criminología. Una niña deja de ser una niña.
¿Por qué Pazuzu (El demonio de El Exorcista) se convierte en villano?
Pazuzu, el demonio de El Exorcista, no es un delincuente: es una hipótesis sobre el mal. La teoría del etiquetamiento explica por qué una sociedad prefiere nombrar a un demonio antes que mirar las causas reales del daño.
¿Qué teoría criminológica explica a Pazuzu?
El caso de Pazuzu se analiza desde la Etiquetamiento. La teoría del etiquetamiento (Becker, Lemert, Cohen) sostiene que la desviación no está en el acto, sino en la reacción social a él: es la sociedad la que decide a quién señala como demonio. Pazuzu, el ente que posee a Regan en El Exorcista, no puede analizarse como un criminal —no hay psique ni agencia estudiable en un demonio—; lo que sí puede analizarse es la reacción social que lo rodea. El diablo funciona como coartada: una etiqueta que explica el mal inexplicable atribuyéndolo a lo sobrenatural y exime de buscar sus causas reales. El pánico moral en torno a la posesión, la brujería y «los poseídos» revela más sobre quienes miran que sobre lo mirado.







