Makima, el Demonio del Control de Chainsaw Man, no es una villana que disfrute del caos. Al contrario: dice querer un mundo mejor —sin guerra, sin hambre, sin miedo, sin muerte—. Su horror no está en el fin, que suena casi noble, sino en el método: para alcanzar esa utopía miente sistemáticamente, manipula a todos los que la rodean y sacrifica a personas y demonios sin el menor titubeo, tratándolos literalmente como perros —criaturas a las que se ama, se usa y se descarta según convenga—. Makima encarna una versión monstruosa de una idea filosófica seria: el utilitarismo, la doctrina que juzga lo correcto por sus consecuencias. En ella vemos qué ocurre cuando el cálculo del «mayor bien» se ejecuta sin ningún freno.
// La teoríaEl mayor bien para el mayor número
El utilitarismo nace con Jeremy Bentham y se refina con John Stuart Mill: una acción es correcta en la medida en que produce felicidad, e incorrecta en la medida en que produce lo contrario. El criterio moral es el resultado agregado —«el mayor bien para el mayor número»—. Es una ética poderosa y humanitaria: obliga a contar el sufrimiento de todos por igual, inspiró reformas de prisiones, la abolición de castigos crueles y buena parte del pensamiento sobre bienestar público. Makima parece razonar exactamente así: si un mundo sin miedo ni muerte produciría una felicidad inmensa para la humanidad entera, entonces cualquier acto que acerque ese mundo queda justificado por la magnitud del bien que promete. Sumar el sufrimiento evitado a millones de personas futuras y restarle el de unas cuantas víctimas presentes: el cálculo, en su aritmética, siempre le da la razón. Ahí reside el peligro. Porque el utilitarismo, en su forma cruda, contiene una tentación que Makima abraza sin reservas: si solo importan las consecuencias agregadas, entonces cualquier medio —el engaño, la tortura, el sacrificio de inocentes— puede resultar «correcto» siempre que el saldo final sea positivo. Las personas dejan de ser sujetos que merecen respeto y se convierten en variables de una ecuación.
Las personas como medios, no como fines
Contra esa deriva se levanta la crítica kantiana, y es la clave para entender por qué Makima es monstruosa aun persiguiendo un fin bello. Kant formuló el imperativo de tratar a la humanidad «siempre como un fin, y nunca solo como un medio». Cada persona posee una dignidad que no puede sacrificarse en el altar del bien colectivo, por grande que sea. Makima viola este principio en cada gesto: para ella nadie es un fin en sí mismo, todos son instrumentos de su proyecto. Manipula el afecto de quienes la aman, dispone de vidas ajenas como fichas, convierte el cariño en una correa. Cuando llama «perros» a los humanos no es una simple metáfora de desprecio: es su ontología moral. Un perro se quiere, incluso sinceramente, pero se posee; no se le debe verdad ni consentimiento, solo cuidado a cambio de obediencia. Ese es el punto ciego que el utilitarismo sin límites deja abierto y que la deontología cierra: por muy bueno que sea el fin, hay cosas que no pueden hacérsele a una persona, porque hacerlo la reduce de sujeto a herramienta.
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// El sujetoLa calculadora que se cree salvadora
Lo perturbador de Makima es que probablemente cree en su utopía. No es una sádica que se disfrace de idealista; es una idealista cuyo idealismo ha devorado toda restricción moral. Está convencida de que el mundo que construiría —sin muerte, sin el terror que gobierna a los humanos— justifica el río de mentiras y cadáveres que deja a su paso. Esa sinceridad la hace más peligrosa, no menos: el fanático que cree hacer el bien no tiene freno interno, porque cada crueldad se le presenta revestida de necesidad. Su frialdad no es indiferencia, sino la consecuencia lógica de su marco: si las personas son variables, sentir por cada una sería un error de cálculo, un sesgo que estorba la optimización del resultado. Por eso puede sonreír mientras destruye. Makima es responsable de todo lo que hace —su lucidez es total, elige cada acto—, pero su monstruosidad no brota de la maldad gratuita sino de una razón instrumental llevada hasta el final, una inteligencia que ha decidido que el sufrimiento presente es solo el precio contable de un futuro mejor.
Makima
// La grietaExplicar su lógica no es darle la razón
Aquí está la grieta, y hay que pisarla con cuidado. Explicar la lógica de Makima —mostrar que su razonamiento tiene una coherencia interna, que parte de un fin comprensible— no la exculpa. Entender por qué el cálculo le «cierra» no es concederle que tuviera razón. La tentación fácil es una de dos: o descartarla como pura maldad incomprensible, y perder así la lección; o, peor, dejarse seducir por su aritmética y pensar que «quizás, si el mundo resultante fuera tan bueno...». Ambas fallan. Makima no demuestra que el utilitarismo sea perverso; demuestra qué ocurre cuando se lo amputa de todo límite. Porque el utilitarismo serio tiene frenos que ella pisotea: el propio Mill insistió en que ciertos derechos y reglas —la justicia, la veracidad, la libertad individual— deben protegerse casi absolutamente, precisamente porque respetarlos maximiza el bien a largo plazo; una sociedad donde cualquiera pueda ser sacrificado «por el bien común» es una sociedad de terror, no de felicidad.
Makima comete además un error dentro de su propia teoría: al tratar a todos como medios, produce exactamente el mundo de miedo que dice querer abolir. Un orden basado en la manipulación total no elimina el terror: lo institucionaliza. Su utopía sin muerte sería una tiranía sin salida, y ningún cálculo honesto de la felicidad podría aprobarla. La lectura ética no consiste en admirar su fin ni en negar su inteligencia, sino en ver con precisión dónde se rompe el razonamiento: en el instante en que decidió que una persona podía dejar de contar como fin. Ese es el umbral que separa la ética consecuencialista de la barbarie con hoja de cálculo.
El cálculo necesita un límite que no se calcule
Makima importa porque su lógica no es exótica: es la coartada de casi todos los grandes abusos hechos «en nombre del bien mayor». Purgas, campos, experimentos, vigilancias totales: cada uno se justificó como un sacrificio presente por un futuro superior, un cálculo donde ciertas personas dejaron de contar. La lección no es abandonar el pensamiento consecuencialista —preguntar por los efectos de nuestros actos es sensato y humano—, sino reconocer que el cálculo necesita un límite que el propio cálculo no puede fijar. Ese límite es la dignidad: la regla de que hay cosas que no se le hacen a una persona aunque los números las aprueben, porque tratar a alguien como mero medio corrompe el fin mismo. Cada vez que oigamos «es un precio necesario», «son daños colaterales», «piensa en el bien de todos» usados para pisar a alguien concreto, conviene recordar a Makima sonriendo mientras llama perros a quienes ama. La pregunta que desactiva su hechizo es la kantiana: ¿estoy tratando a esta persona como un fin, o solo como una variable de mi ecuación?
Tres ideas clave
- Makima, el Demonio del Control, encarna el utilitarismo llevado al extremo: persigue un mundo sin miedo ni muerte y justifica cualquier crueldad —mentira, manipulación, sacrificio— por la magnitud del bien que promete. El fin lo justifica todo.
- Su horror ilustra la crítica kantiana: trata a personas y demonios como medios y nunca como fines. Llamar "perros" a los humanos es su ontología moral: seres que se quieren pero se poseen, sin derecho a verdad ni consentimiento.
- Explicar su lógica no la exculpa. El utilitarismo serio tiene frenos —Mill defendió derechos y reglas casi absolutos— que ella pisotea. El cálculo necesita un límite que no se calcula: la dignidad. ¿Fin, o variable de una ecuación?
Fuentes · para seguir leyendo
- Mill, J. S. (1863). El utilitarismo. Parker, Son and Bourn.
- Bentham, J. (1789). Introducción a los principios de la moral y la legislación. T. Payne and Son.
- Kant, I. (1785). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. J. F. Hartknoch.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Por qué Makima (el Demonio del Control) se convierte en villano?
Makima y el utilitarismo sin frenos: un mundo sin miedo ni muerte, comprado al precio de tratar a cada persona como un medio. El cálculo de la felicidad cuando nadie cuenta como fin.
¿Qué teoría criminológica explica a Makima?
El caso de Makima se analiza desde la Utilitarismo. El utilitarismo (Bentham, Mill) juzga los actos por sus consecuencias: el mayor bien para el mayor número. Makima, el Demonio del Control de Chainsaw Man, lleva esa lógica al extremo: sueña un mundo sin miedo ni muerte y justifica cualquier crueldad —mentira, manipulación, sacrificio— si sirve a ese fin. Ilustra el peligro del cálculo utilitarista sin límites deontológicos: cuando las personas son solo medios, la utopía se paga con la dignidad de todos.







