Suguru Geto no nació monstruo. En Jujutsu Kaisen es, durante mucho tiempo, exactamente lo contrario: un hechicero prodigioso, el mejor de su generación junto a Gojo, un joven de conciencia recta que entiende su poder como un deber —proteger a los débiles, a los que no pueden defenderse de las maldiciones—. Su técnica misma es una metáfora del sacrificio: absorbe los espíritus malditos, la crueldad destilada de las emociones humanas, y la carga en su propio cuerpo. Absorbe el veneno del mundo para que otros no tengan que tragarlo. Y ahí está la tragedia: al final se envenena. El hombre que empezó queriendo salvar a la humanidad termina proponiendo su exterminio, convencido de que masacrar a los no-hechiceros —a los que llama «simios», «monos»— es el único camino hacia un paraíso. Para la desconexión moral de Albert Bandura, Geto no es la historia de un buen hombre que se vuelve malo. Es la historia de un hombre que aprende, uno a uno, a apagar los interruptores de su propia conciencia.
// La teoríaLos ocho interruptores que apagan la conciencia
El psicólogo Albert Bandura, en su obra sobre la desconexión moral, parte de una idea incómoda: la mayoría de las atrocidades no las cometen psicópatas, sino gente corriente con valores morales intactos. Todos nos autosancionamos con culpa cuando violamos nuestras normas; el problema es que esa autosanción se puede desconectar selectivamente, caso por caso, sin dejar de considerarnos buenas personas. Bandura cartografió ocho mecanismos que lo permiten, agrupados en cuatro frentes. Sobre la conducta: la justificación moral («lo hago por una causa superior»), el lenguaje eufemístico («reeducación», «limpieza») y la comparación ventajosa. Sobre la agencia: el desplazamiento y la difusión de la responsabilidad. Sobre las consecuencias: minimizarlas o negarlas. Y sobre la víctima: deshumanizarla y culparla. Ninguno exige crueldad ni odio; basta con un relato interior que deje la conciencia en silencio el tiempo justo. Geto es casi un catálogo andante de estos mecanismos, y el orden en que los va activando dibuja su descenso con una precisión clínica.
Reencuadrar, no odiar
Lo que hace escalofriante a Geto no es que odie: es que no cree odiar. Bandura insiste en que la desconexión moral no cambia los valores declarados de la persona; los deja intactos y construye a su alrededor un relato que los esquiva. Geto sigue diciéndose protector de los débiles —solo que ha redefinido quiénes son «los débiles» que merecen protección (los hechiceros) y quiénes son el problema a eliminar (todos los demás)—. El genocidio deja de llamarse genocidio y pasa a llamarse construir un paraíso. Las víctimas dejan de llamarse personas y pasan a llamarse simios. Esta es la justificación moral en estado puro, la más peligrosa de las ocho: no anestesia la conciencia, la recluta. Geto no actúa a pesar de su moral, sino —cree él— en su nombre. Por eso puede masacrar sin insomnio: para su relato interior no está matando gente, está salvando el mundo de una plaga. La conciencia tranquila, advertía Bandura, es más peligrosa que la maldad, porque la maldad al menos sabe lo que es.
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// El sujetoEl protector que dejó de ver personas
El punto de quiebre de Geto no es un trauma súbito, sino una erosión. Misión tras misión, absorbe la crueldad de las maldiciones —que, en el mundo de la serie, nacen literalmente de las emociones negativas de la gente corriente—. Cuanto más protege a los no-hechiceros, más comprueba que su miedo, su odio y su miseria son la materia prima misma de lo que él debe combatir. Empieza a preguntarse por qué arriesga su vida por quienes generan el horror que lo está consumiendo. Y en ese vacío se cuela el reencuadre. Primero llega el lenguaje eufemístico: la matanza se convierte en un proyecto, un «mundo ideal». Después la deshumanización: si los no-hechiceros son «monos», «simios», no plenamente humanos, entonces exterminarlos no es asesinato, es control de plagas —el mecanismo que Bandura señala como el más letal, porque una vez que la víctima deja de ser persona, todos los demás frenos sobran—. Y por último la culpabilización de la víctima: el mundo se lo ha buscado, dice; su propia mezquindad justifica su destino. Geto no se vuelve incapaz de distinguir el bien del mal; se vuelve extraordinariamente hábil para colocar cada atrocidad del lado del bien. Es la misma técnica que la serie explora en otros de sus antagonistas —el desdén absoluto por la vida ajena de Sukuna, la curiosidad amoral de Mahito ante el alma humana, o la fría instrumentalización de Kenjaku—, pero en Geto tiene un origen más perturbador: empezó queriendo hacer el bien.
Suguru Geto
// La grietaLo que la desconexión moral no explica
La desconexión moral ilumina el cómo de Geto con una nitidez casi incómoda, pero conviene marcar sus límites, no vaya a servir de coartada. Primero: la teoría explica el mecanismo, no la decisión. Muchos hechiceros absorben el mismo horror que Geto, sufren el mismo desgaste, se hacen las mismas preguntas —y no acaban proponiendo un genocidio—. La erosión moral crea la posibilidad de desconectar la conciencia; no la ejecuta sola. En algún punto Geto elige cruzar la línea, elige el relato que le permite matar sin culpa, y esa elección es suya. Bandura estudia estructuras psicológicas precisamente para señalar la responsabilidad con más precisión, no para diluirla: entender que Geto reencuadró el exterminio como salvación no lo convierte en una víctima de su propio cerebro, sino en un agente que construyó activamente los eufemismos con los que se autorizó a masacrar.
Segundo: la teoría tampoco agota el peso del trauma acumulado ni de la ideología que lo espera al final del túnel. El agotamiento moral de Geto es real, y la serie lo trata con seriedad —no es una excusa de guion, es el combustible de su tragedia—. Pero explicar de dónde viene su cansancio no es lo mismo que explicar por qué lo resolvió eligiendo el odio en lugar de la retirada, la duda o la ayuda. Aquí es donde explicar no es exculpar deja de ser un eslogan y se vuelve la única lectura honesta. Comprender los interruptores que Geto apagó nos ayuda a reconocerlos —en las ideologías que deshumanizan, en los eufemismos que limpian la sangre del lenguaje, en las «causas superiores» que vuelven prescindible a cualquiera—. Pero la memoria que importa no es la del hechicero atormentado que se creyó salvador. Es la de las víctimas que él redujo a «simios» para poder dormir tranquilo.
El eufemismo es la primera víctima
Geto importa porque su caída no empieza con un acto de violencia, sino con un cambio de vocabulario. Antes de matar a nadie masivamente, ya había dejado de llamar «personas» a sus víctimas. Bandura lo advirtió con toda claridad: la deshumanización y el eufemismo son el andamiaje que hace posible el resto: quítale a alguien la palabra «humano» y le habrás quitado la protección de tu conciencia. Por eso el mecanismo no es exclusivo de villanos de ficción ni de hechiceros: es el mismo que engrasa el genocidio real, la limpieza étnica, la propaganda que llama «alimañas» al vecino de ayer. La lección de Geto no es esperar al monstruo que anuncia su plan de exterminio, sino desconfiar del momento en que alguien empieza a llamar «simios» a otras personas —porque para entonces la conciencia ya está a medio apagar—. Una sociedad decente vigila su propio lenguaje antes de que las palabras hayan preparado el terreno para los actos.
Tres ideas clave
- Suguru Geto encarna la desconexión moral (Bandura): sus valores no desaparecen, se desconectan. Reetiqueta el genocidio como «paraíso» (justificación moral y eufemismo) y a las víctimas como «simios» (deshumanización) para matar sin sentir culpa.
- Su caída es una erosión, no un estallido: absorber la crueldad del mundo lo agota hasta que deja de ver personas donde antes veía a quien proteger. El protector se vuelve exterminador sin dejar de creerse un salvador.
- Explicar no es exculpar. La teoría ilumina el mecanismo, pero no borra la elección de Geto ni el peso de sus muertos. La memoria es para las víctimas que redujo a «monos», no para el hechicero que se creyó su redentor.
Fuentes · para seguir leyendo
- Bandura, A. (1999). «Moral Disengagement in the Perpetration of Inhumanities». Personality and Social Psychology Review, 3(3).
- Bandura, A. (1986). Social Foundations of Thought and Action: A Social Cognitive Theory. Prentice-Hall.
- Bandura, A., Barbaranelli, C., Caprara, G. V. & Pastorelli, C. (1996). «Mechanisms of Moral Disengagement in the Exercise of Moral Agency». Journal of Personality and Social Psychology, 71(2).
- Bandura, A. (2016). Moral Disengagement: How People Do Harm and Live with Themselves. Worth Publishers.
Dudas del expedientePreguntas frecuentes
¿Por qué Suguru Geto se convierte en villano?
Suguru Geto y la desconexión moral de Bandura: cómo un hombre que empezó queriendo proteger a los débiles terminó reetiquetando el exterminio como salvación. El eufemismo, la deshumanización y la causa sagrada que apagan la conciencia.
¿Qué teoría criminológica explica a Suguru Geto?
El caso de Suguru Geto se analiza desde la Desconexión moral. La desconexión moral (Bandura) describe los ocho mecanismos con que una persona corriente desactiva su propia conciencia para dañar sin sentir culpa. Suguru Geto, de Jujutsu Kaisen, los recorre casi todos: reetiqueta el genocidio como «protección» y «un paraíso de hechiceros» (justificación moral y lenguaje eufemístico), deshumaniza a los no-hechiceros llamándolos «simios» y «monos», y desplaza el peso de sus actos hacia un mundo que —dice— se lo ha ganado. El prodigio que juró proteger a los débiles acabó proponiendo su exterminio, sin dejar en ningún momento de creerse un salvador.







